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Tres mujeres custodian la historia de la biblioteca de LA NACION que cruzó el Río de la Plata hace más de cien años

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MONTEVIDEO.– Una joya tras otra, ordenadas y numeradas hace más de 100 años, cruzaron el Río de la Plata y llegaron del otro lado en una biblioteca hecha para la ocasión. Están cuidadas y rodeadas de afecto familiar por tres mujeres que adoran la literatura y que sienten amor por esos objetos, así como por el hombre que los adquirió y conservó. No son adornos ni piezas de exposición: son libros. Y algunos los han leído tantas veces que conocen fragmentos de memoria.

¿Qué hallaron entre las páginas de los libros de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares?

En una casa antigua del barrio La Blanqueada, a pocos minutos del centro de la capital uruguaya, la familia Bruzzone mantiene intacta una biblioteca distribuida en Buenos Aires por el diario fundado por Bartolomé Mitre. A principios del siglo XX, LA NACION creó una colección con ediciones semanales para que llegara a familias de los sectores más amplios de la sociedad y se incorporara, así, el hábito de la lectura. También para que impulsar las ventas del periódico. y aquello fue un aporte a la cultura que se extendió por diecinueve años, entre 1901 a 1920. Con cuatro títulos mensuales, la Biblioteca de LA NACION alcanzó un total de 875 volúmenes, que llegaron a muchos hogares de Argentina, y de Uruguay también.

Angelina Martínez, de 95 años, y sus hijas Margarita y María Sofía Bruzzone, custodias de un legado que es tesoro familiar

Angelina Martínez, de 95 años, y sus hijas Margarita y María Sofía Bruzzone, se comunicaron con LA NACION para mostrar con orgullo la reliquia que conservan en el centro de su cuarto de estar. Margarita es médica y nieta del comerciante que compró en Buenos Aires esos libros y la biblioteca-escritorio que cuando volvió a Montevideo quiso traer consigo y puso en el mismo lugar donde está ahora, desde 1927. Está fascinada con la historia de la biblioteca: cómo vino de Buenos Aires, cómo fue desarmada y vuelta a armar, y colocar libro por libro. Recuerda que lo hizo mientras padecía “un cáncer severo” y que “al otro día de haberla armado, él falleció”.

Margarita menciona que su padre mantuvo tal cual la biblioteca, como ahora lo sigue haciendo su madre. Sacan algunos libros para mostrar, comparten los que más le gustaban de chicas, de adolescentes y ahora. “Nacimos y nos criamos acá, nos enseñaron a estudiar, a leer, a tener una profesión, y ahí está el valor”, agrega. La colección incluyó títulos de literatura e historia de varios autores; entre los más consultados por la familia están La cabaña del tío Tom, de la escritora estadounidense Harriet Beecher Stowe, y La Revelación, de Michel Corday; tres novelas Picarescas: La vida de Lazarillo de Tormes y sus fortunas y adversidades, de Diego Hurtado de Mendoza; Rinconete y cortadillo, de Miguel de Cervantes Saavedra, y La historia y vida del gran tacaño, de Francisco de Quevedo; Los primeros hombres en la Luna, de H.G. Wells; La Niña Menor, de André Theuriet; Aguas Primaverales, de Ivan Turgueniev; Serias y humorísticas, de Bartolomé Mitre y Vedia; y El vellocino de oro, de Théophile Gautier, entre muchos otros.

Biblioteca centenaria de LA NACION en Montevideo

La dueña de casa, camino al siglo de vida, se preparó especialmente para recibir a LA NACIÓN. “Es una hermosura, siempre me llamó la atención tan divino que era todo”, dice Angelina con referencia a cuando se casó y pasó a vivir en esa casa y con la biblioteca. A María Sofía Bruzzone la emocionan con los recuerdos: “Es la historia de mi familia, mi abuelo enfermo; me llena el corazón y es como que si lo viera sentado ahí, escribiendo”.

La biblioteca de LA NACION tiene los libros que se distribuían con el diario en los años de mil novecientos y también es un mueble que se abre para usar de escritorio, con espacio para la tinta y la pluma.

Aquella colección tuvo alto impacto social y cultural, como está recogido en un estudio publicado en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes que titulado como “Semblanza de Biblioteca de La Nación (1901-1920)”, cuya autora es la doctora en Letras Margarita Merbilhaá, del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet).

“La Biblioteca de La Nación (Buenos Aires, 1901-1920) nació, como revela el título de esta colección, en el ámbito de la prensa gráfica argentina, la cual se hallaba en plena expansión a comienzos del siglo XX”, explica Merbilhaá. En su investigación dice que “tal pertenencia explica en parte la eficacia de su circuito de difusión de libros y, por ende, el éxito del emprendimiento, sustentado en el uso de métodos publicitarios renovados, y también en la multiplicación de las agencias del diario”.

En su trabajo indica que “la organización del catálogo fue encomendada al administrador del diario, José María Drago, y al escritor Roberto Payró, quien era responsable de la sección bibliográfica” y que “entre los fundamentos, se destacaba el carácter accesible de la colección (bajo el lema «al alcance de todos») y la actualidad de los títulos”. Además sostiene que “se optaba por editar narraciones y muchas obras de reciente aparición”.

Detalle de los ejemplares numerados y ordenados, un siglo después de su distribución orginal

¿Cómo llegó la biblioteca y los libros a esa casa montevideana? La familia Bruzzone provenía de Génova, Italia, inmigrantes que llegaron a Uruguay en los primeros años de vida independiente, y en medio de un grave conflicto interno, que también fue internacional y se conoció como Guerra Grande. Los hermanos Bartolomeo y Doménico Bruzzone cruzaron el océano y se involucraron en la brigada del italiano Giuseppe Garibaldi.

Juan José Bruzzone Barreto era nieto de Bartolomeo y se casó con Emma Rivero en la capilla de San Agustín del histórico barrio La Unión, el 21 de mayo de 1910. Ellos fueron a probar suerte de comerciante al sur de Chile, en Punta Arenas, pero no les fue bien y volvieron en el vapor Comodoro Rivadavia hasta Buenos Aires y luego en el Vapor de la Carrera a Montevideo. Pero quisieron hacer otra prueba y viajaron de nuevo para instalarse en la localidad de Fernando Martí, en la Provincia de Buenos Aires, a 450 kilómetros de la capital, que luego pasó a llamarse Coronel Charlone.

Allí crecieron como comerciantes, pero en 1926, Bruzzone enfermó de cáncer y quiso regresar a Uruguay para sus últimos días: embarcaron con sus cosas, incluida la biblioteca de LA NACION con todos sus ejemplares. Se instalaron en la casa familiar de la calle Asilo, a pasos de la avenida 8 de octubre, que justamente recuerda la fecha en que se firmó la paz que puso fin a la Guerra Grande en1851.

En esa casa que visitó LA NACION este otoño fue donde el comerciante rearmó el escritorio-biblioteca y murió poco después. Allí está una reliquia de la cultura rioplatense de comienzos del siglo XX.

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