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Qué solos se quedan los muertos

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Eran los primeros años de mi juventud. Para enmarcar la época de la que hablo solo diré que gobernaba un presidente riojano. Entonces, tenía todavía la esperanza naif de que la poesía me ayudara en la conquista amorosa. Me sabía de memoria algunos versos de Neruda, como uno que decía “yo te he nombrado reina”. De Miguel Hernández, me había memorizado un soneto que arrancaba increíble: “Mis ojos sin tus ojos no son ojos, que son dos hormigueros solitarios”. Pero, sin dudas, el summum de la poesía romántica era el gran Gustavo Adolfo Bécquer. De él, me aprendí todas. “¿Qué es poesía? ¿y tú me lo preguntas? Poesía eres tú”. ¡Qué maestro, por favor!

De más está decir que todos esos poemas no me ayudaron en mi objetivo de seducción. Especialmente, porque nunca me animé a recitarlos. Pero, en algún lugar de mí, todos esos versos quedaron. A tal punto que el otro día me vino a la mente una poesía del mismísimo Bécquer, pero muy alejada del romance. Fue cuando leía una historia acerca de una de las esculturas del Cementerio de la Recoleta. De golpe, desde aquel pasado de versos nunca usados, me llegó una dura frase del vate español: “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”.

Mausoleo de Facundo Quiroga

Apenas al ingresar al mencionado camposanto porteño, hacia la izquierda, está la tumba donde descansan los restos de Facundo Quiroga. Este caudillo, otro de La Rioja, fue asesinado mientras viajaba por Barranca Yaco, Córdoba, en febrero de 1835. Llegó a Buenos Aires por pedido de su viuda, Dolores Fernández, y fue sepultado en la Recoleta menos de un año después.

El lugar del postrero reposo del Tigre de los Llanos tiene en su frente una estatua. Quizás, una bella manera de espantar la soledad de la muerte. Se trata de una pieza de mármol de carrara que representa a una mujer sufriente, con la cabeza tapada y flores en la mano. Se la conoce como la Dolorosa, fue realizada por un prestigioso artista italiano llamado Antonio Tantardini y se supone que reproduce a la viuda del caudillo que, desolada, le acerca una ofrenda floral a su marido.

En torno a esta obra hay interesantes datos. En principio fue, en el año 1870, la primera estatua de ese tipo que se instaló en ese cementerio. Tiempo después, llegaron múltiples piezas similares para ornamentar otros mausoleos.

Trivias; LN Juegos; Facundo Quiroga. retrato

En segundo lugar, hay que decir que fue Antonio Demarchi, esposo de una de las hijas del caudillo, Mercedes Quiroga, el que impulsó la hechura de esta pieza para su suegro fenecido. Se dice que él compartió en Europa el colegio con el escultor italiano, a quien luego reencontró en otro viaje al Viejo Continente. Allí le habría encargado el trabajo, que el artista realizó gustoso, encandilado por la vida de Facundo.

Queda otra pequeña historia que contar sobre la Dolorosa. Fue en 1877. Las disputas entre unitarios y federales todavía estaban encendidas, y, víctima de aquellas grietas tan argentinas, la escultura sufriría un ataque por la condición de federal del líder riojano al que custodiaba.

En abril de ese año, allegados a Juan Manuel de Rosas, fallecido en su exilio británico, hicieron una misa en su honor en la Iglesia de San Ignacio a poco de su muerte.

En contrapartida, las fuerzas unitarias realizaron su propia ceremonia religiosa en la Catedral. Al parecer, algunos de los que concurrieron a este templo porteño no cabían en sí de la indignación por el homenaje al restaurador. Se dirigieron al cementerio de la Recoleta a tomárselas con los símbolos federales. Lo primero que encontraron allí fue a la Dolorosa y le echaron un lazo al cuello, atado a un carro tirado por caballos, para voltearla. Por fortuna para la escultura, los mismos cuidadores del cementerio detuvieron a los revoltosos, que desistieron de su vandalismo.

La bóveda en una imagen que se publicó en la revista Caras y Caretas, en 1933

Dicen que la Dolorosa tiene en su cuello la marca de aquella soga con la que casi la derrumban. Es que en la Argentina los muertos pueden quedarse solos, pero nunca parecen quedar a salvo de los avatares de la historia.

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