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13 guerreros: dos visiones en pugna, un legendario actor agotado y un director paranoico para un fracaso inmerecido

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Hay películas que son mucho más que un fracaso económico: hay películas que son condenas. Que una de las más importantes en ese sentido lleve el número “13” en el título puede incrementar su estatuto mitológico. Quizás algún guionista de Hollywood encuentre en esta historia que incluye hombres primitivos, una pelea de egos, la caída irremontable de un maestro cinematográfico, el semi retiro de una estrella de antaño y por lo menos 100 millones de dólares (de hace 20 años…) de pérdida un hermoso motivo para un thriller corporativo. La película en cuestión se llama 13 Guerreros, la protagoniza Antonio Banderas y puede verla en Disney+. Es más: no solo puede verla sino, sobre todo, disfrutarla, porque -ya llegaremos- es mucho mejor de lo que se ha dicho en el momento de su estreno. Se ha vuelto un film de culto y, con el tiempo, incluso quienes la condenaron han cambiado de opinión. Su historia es, también, un diagnóstico de cómo funciona la máquina de aplastar reputaciones en los Estados Unidos, donde nadie quiere quedar en offside ni siquiera para defender lo justo.

Todo arranca en 1976. Michael Crichton es ya un escritor de best sellers muy exitoso, también guionista y director cinematográfico. El hombre vendió La amenaza de Andrómeda (que rodó Robert Wise) y, para este año, había guionado y dirigido varias películas taquilleras como Coma -basado en el libro de Robin Cook- y Oestelandia, base de la célebre serie Westworld de HBO cuatro décadas más tarde. Es decir, un hombre del riñón -más bien el corazón- de la industria cinematográfica y del entretenimiento. Es raro encontrar alguno de sus libros que no se hayan vuelto películas: Congo, Esfera, Sol Naciente, Acoso sexual y Rescate en el tiempo (ese último aquí sólo se estrenó en video) han sido películas ampliamente conocidas, algunas muy exitosas. Aunque ninguna tanto como Jurassic Park, el suceso de Steven Spielberg que redefinió el cine de efectos especiales desde 1992.

Fue ese éxito el que entronizó a Crichton que pensó entonces en producir una película de aventuras con algo de fantasía medieval basada en Devoradores de cadáveres, justamente su libro de 1976 que, a diferencia del resto de sus ficciones, no había tenido buen recibimiento. Crichton combina elementos científicos “duros” con los engranajes del relato tradicional de Hollywood -sí, incluso o sobre todo en sus libros, puntualmente pensados como guiones- y su idea de contar el origen del mito de Beowulf basándose en datos concretos del siglo X no atrajo a nadie. Pero 20 años después y tras el éxito de Jurassic…, más la adaptación también exitosa de Acoso sexual (gran tecnothriller) y no tanto de Esfera, estaba en posición de vender un poco lo que quería. Lo consiguió con Disney, que le dio luz verde a la adaptación de Devoradores

Antonio Banderas junto  Denis Storhoi, en una escena del film

Claro que era necesario tener nombres de peso en la dirección y ante cámaras. En aquel momento, uno de los directores clase A y con éxito era John McTiernan. Es cierto que El último gran héroe no fue necesariamente un gran éxito, pero sí Duro de matar, La caza al Octubre Rojo -que permitió las sucesivas adaptaciones de las historias de Tom Clancy sobre Jack Ryan-, Duro de matar-La venganza y la bella y casi lírica remake El caso Thomas Crown. Y tenía amigos de peso, además, como Arnold Schwarzenegger y Bruce Willis. McTiernan leyó la novela, le atrajo el proyecto, aceptó y Disney estaba feliz. Pero su felicidad creció aun más cuando la estrella de la entonces multimillonaria La máscara del Zorro dijo “sí” como protagonista.

Antonio Banderas estaba, entonces, si no en la cima, ahí nomás. Y le interesó la película, arregló el salario y todo parecía ir sobre ruedas: el guionista más exitoso, un director importante que entendía el negocio, una estrella que vendía entradas. Todo para contar una épica historia de acción con algún que otro elemento fantástico, basado lejanamente en el papá de los relatos de espadas y fantasías, ese que Tolkien aceptaba como inspiración. Justo cuando (las casualidades no existen) Peter Jackson acababa de conseguir financiación para su versión de El Señor de los Anillos.

