Cada año la Pascua vuelve a aparecer en el calendario. Para muchos coincide con un fin de semana largo. Sin embargo, para los cristianos es mucho más que eso: es la fiesta central de su fe y una invitación a “santificar las fiestas”. En numerosas comunidades esto se vive con una intensidad particular: parroquias que se preparan durante semanas, celebraciones que reúnen a familias enteras y gestos compartidos que muestran que no se trata simplemente de un feriado. La Pascua se celebra en comunidad porque recuerda que la fe no es un hecho privado, sino una experiencia que se vive con otros.
En el corazón de esta celebración se encuentra una convicción profunda: la vida puede vencer a la muerte. La Pascua nace en un escenario marcado por la injusticia y la violencia. Jesús muere en la cruz, víctima de una condena injusta y del clima de agresividad que tantas veces atraviesa la historia humana. Pero el relato cristiano no termina allí. La resurrección anuncia que la vida puede abrirse paso incluso cuando todo parece perdido. Por eso la Pascua habla de una paz distinta. No se trata de una tranquilidad superficial ni de un bienestar momentáneo, sino de una paz que nace del amor que vence al odio y del perdón que rompe el círculo de la violencia.
El papa León XIV ha retomado esta intuición al hablar de una “paz desarmada y desarmante”. Desarmada porque no se sostiene en la fuerza ni en la imposición. Desarmante porque tiene la capacidad de desactivar la lógica de la agresividad que tantas veces organiza nuestras relaciones. La Pascua propone justamente ese camino: una paz que no nace de la victoria sobre otros, sino de la transformación del corazón humano.
En un tiempo en el que el lenguaje público se vuelve cada vez más duro, donde el insulto y la descalificación parecen instalarse como forma habitual de discusión, la Pascua introduce una pregunta incómoda: ¿es posible vivir de otra manera? ¿Es posible romper la espiral de agresividad que atraviesa nuestras conversaciones, nuestras redes sociales y nuestras relaciones cotidianas?
Hay otra realidad que la Pascua también interpela: la guerra. En un mundo donde los conflictos armados llegan a nuestras casas a través de una pantalla, existe el riesgo de acostumbrarnos a ellos como si fueran escenas lejanas, casi como un videojuego. Pero detrás de cada imagen hay vidas humanas concretas: familias destruidas y ciudades heridas. La Pascua tiene una palabra para la guerra, especialmente para quienes la piensan y la ejecutan: la violencia nunca puede ser el destino inevitable de la humanidad. La resurrección anuncia que el odio no tiene la última palabra y que la paz es el único camino verdaderamente humano.
Pero hay algo más cercano que la Pascua invita a revisar: nuestro modo de tratarnos. Poco a poco hemos naturalizado la violencia cotidiana. El trato que descalifica, el grito que pretende imponerse, la provocación permanente que busca atención. Incluso la burla o el sarcasmo se vuelven a veces un modo habitual de comunicación. Pareciera que quien más grita o más provoca es quien logra mayor atención.
La Semana Santa y la Pascua no pueden quedar al margen de esta pregunta. ¿En serio creemos que con semejante nivel de descalificación una sociedad puede crecer en el diálogo y en la fraternidad? Tal vez la vivencia más profunda de la Pascua esté justamente allí. La paz no es solo ausencia de conflicto ni una sensación pasajera de bienestar. Es una forma distinta de vivir: una manera de hablar, de escuchar, de discutir y de reconocernos mutuamente.
La Pascua vuelve a recordarlo con una fuerza sorprendentemente actual: la violencia nunca tiene la última palabra. La vida, sí. Y allí donde la vida se abre camino, también comienza a nacer la paz.
Sacerdote, director de la Oficina de Comunicación de la Conferencia Episcopal Argentina


