Viajar a Tanzania desde la Argentina implica, antes que nada, embarcarse en un viaje en el sentido más amplio de la palabra.
No es solo una distancia geográfica –más de 11.000 kilómetros– ni una sucesión de vuelos y escalas. Es, de alguna manera, un regreso a los orígenes de la humanidad. Regreso a un paisaje que parece haber estado siempre ahí, esperando ser recordado.
En la sabana africana las distancias son largas, limpias, sin obstáculos. La vista puede viajar kilómetros sin detenerse.
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“Hay un encaje perfecto entre el ojo humano y el paisaje. No es solo el placer de posar la mirada en un punto muy lejano de sus inacabables planicies. Hay algo más, tal vez de memoria ancestral, que es de una enorme y profunda complementariedad. Uno no se siente nunca tan humano como en África, tan hijo de la Tierra y tan migrante”. La reflexión es de Valeria Beruto, médica, escritora y fotógrafa, una de las viajeras que formó parte de esta expedición.
La travesía empieza en Buenos Aires con un vuelo hacia Addis Abeba, la capital de Etiopía, con escala técnica en San Pablo. En la fila de migraciones comenzamos a reconocernos: cámaras con teleobjetivo, equipos de safari y caras de curiosidad. 10 personas, entre fotógrafos y naturalistas, nos damos cita, muchos de nosotros sin conocernos, para emprender juntos una experiencia transformadora. Viajamos de la mano de Tomas Thibaud y Emilio White.
Dieciséis horas después, cruzando desiertos y el Cuerno de África, el avión desciende hacia el Aeropuerto Internacional de Kilimanjaro. La terminal aérea, pequeña y funcional, está ubicada entre las ciudades de Arusha y Moshi.
A unos 50 kilómetros se eleva la presencia silenciosa del monte Kilimanjaro, la montaña más alta de África con más de 5800 metros sobre el nivel del mar.
Allí nos espera Gerard, uno de los guías locales que nos acompañará durante toda la aventura. Habla un castellano sorprendentemente fluido y comienza a enseñarnos las primeras palabras en suajili. “Karibu”, dice sonriendo. Bienvenidos.
Una hora más tarde llegamos a Arusha, ciudad que funciona como puerta de entrada a los grandes parques del norte del país.
Calles agitadas, mercados improvisados, motos zigzagueando entre autos, vendedores ambulantes y el rojo intenso de la tierra africana que parece teñirlo todo. A la mañana siguiente partimos hacia Ndutu.
El trayecto atraviesa pueblos pequeños, mercados rurales, campos de maíz y zonas donde las acacias empiezan a dominar el paisaje. Ndutu forma parte del ecosistema del Serengeti y del Área de Conservación de Ngorongoro. Es una región de planicies abiertas que se transforma radicalmente según la época del año.
Nos alojamos en el Pamoja Migration Camp, un lodge móvil que se monta y desmonta siguiendo el ritmo de la migración de los animales. Funciona mayormente con energía solar y está compuesto por grandes tiendas de campaña diseñadas para ofrecer confort en medio de la naturaleza. Nos recibe el equipo del camp, alineados, cantando y bailando Jambo, Jambo, una canción que saluda a los huéspedes a su llegada y a su partida. Tanzania se nos brinda como una experiencia de ritmo y color.
Por las noches, la música no viene de parlantes. Viene de la tierra. Rugidos lejanos, graznidos, pasos invisibles.
Para ir desde las carpas hasta el comedor, es necesario solicitar por handy un acompañante que camina junto a los huéspedes con una lanza para atravesar los pocos metros de oscuridad que separan las tiendas de los espacios comunes.
La aventura tierra adentro
Nos levantamos cada día a las 5.30. Desayuno rápido y salimos en dos vehículos de safari que serán el espacio donde compartiremos, día tras día, silencios, asombro, risas y mates.
El primer encuentro ocurre apenas a unos minutos del campamento. Un grupo de jirafas aparece caminando lentamente entre acacias dispersas. Más adelante, vemos a los primeros elefantes, los animales terrestres más grandes del planeta, organizados en matriarcados: avanzan unidos. Seguimos recorriendo y la fauna alardea su abundancia.
Febrero es una época especial en Ndutu. Es la llamada calving season: el momento en que cientos de miles de ñus dan a luz en las planicies. Durante pocas semanas nacen más de 400.000 crías.
Después de tres días dejamos Ndutu y nos dirigimos hacia el Parque Nacional Serengeti, uno de los ecosistemas más célebres del planeta. El Serengeti tiene cerca de 30.000 km², extensión comparable al tamaño de Bélgica. Acá seremos testigos de la gran migración: millones de ñus y cebras cruzan el Serengeti en busca de pastos.
También el paisaje cambia. Aparecen los icónicos kopjes, formaciones rocosas que intervienen el paisaje. Son colinas de granito, formadas por millones de años de erosión. Funcionan como puntos de sombra y como miradores naturales para los depredadores. La casa de los “gatos”, nos dice Gerard.
En uno de ellos aparece la escena perfecta: una leona recostada en lo alto de una roca, mirando las planicies infinitas. La imagen recuerda inevitablemente a El Rey León.
