Hubo una mudanza. Antes del hitazo, hubo una mudanza que lo cambió todo. Minnie Riperton tenía un hijo pequeño llamado Marc y esperaba otro, no estaba pasando por un buen momento así que habló con su marido y se fueron a vivir a Gainesville, en Florida, donde él trabajaba los fines de semana como locutor de radio.
Richard Rudolph también era músico y productor. Era un lugar alejado de los grandes centros musicales, del ruido de los conciertos, de los flashes y de las grabaciones. Conocida como la ciudad del árbol de los Estados Unidos, la urbe prometía paz y silencio, un recogimiento ideal para la joven que hacia 1972, sin anunciarlo, se había retirado paulatinamente de la creación musical. No podría imaginar jamás, sin embargo, que, desde esa distante guarida y lejos de cualquier planificación, nacería uno de los hits de la música norteamericana de todos los tiempos. Algo que la transformaría de una gran corista y promisoria cantante a una estrella pop, como nunca se le habría pasado por la cabeza –mucho menos aún–, que le quedaba poco tiempo de vida. Siete años, para ser precisos.
Con horas de ocio en su nuevo hogar, cerca de los veinticinco años, en la flor de la juventud y con casi dos hijos a cuestas, lo cierto es que atravesando su crisis personal, Minnie había regresado a componer. Había quedado con un sabor amargo tras su debut como solista. Los que la conocían la notaron algo frustrada, impotente: se ilusionó con demasiadas expectativas para resultados ciertamente magros. El álbum se había titulado Come to my Garden, nombre que evidenciaba una suerte de manifiesto personal. Lo había sacado en 1970 y aunque tuvo buenas críticas por su interesante fusión de R&B, baladas, jazz y pizcas de soul orquestal, producido por el prestigioso Charles Stepney –del cual Stevie Wonder era fan–, pasó sin pena ni gloria en el potente y cada vez más consolidado catálogo de música afroamericana.
La voz soprano de Minnie, conocida por su “registro de silbido”, con dotes técnicas y expresivas para alcanzar notas sobreagudas, superando entre las cinco y las seis octavas –algo que pocas cantantes alcanzaron, como Mariah Carey–, no pudo tener el vuelo que se esperaba. Su aparición en la escena musical se había dado casi una década antes, en los 60. La oriunda de Chicago había participado de un grupo femenino local llamado The Gems, al estilo de The Supremes, luego despuntó como corista para Etta James y The Dells, al tiempo que trabajó como secretaria y recepcionista en la oficina de Chess Records –como Syreeta Wright en Motown–, alma del blues eléctrico en Chicago, donde también participó haciendo coros en lanzamientos del sello, como el notable “Rescue Me”, de Fontella Bass.
La vida, en aquellos años de iniciación artística, pasaba sin grandes sobresaltos. Después de sacar un sencillo llamado “Lonely Girl”, bajo el seudónimo de Andrea Davis para cuidar su trabajo en la discográfica, recibió entonces una importante propuesta: sumarse a Rotary Connection, una banda de soul psicodélico, muy a la moda con la época, que alcanzó un éxito comercial moderado de la mano de Charles Stepney.
Gracias al registro vocal de Riperton, los discos de Rotary Connection mezclaban versiones de rock moderno –de los Beatles y los Rolling Stones a Cream– con temas originales, donde Stepney experimentaba con flamenco, acid rock, jazz y jugosas armonías vocales. Con Minnie Riperton como estandarte, cuando se presentaban en vivo los hippies se deslumbraban particularmente con ella, esa hermosa chica negra de pelo tupido y acolchonado y mirada simpáticamente tierna cantando notas que tal vez nunca antes habían oído.