McTiernan tenía una mirada mucho más metafísica y Crichton, una más comercial: la puja entre ambas visiones terminó destaando el caos alrededor de la película

Lo que pasó después es digno de un libro, pero no vamos a abrumar al lector con datos. Digamos que McTiernan tenía una mirada mucho más metafísica y Crichton, una más comercial. Después de Duro de Matar había hecho una gran película poco vista pero sumamente interesante llamada El curandero de la selva, donde aparecía la idea de las tradiciones y de lo ancestral funcionando en paralelo a la ciencia. O, para decirlo de otro modo, que había cosas que no podían reducirse a la razón. Un poco lo mismo sucede con el comportamiento moral del capitán de La caza al Octubre Rojo, o el misterio por el cual un chico pasaba de un lado a otro de la pantalla de cine. Por eso es que en el guion de Devoradores… decidió explorar ese costado mitológico.

La historia es la de un árabe -interpretado por Banderas- que, por un problema de polleras, es enviado de Medio Oriente a Europa como embajador. Pero su camino se cruza con unos vikingos que van a salvar de la incursión de ciertos seres monstruosos a un pueblo escandinavo. Un oráculo dice que tal misión tendrá éxito si los guerreros son 13 y si el último es un extranjero. El personaje de Banderas queda incluido entonces y, al llegar al pueblo, descubrimos que unos seres casi fantásticos, comandados por una “madre” (los Wendol) atacan por la noche y devoran humanos. Se los cree sobrenaturales; de hecho, McTiernan los pinta de ese modo. Sus acciones y las descripciones de su historia son lo que da origen, más tarde, a todo el poema del Beowulf.

A McTiernan le interesaba sobre todo la idea de unos seres místicos e indetenibles, de sus rituales misteriosos, de su forma de atacar con algo de fantástico. Planeó toda la acción, todos los movimientos y toda la narración alrededor de este tema. Pero no hizo solo eso: como quería una película “PG-13” (en la práctica, familiar: los menores de 13 años podían ingresar con sus padres al cine), eliminó cualquier retazo de gore o sangre, no así la violencia. Si vieron Depredador (Disney+) sabrán que el realizador usa mucho más el fuera de campo que la evisceración en vivo, aunque no parezca. La planificación minuciosa y rigurosa de McTiernan fue el primer disparador del presupuesto.

El problema era que Crichton era no solo el dueño del libro original sino el productor. Y que quería simplemente contar, a la manera del Hollywood más trivial, el cuento de buenos contra malos sin ningún elemento místico

El problema era que Crichton era no solo el dueño del libro original sino el productor. Y que quería simplemente contar, a la manera del Hollywood más trivial, el cuento de buenos contra malos sin ningún elemento místico. En la novela, los Wendol eran en realidad unos Neanderthales que sobrevivieron a la última glaciación y Crichton decía basarse en la ciencia. Por cierto, antropólogos y arqueólogos dicen que es un disparate, así como lo es que comieran carne humana (solo lo hacían en ciertos rituales).

Pero el verdadero caso es que en muchas de las descripciones McTiernan se había basado no en la novela de su socio y empleador, sino en la crónica de Ibn Fadlan, un personaje histórico enviado por el califa de Bagdad al Cáucaso en compañía de una embajada que tenía como fin lograr un avance del Islam en lo que luego sería Rusia. Pero la embajada fue atacada por una tribu “Rus”, parte del universo vikingo, y nunca llegó. Ibn Fadlan acompañó a estos hombres e hizo una crónica de sus costumbres que luego presentó a su regreso a su tierra, y es un documento histórico. McTiernan trabaja el desconcierto fantástico del personaje “real” mientras que Crichton inventó una teoría seudocientífica para justificar la desmitificación de un relato. Uno quería una película de acción y suspenso sobre cómo nacía un mito; el otro, un blockbuster veraniego sin complicaciones y con mucha explicación. Dos mundos opuestos.

Terminado el rodaje, a McTiernan lo apartaron de la postproducción. Directamente, sin ceremonias. Algunos pases previos le demostraron a Crichton que la película -que cambiaba constantemente su fecha de estreno-, por lo que había hecho el director, iba directo al fracaso. Disney pensó lo mismo y le dio el control al escritor, que exigió deshacer todo lo que había logrado McTiernan, dos semanas más de rodajes extra y no sólo un tijeretazo al material sino ponerle un poco más de violencia y sangre. También le cambió el final para que incluyera un “duelo” entre el héroe (que no es Banderas, dicho sea de paso, sino el jefe de los luchadores vikingos contra los “malos”) y la jefa de los “malos”. Crichton quería poco diálogo, menos mirada sobre las costumbres de los personajes y, como se dice en ámbitos académicos, más palo y a la bolsa. Así que se hizo cargo de todo. Las consecuencias fueron tremendas en todo sentido.

