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Sin permiso institucional

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Viejo Smoking es el nombre del newsletter de Cecilia Absatz, donde siempre encuentro aire fresco, aprendo y hasta a veces me emociono, como me pasó en su última entrega que me hizo conocer a una mujer excepcional. Me inspiró a pensar en el valor de hacer algo original y distinto, guiada por la curiosidad radical y el trabajo dedicado, resiliente y amoroso.

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María Moliner nació en el 1900 en Zaragoza, Aragón. Lexicógrafa, realizó la proeza de escribir sola, en su casa, a mano y en fichas, su Diccionario de uso del español. No era un proyecto institucional ni un encargo oficial: era una obsesión personal llevada al extremo. El resultado fue, según Gabriel García Márquez, “el más completo, más útil, más acucioso y más divertido diccionario de la lengua castellana”. Absatz cuenta que si buscamos, por ejemplo, la palabra «mano», podemos conocer a su familia. Provienen de su misma raíz los vocablos mancera, mandarria, manera, maña, menester, ministro, ademán, amanuense, amañado, antemano, desmán, desmanotado, manil, aguamano, contramano, cuadrumano, mamporro, mampostería, mandoble, maniatar, manicorto, manicura, manifestar, manifiesto, manilargo, maniobra, manipular, manopla, mansalva, manso, mantener, manubrio, manufactura, manumisión, manuscrito, mastín y muchos más. Además, agrega seis páginas de columnas dobles con usos de la palabra mano. Así, con cada palabra. Son dos volúmenes, más de 3000 páginas en total, decenas de miles de entradas, miles de ejemplos, sinónimos y relaciones entre palabras. Le llevó 15 años completarlo.

Además, su obra extraordinaria no se concibió en un contexto amable. Moliner trabajó en una España marcada por la Guerra Civil Española, donde fue hostigada por ser mujer, por sus ideas republicanas y por el clima opresivo del franquismo. Ante lo deslumbrante de su trabajo, Moliner fue propuesta para ingresar a la Real Academia Española en 1972, pero finalmente no fue elegida. Hasta ese momento la RAE no tenía ni una mujer y, una vez más, eligieron a un hombre. Con el tiempo, la decisión quedó como un símbolo de conservadurismo, de los sesgos de género de la época y también de cierta resistencia a una figura que, desde afuera del sistema, había producido una obra que muchos consideraban superior en utilidad a la oficial.

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Me conmueve pensar en la motivación de Moliner, que no fue alimentada por ir “en contra” del status quo, sino “a favor” de concebir algo inmensamente bello, útil y extraordinario. Sin permiso institucional, sin buscar autoridad, sino al servicio de que podamos usar las palabras para pensar mejor, entender matices, escribir con precisión. En una columna reciente, en la que habla de su amor por los diccionarios, Carlos Ulanovsky dijo que ella logró que “las palabras brillen más”. Su legado no fue un diccionario, sino una forma más luminosa de habitar el mundo.

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