Sensible, talentosa y con una suma de intentos acumulados para llegar a las listas de éxitos, la joven Minnie pateó el tablero desde Florida. La voz etérea y aguda necesitaba un hit para despegar y llegó con “Lovin’ You”. Stevie Wonder seguía de cerca su año sabático y la alentaba para que no dejara de componer. Al nacer su hija, de nombre Maya (la famosa actriz Maya Rudolph) Minnie empezó a hilvanar unos fraseos en forma de canción de cuna. Fue una forma, también, de volver a hacer algo con su marido, Richard Rudolph, que pronto la escuchó y casi de inmediato lo compartió con Stevie Wonder en un estudio de grabación. La idea era despojada y poderosa: una canción mínima, donde cada silencio hiciera brillar los matices agudos, casi al borde del grito en algunos momentos. Alabaron su sencillez y lirismo, en un par de encuentros sumaron la guitarra acústica de Rudolph, el Fender Rhodes de Wonder y un sonido de fondo de pájaros grabado por Wonder en un jardín botánico. Y nada más. Nada más ni nada menos que la base esencial para que la voz se balancee mágicamente, deslizándose con una alegría pueril entre octavas, surgida como de entresueño.
Tres minutos y cuarenta y cinco segundos de duración. Producida por un Stevie Wonder que se puso el seudónimo de El Toro Negro para evitar problemas con su sello, la escucha del tema despierta un cono de fantasía, de calma romántica por encima de una plataforma de balada, tan despojada en su estructura como enfática en las sílabas que Minnie canta por momentos en forma de susurro, por otros casi aullando –cualquier fanático de Björk lo distinguirá con gusto–, y en algunos acentuando las vocales. “Lovin’ you is easy ‘cause you’re beautiful/Makin’ love with you is all I wanna do/Lovin’ you is more than just a dream come true/And everything that I do is out of lovin’ you”, canta la intérprete afroamericana en las primeras estrofas: una oda a las profundidades del amor.
Después de estrenarse como la canción principal del álbum Perfect Angel, en 1974, trepó en el top ten hasta convertirse en el número uno exclusivo de las principales listas, para sorpresa de propios y ajenos y sobre todo del sello Epic Records, que financió el proyecto con moderadas esperanzas. Minnie no salía de su asombro, y cuando la cantó las primeras veces en vivo, supo que había una conexión especial con el público, una sensibilidad a flor de piel en el estribillo “La la la la la/La la la la la/La la la la la, la la, la la la/Do do do, do do/ aaaahhhhhh….” con su singular “registro de silbido”. “La gente empezó a acercarse al escenario y a abrazarse”, recordó Rudolph, que la acompañó en la gira de presentación. “Fue absolutamente transformador”, dijo después, en una entrevista. En vivo, Minnie solía agregar el coro de “Maya, Maya, Maya”, evocando la inspiración en su hija.

“Era de esas canciones que se escapaban en las noches de las FM, que proliferaban en los setenta. Uno de pibe las escuchaba en su casa y no sabía nada de nadie. Podía ser Aretha Franklin o Gloria Gaynor, y de repente apareció Minnie, que irrumpió joven y se murió joven. Una cosa de locos”, comenta Ariel Prat sobre el influjo magnético de la canción cuando él era un adolescente. A pesar de su devoción por la música rioplatense, el cantante confiesa un amor por Minnie Riperton que se mantiene desde aquellos tiempos de juventud. Esas notas bien altas que llegaron a las audiencias del mundo con un solo soplo musical.
El disco Perfect Angel, que vendió más de 500.000 copias, no se redujo a “Lovin’ You” sino que circuló con temazos como “Seeing You This Way”, “Take A Little Trip”, “Our Lives”, con la armónica de Stevie Wonder, o “Reasons” y “Perfect Angel”, con los climas justos de instrumentación, con toques sensuales de jazz, reggae, pop, funky, soul y acid house. Esa Minnie identificada con la fusión de lo erótico con lo espiritual más que con el temperamento de una Nina Simone o de la lucha radical del Black Power. “Cuando seas fiel a tu corazón”, canta, “serás libre”, o “Quedate conmigo mientras envejecemos” en otro fragmento de “Lovin’ You”, inspiración para artistas posteriores como Erykah Badu y Moses Sumney, cuyas estirpes de soul y folk dibujan una línea directa con su espíritu libre.

Como tantas otras canciones en la historia de la música, “Lovin’ You” nació en la intimidad de un hogar. La potencia arrasadora de una balada de amor, contemporánea de “Killing Me Softly with His Song”, de Roberta Flack. Buque insignia del álbum más exitoso de Riperton, Perfect Angel acaba de tener una reedición de lujo que incluye once pistas adicionales y nuevas notas que detallan el proceso de grabación de este clásico con Stevie Wonder. Allí vive “Lovin’ You”, la que rompió todos los pronósticos y convirtió a Minnie en una especie de ángel negro, cuya atmósfera minimalista y suave contagió una canción hecha de aire. Un tema que reaparece cada tanto en series y películas, como en un episodio de High Fidelity o en la comedia infantil Megamente, tanto como en la memoria de sus hijos, la actriz y comediante Maya Rudolph y el ingeniero de sonido, Marc.
Dos meses después del lanzamiento del que sería su último álbum, Minnie, de 1979, Minnie Riperton moría a causa de un cáncer de mama diagnosticado tres años antes. Tenía 31 años y dejaba una de las canciones más conmovedoras del Great American Songbook.