Algunos pases previos le demostraron a Crichton que la película -que cambiaba constantemente su fecha de estreno-, por lo que había hecho el director, iba directo al fracaso. Disney pensó lo mismo y le dio el control al escritor, que exigió deshacer todo lo que había logrado McTiernan, dos semanas más de rodajes extra y no sólo un tijeretazo al material sino ponerle un poco más de violencia y sangre

En primer lugar, un retraso de un año para terminar el film que se convirtió en una postergación del estreno de dos años. Luego, el cambio de nombre de Devoradores… al definitivo 13 Guerreros, para darle un aire aventurero más directo y disolver cierto aspecto oscuro y fantasioso que McTiernan le había inyectado a su versión de la historia.

En 1999, cuando se estrenó, los estudios la daban por perdida y prácticamente no se hizo campaña de prensa. La crítica la destrozó y solo con el paso de los años fue reivindicado, en especial, el trabajo de McTiernan sobre los personajes, o al menos lo que quedó de eso. De paso, el realizador sí sabía filmar acción -era su especialidad- y se nota cuando las escenas son de Crichton: básicamente son las que no se entienden. Intentó además borrar todo el lazo entre la historia del film y el mito de Beowulf, que paradójicamente era su motivo principal. Pero las consecuencias para McTiernan y Omar Sharif, que tenía un rol más importante que se volvió pequeño en el caos de la posproducción, fueron enormes. En el caso de Sharif, se sintió tan cansado y maltratado que dejó de filmar por varios años (su regreso fue en 2003 con la bella Océano de fuego, de Joe Johnston, al lado de Viggo Mortensen). La llamó “una experiencia humillante” cuando vio el resultado final.

Sharif se sintió tan cansado y maltratado que dejó de filmar por varios años; la llamó “una experiencia humillante” cuando vio el resultado final

Pero McTiernan simplemente fue aniquilado. Sintió que tanto el estudio como Crichton lo habían traicionado y habían conspirado en su contra desde el principio. Aunque ese mismo año había hecho El caso Thomas Crown (un éxito), 13 guerreros había perdido al menos 90 millones de dólares (terminó costando 165, cuando el presupuesto original era de unos 70) por lo que los estudios le quitaron el estatus de inhundible. Pero lo peor fue lo que hizo en su ánimo: McTiernan se volvió paranoico y, años más tarde, cuando estaba produciendo su remake de Rollerball, contrató a un célebre y poco escrupuloso detective privado llamado Anthony Pellicano para intervenir el teléfono del productor del film, Charles Roven. Creía que conspiraba en su contra, como había sucedido en 13 guerreros.

Por supuesto esto salió mal, el FBI lo descubrió y, en un interrogatorio de 2006, tuvo la pésima idea de mentirle a sus agentes, motivo por el cual tras una larga batalla legal el realizador terminó preso por un año. Y si bien es cierto que sus mejores amigos hicieron lo imposible por mantenerlo a flote (entre ellos Arnold Schwarzenegger y Bruce Willis), y que muchos directores hicieron una petición para que lo liberasen, el hombre no se recuperó nunca más. No sirvió que sus últimas películas (la remake de Rollerball, bastante mejor que la original si el lector quiere creerlo; el thriller de ambiente militar Básico y letal, con John Travolta y Samuel L. Jackson) no fueran exitosas. De ser aquel gran creador de formas del cine de acción, capaz de una gran profundidad, hoy es docente y script doctor. Se perdió un director extraordinario.

¿Y la película? Con sus problemas, con el desastre que dejó la tijera de Crichton movido por el pánico, igual tiene grandes momentos, hallazgos interesantes, suspenso que funciona y una mirada sobre aquellos momentos casi salvajes de la Edad Media que son parte de la leyenda. Las secuencias de acción realizadas por McTiernan tienen una tensión incluso hoy infrecuente en el cine de género, y hay planos (la serpiente de fuego bajando de una montaña, por ejemplo) que son ejemplares. Es decir: gran parte es tan bueno y atractivo que, con el paso de los años, disolvió el maleficio que condenó la película. Porque sí, había un director, uno grande y con ideas, al que el miedo total que generaron funciones de testeo terminaron destrozando. Así es el negocio de injusto. Pero la película sigue ahí, gusta cada vez más y los que la disfrutan son legión. En última instancia, es lo único que cuenta

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