El nuevo poemario de Fernanda Nicolini (Morón, 1979) abre distintos recorridos. Uno va de los misterios de la naturaleza a la maquinaria de la aparente “inercia doméstica”; otro, de las certezas del erotismo juvenil a los pactos “de corriente continua” que demanda la vida en pareja, pasados los años; incluso se proyecta el camino que, de la conversación cotidiana y la anécdota, llega al proceso de escritura del poema: “un recuerdo amortizado que no exija / mayor esfuerzo narrativo”. Una vez perdida la fe “en el orden secreto de las cosas”, los rituales ayudarían a resistir “la estación de lo incierto”.
Organizado en dos partes –una decisión coherente cuando se trata de una obra que, entre otras cuestiones, aborda el amor conyugal– el libro mantiene una tonalidad evocativa sin volverse latosa, discretamente afirmativa y contemporánea; el plural subyugado de la primera parte hace lugar a la voz singular que reivindica un anhelo infantil de santidad y reconstruye su linaje “para rastrear el problema”: “con el cuerpo rebanado y suturado / rebanado y suturado / ¿había sintaxis posible?”.
El verso de donde proviene el título del libro (“un dios turquesa socializado como prueba / de que todos nacimos del mismo corazón de agua”) aparece en el poema más radiante, que encuentra a los enamorados en una covacha de la costa dálmata: “Un lugar de fantasía, una bandera / blanca que levantamos / cada vez que estamos por apretar / el botón de la guerra privada”. De ese poema se desprende otro, que incluye comentarios del ser amado, y un poema-resumen.
Un dios turquesa
Por Fernanda Nicolini
Caleta Olivia
70 páginas, $ 25.000


