La imagen parece surrealista: decenas de medios de prensa, funcionarios policiales y judiciales, peritos y montones de vecinos amontonados frente a un edificio en cuyo interior se toman pruebas con la precisión de un médico y el pulso de un artista del dibujo. El objetivo de semejante procedimiento es nada menos que un mueble.
Ya sé querido lector que lo agota la novela de Martincito y Jesi en procura de saber quién era el dueño del vestidor donde millones de dólares se guardaban en bolsas para freezer cual milanesas prolijamente ordenadas, aunque en dudosa convivencia con remeras y calzoncillos.
Vayamos a lo verdaderamente profundo de este culebrón, a las honduras psicológicas de la atracción que un armario de lujo provoca en la psiquis de los nuevos ricos que no tienen forma de justificar su riqueza. ¿Será la madera?, ¿acaso las figuras que dibuja el aserrín que se desprende al lijarla?, ¿los encandilará el laberinto de espejos ubicados para verse desde cualquier ángulo? ¿por qué usar el vestidor como caja fuerte? ¿de chicos les faltó un ropero?

Este tema debería ser tomado muy seriamente por psicólogos y psiquiatras. Sinceramente, no recuerdo si Freud, Lacan o Yung dedicaron alguna vez algún capítulo a la dependencia emocional con un mueble. Si es así, habría que retomar la investigación sobre esa toxicidad que viene de lejos, por cierto.
Hubo un caso en los 90 que ya entonces debió haber disparado esos ateneos científicos. Fue el del juez Francisco Trovato. Terminó destituido y mandado a la cárcel por dádivas. Lo condenaron a seis años de prisión que luego la Cámara de Casación redujo a cuatro y medio por haber sido hallado culpable de cohecho calificado. Visto a la distancia y comparado con los montos que ahora se investigan, uno se pregunta si no fueron muy duros con don Pancho. La condena fue por haber recibido un placard de 19.000 dólares de parte de un cliente al que le levantó una clausura.
Es cierto que Trovato ya era conocido por investigar el asesinato del rey de la noche Poli Armentano, noche que él mismo disfrutaba yendo de boliche en boliche, tomándose fotos como un bon vivant, una de ellas con Silvia Süller. ¿Qué diferencia crucial se percibe entre aquel juez e Insaurralde navegando con Sofía Clerici por el Mediterráneo en el yate Bandido? Que Trovato tenía mucho pelo y un bigote tupido y Martincito es lampiño.
A Trovato también le allanaron el placard. No solo no pudo explicar cómo logró pagarlo con su sueldo de juez, sino que además era feíto. Tenía un corbatero tipo árbol. Y lo peor es que parece que ni siquiera llegó a usarlo, ya que estuvo prófugo de la Justicia hasta que lo arrestaron en Brasil.
En ese punto, querido lector, hay una diferencia con Martincito. Noticias de los últimos días dieron cuenta de que sigue manteniendo reuniones políticas y de negocios en una oficina “secreta” que le prestaron, ubicada en un edificio del que ingresa y sale siempre por el garaje, acompañado de custodios.
En cambio, cuando el juez del tribunal le preguntó a Trovato por su dirección, no hubo secretismo. “Como es sabido –le dijo- estoy alojado en dependencias de la Gendarmería Nacional”.


