“Yo hago una arquitectura multidireccional”, dice a LA NACION Marta Minujín, creadora de instalaciones monumentales como el Partenón de libros prohibidos, el Obelisco de pan dulce, la Torre de Pisa de Spaghetti o el Nido de hornero que está reconstruyendo en Pinamar. Un mes después de haber sido distinguida como Personalidad emérita de la Cultura de la Nación, la artista más popular de la Argentina recibirá mañana, a los 83 años, el Premio a la Trayectoria otorgado por la XX Bienal Internacional de Arquitectura. En reconocimiento a una obra que, desde hace más de seis décadas, “desafía los límites entre arte, arquitectura y espacio público”.
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Según destacó Julia Converti, directora ejecutiva de este encuentro que cumple cuatro décadas, “es la primera vez que la bienal premia a una artista”. El comité directivo consideró que “sus intervenciones urbanas transformaron la manera de experimentar la ciudad y consolidaron un legado que continúa inspirando nuevas formas de pensar el vínculo entre las personas y el espacio que habitan”.

Como cierre del foro realizado en los últimos días en la Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes, la jornada del sábado se dedicará a “reconocer la excelencia, la innovación y el aporte cultural de profesionales, estudios e instituciones que amplían los horizontes de la arquitectura contemporánea”. Minujín será entrevistada a las 18 por Roberto Converti en el auditorio de la Aamnba, con entrada libre y gratuita.

Probablemente los organizadores tengan que contratar guardaespaldas para protegerla de sus fanáticos. Así ocurrió en sus recientes visitas a Salta, cuando donó su Autorretrato mediático, y a Rosario, donde su Escultura de los deseos se exhibe hasta el lunes en el Museo Castagnino. “Se me tiran encima y me piden fotos -explica-. El año pasado, en la Noche de los Museos, llegaron a tirarme del pelo. Pero en las provincias es peor, porque no llega tanta gente conocida”.

-De todas tus obras, ¿cuáles considerás que son arquitectura?
-Primero fue La habitación del amor, la instalación que hicimos en 1963 con Mark Brusse en París, que adentro tenía una cama que se movía. Era como una arquitectura casera. Después, Revuélquese y viva, la estructura de colchones con la que gané el Primer Premio Nacional del Instituto Torcuato Di Tella, en 1964, a los 21 años. Hace medio siglo, en 1976, hice el Nido de hornero, como parte de Comunicando con tierra. En 1978, el Obelisco acostado, en la Bienal Latinoamericana de San Pablo. Y en 1979 el Obelisco de pan dulce, en la Feria de las Naciones. Y entre los más importantes están las dos versiones del Partenón de libros prohibidos, el del ’83 en la 9 de Julio y el de la Documenta de Kassel, en 2017. Para esas estructuras tengo que hacer planos arquitectónicos, con ingenieros.

-¿Siempre trabajás con ingenieros?
-Sí, claro. Porque se puede matar la gente. En el Obelisco de pan dulce se colgaron.
-Además, tus obras se inclinan…
-Sí, todas. Salvo el Ágora de la paz, en 2013 en Plaza Alemania, que tenía las columnas torcidas.
-Y algunas incluso se movían…
-Sí, en el primer Partenón, venían las grúas y lo levantaban y lo acostaban. Y la Torre de pan lactal de James Joyce en Dublin, en 1980, también se movía todo el tiempo. Son todas obras de mucho riesgo, de buscar el equilibrio de las cosas.

-¿Y por qué buscás inclinarlas?
-Porque el mundo es multidireccional. No es tan vertical, como el pensamiento actual. Puede ir para un lado o para el otro, como un limpia parabrisas. Unos quieren la guerra, otros no quieren la guerra. Unos quieren la universidad libre, otros la quieren privada. Todo es así.
-¿Y por qué recostar el obelisco, por ejemplo?
-Porque era el pene de los militares. Lo tiraba abajo, en tiempos de la dictadura. Y el de pan dulce, se lo comía a la gente. El Partenón también tenía que ver con la dictadura.

-Ahora estás reconstruyendo el Nido de hornero para instalarlo de forma permanente desde noviembre en Pinamar. ¿En esa obra también te ayudan ingenieros?
-Sí, claro, y arquitectos también. Porque tenés que calcular el peso de la tierra, cómo se construye. Tiene un peso y tiene que soportar que dos o tres personas entren a la vez, para mirar la película que hay adentro.
-Y en 2009 reconstruiste para arteba la Galería blanda que habías hecho en 1973 con colchones en Washington, con Richard Squires.
-Sí, pero en arteba nadie la vio como obra de arte. La volví a hacer en Casa Naranja, en Córdoba, en 2017.

-¿Cuál fue la primera obra que demandó ayuda extra para la construcción?
-El Obelisco acostado lo hice con la gente de Techint. Era buenísima la construcción, con la mejor madera. Y el Obelisco de pan dulce, con los tubos metálicos Acrow. Inventé ese método con tubos de hierro con alambre tejido, donde van atadas las cosas. El primer Partenón era tan pobre que lo hice con alambre gallinero chiquito, no trama metálica como usé después.
-Las esculturas inflables que hiciste en los últimos años, como las que presentaste en Lollapalooza y Times Square, ¿también las considrás arquitectura?
-Sí, claro. Porque tenés que pensar las formas, cómo entra la gente, cómo se sostiene.

-¿Y también tenés ayuda de un arquitecto o de un ingeniero?
-No,las hago con el que hace los inflables. Viene al taller y las hacemos juntos, con una computadora. Pero para que se sostengan todas esas formas, en Rosario lo realizaron los arquitectos.
–¿Cuál fue la obra más compleja de hacer?
-El Partenón de Kassel, porque fue la más grande. Pero después también hice el Big Ben acostado con libros políticos, durante la pandemia, y la Torre de Pisa de spaghetti el año pasado en el Recoleta, para la Noche de los Museos. Este año quiero hacer la Pelota de fútbol de dulce de leche.

-También hiciste la Torre de Babel con libros, en la Plaza San Martín en 2011. ¿Hubo algún problema con esa, no?
-Tenía libros de arte, de poesía y de historia de todos los países. La inauguró María Kodama. Cerraron el cuarto piso porque de noche los chicos de la villa venían a jugar, se tiraban por los caños. Te podías caer, tenía su riesgo.
-A La Menesunda, ¿la considerás arquitectura?
-No, es arquitectura doméstica. Es un recorrido, un laberinto.

-¿Qué opinás sobre la obra de otros artistas que trabajan con arquitectura, como Olafur Eliasson, Tomás Saraceno o Gyula Kosice?
-¡Eliasson es un genio! Y Saraceno hizo un descubrimiento único: el arte de las arañas. La exposición que hizo en el en el Moderno fue extraordinaria. De Kosice, las lágrimas son buenísimas; La Ciudad Hidroespacial, no tanto.
-¿Cómo definirías tu forma de encarar la arquitectura?
-Es totalmente inventada, arquitectura que puede ser cualquier cosa. Las cosas vuelan: en las películas que hago, los edificios vuelan. Irreal, porque no existen edificios acostados. Multidireccional. Yo siempre elijo los mitos de cada país para que la gente se los coma o los desarme. Me gusta que tengan movimiento y que estén inclinados, porque el mundo no es tan vertical ahora.

Para agendar:
Entrega del Premio Bienal a la Trayectoria a Marta Minujín, el sábado 10 de octubre a las 18 en el auditorio de la Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes (Av. Pres. Figueroa Alcorta 2270).


