Inicio Actualidad Una pregunta que se impone ante el drama adolescente: ¿en qué fallamos?

Una pregunta que se impone ante el drama adolescente: ¿en qué fallamos?

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“Era buen alumno y mostraba buena conducta”. Esa era la visión de los docentes sobre el atacante de 15 años que mató ayer a un compañero en una escuela de la ciudad de San Cristóbal, en Santa Fe. La disociación entre el mundo adolescente y el mundo adulto volvió a quedar expuesta con un dramatismo que hiela la sangre.

Indicios del comportamiento del alumno que entró a la escuela con una escopeta decidido a matar escaparon de la mirada de la comunidad educativa. Y de la familia, por supuesto, como primer círculo de cercanía y contención. Los adultos no lograron decodificar a tiempo las señales del oscuro proceso que transita un menor antes de convertirse en asesino.

Tal como mostró la serie Adolescencia con extrema crudeza, hay un sufrimiento psíquico invisible para el entorno sobre el que se va construyendo una idea tan monstruosa como la de matar. En la ficción, el atacante había sido cruelmente humillado en redes sociales a través de un código de lenguaje inaccesible para el universo de padres y maestros. En el caso de Santa Fe, faltan elementos para entender qué pensamientos empujaron a un menor de 15 años a disparar sin piedad contra todos. Pero hay una similitud indiscutible: se trata de adolescentes que habitan un submundo en el que no hay mediación de los adultos, capaces de anticipar un desenlace trágico.

El agresor, que además hirió a otros dos compañeros de la Escuela N° 40 Mariano Moreno, atravesaba una situación compleja en su hogar, de acuerdo a los primeros datos conocidos del entorno. El abogado de su familia, lo definió como un chico introvertido y afirmó que sufría bullying. Además contó que había tenido intentos suicidio y que se había autolesionado en el pasado.

La salud mental de los adolescentes está en el centro de análisis de los expertos desde hace años. Las alarmas comenzaron a sonar con demasiada insistencia en la salida de la pandemia y días atrás esta preocupación se cristalizó en un fallo histórico en el que declararon responsables a Meta y a YouTube por el impacto nocivo de las redes sociales en el psiquismo de menores. El foco se ubica en la dirección correcta, pero el abordaje debe ser replanteado de manera constante.

Las devastadoras consecuencias del malestar adolescente, como el crimen que conmociona al país, ya no pueden atribuirse entonces únicamente a la falta de conciencia sobre la problemática. ¿Se articula de manera adecuada la información que ya está sobre la mesa? ¿Alcanza con conocer el agobio psíquico que pueden atravesar los jóvenes escondidos detrás de sus pantallas? ¿Son suficientes los espacios de diálogo con los adolescentes en la casa y en la escuela? ¿Hay protocolos para que puedan actuar los mismos chicos si detectan situaciones de peligro a su alrededor? El episodio de ayer, más allá de sus particularidades, demuestra que falta un largo recorrido en todos los niveles de intervención.

La violencia naturalizada que inunda redes sociales, conversaciones cotidianas y discursos puede pasar a la acción. Solo resta que esa pulsión de odio se instale en una estructura psíquica con características singulares. No mata cualquiera. Pero el caldo de cultivo está servido.

El problema no radica, entonces, solo en la imposibilidad de penetrar en el universo de los adolescentes. A la inversa, el mundo adulto, cada vez más gobernado por la violencia, sí es accesible para chicos y chicas en plena construcción de su identidad. Se trata de una asimetría riesgosa, que complejiza el análisis que se impone ante una pregunta inevitable: ¿En qué fallamos?

Si existen respuestas, llegarán demasiado tarde para la familia del chico de 13 años que ayer recibió un balazo en la cabeza y murió en el patio de su escuela.

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