El último tramo del viaje nos lleva a la región de Ngorongoro. Nos dirigimos al cráter, una gigantesca caldera volcánica formada hace unos dos millones de años. Tiene unos 20 kilómetros de diámetro y más de 260 km² de superficie interior. Dentro vive una de las mayores concentraciones de fauna salvaje de África. Descender los 600 metros del cráter es como entrar en un mundo cerrado: lagunas con flamencos, praderas con cebras y antílopes y elefantes caminando entre bosques.
Después de días en campamentos, la noche en Ngorongoro se siente como un regreso parcial a la civilización. Pasamos la última noche en una Farm Villa desde donde visitaremos una aldea masái antes de emprender el regreso a casa.
Rituales y danzas
No se termina de experimentar Tanzania sin atravesar el umbral de una aldea masái, una de las etnias más antiguas de África oriental que hoy representa alrededor del 3% de la población del país.
Nos reciben con su danza más característica: el adumu, un ritual de canto y saltos verticales donde los guerreros compiten por elevarse más alto. No es un gesto acrobático, sino simbólico: fuerza, estatus, vitalidad. Nos invitan a participar del ritual, y en ese intento torpe por imitarlos, se acortan distancias para compartir el tiempo que estaremos juntos.
La comunidad masái habla el idioma maa entre ellos, aunque muchos también se comunican en suajili. A nosotros nos hablan en inglés. Visten sus mantas tradicionales, las shúkà, de colores intensos que contrastan con la tierra. “El shúkà rojo mantiene alejado a los leones, porque al vestirlo, nos reconocen como al antiguo guerrero masái; es un conocimiento ancestral transmitido en la manada”, asegura Lekule, uno de los integrantes de la comunidad.
La tribu se organiza para contarnos su historia. Nos dividen para conocer sus casas. Son chozas circulares construidas por las mujeres de la comunidad, hechas con los materiales que la tierra provee: madera, barro y estiércol. Pueden dormir dos a tres personas en un espacio que mide entre tres y cuatro metros de diámetro. Son bajas y oscuras por dentro, diseñadas para resistir el clima y proteger lo esencial.
La organización de la vida también sigue una tradición cultural: los niños cuidan el ganado desde muy pequeños, las mujeres construyen las casas, cocinan y sostienen la vida cotidiana; los hombres, tradicionalmente guerreros, protegen a la comunidad. La educación formal convive con una transmisión oral de saberes, donde la experiencia es la principal maestra.
La cultura masái es una forma de estar en el mundo. En la aldea se entiende que no hay separación entre las personas, la tierra y los animales. Todo es parte de un mismo sistema, un vínculo de cuidado mutuo. El ganado no es solo sustento: es identidad, riqueza, continuidad.
Después de unas horas compartidas, nos despedimos y nos subimos por última vez a la camioneta que nos acompañó toda la travesía para hacer los últimos kilómetros de ruta en África, camino al aeropuerto. La visita a la aldea se sintió como el último eslabón. La vida salvaje no es solo aquello que se observa en los parques y áreas de conservación. También está en quienes la habitan, la cuidan y la comparten desde hace generaciones.
“Comenzamos a organizar estas experiencias hace años con un objetivo claro: acercar la naturaleza a las personas”, explica Tomás Thibaud, abogado, fotógrafo y creador de estas expediciones, junto al naturalista y fotógrafo Emilio White.

“La verdadera transformación –continúa Thibaud– está en acompasarse al ritmo de la naturaleza. No sabemos si el leopardo se dejará ver, si la lluvia nos tomará por sorpresa o si el camino estará en condiciones. Hay una hoja de ruta, pero también una voluntad de flexibilidad. Aceptar que tenemos a la naturaleza como un hilo conductor entre lo que va sucediendo y cada uno de nosotros. Esa es la vivencia compartida que queda anclada en el corazón de quienes nos acompañan”.
En África uno aprende a esperar, a mirar, a aceptar que la naturaleza tiene su propio tiempo. Tal vez por eso, cuando el viaje termina, queda la sensación de haber ido muy lejos para descubrir algo profundamente cercano. Porque en esas planicies donde nació la humanidad hay un ritmo que, de alguna manera, todavía recordamos.
Datos útiles
- Mejor época para ir: Junio a octubre: estación seca, ideal para safaris. Enero y febrero: temporada de nacimientos (calving season) en Ndutu.
- Vacunas y salud: Vacuna contra fiebre amarilla obligatoria para viajeros desde Sudamérica. Profilaxis contra malaria recomendada.
- Visa: puede tramitarse online antes del viaje. Cuesta aproximadamente 50 US$. También puede gestionarse al llegar al aeropuerto.
- Vestimenta: Colores neutros (beige, verde oliva, marrón). Ropa liviana para el día y abrigo para las mañanas frías. Sombrero y protector solar.
- Cómo llegar: La ruta habitual es Buenos Aires, San Pablo, Addis Abeba, Kilimanjaro. Distancias aproximadas del recorrido: De Arusha a Ndutu: 280 km. De Ndutu a Serengeti: 150 km. De Serengeti a Ngorongoro: 140 km. Kilometraje total de los safaris en este viaje: 1380 km.
- Consejos: Llevar binoculares. Cámara con teleobjetivo. Respetar siempre las indicaciones de los guías.



