El triunfo del candidato libertario Abelardo de la Espriella en el balotaje presidencial celebrado este domingo en Colombia confirma una vez más el giro a la derecha de América del Sur.
Después de que Keiko Fujimori quedara encaminada en Perú a consolidar un sexto gobierno de ese signo en la región —junto a los de la Argentina, Chile, Ecuador, Paraguay y Bolivia—, Colombia suma ahora un séptimo eslabón a ese bloque. La tendencia regional queda así casi cerrada, a la espera de Brasil, la única gran elección presidencial que resta en el calendario sudamericano.
¿Péndulo ideológico o crisis de gobierno?
“Sin duda, existe un movimiento regional hacia la derecha. Sin embargo, este fenómeno no parece estar impulsado por una conversión ideológica masiva de los votantes, sino por factores mucho más pragmáticos”, dijo a LA NACION Eduardo Ruiz, analista de Control Risks.
La explicación del experto ayuda a dilucidar una de las primeras incógnitas del fenómeno actual, en el que muchos leen una reacción conservadora a regímenes más progresistas y otros un hartazgo con décadas de gobiernos ineficientes, pero Ruiz define como una combinación de ambos.

El analista se refiere a factores como “el deterioro de la seguridad, el bajo crecimiento económico, el aumento del costo de vida, la frustración con las élites políticas tradicionales” y, en particular, el peso para varios gobiernos de izquierda de años de gestiones poco exitosas para explicar cómo se han creado las condiciones favorables “para candidatos que prometen orden, autoridad, estabilidad y políticas económicas más orientadas al mercado”.
Este panorama podría explicar por qué, desde que en 2017 el entonces presidente ecuatoriano Lenín Moreno se distanció del proyecto de izquierda de su padrino político Rafael Correa en pos de un modelo liberal, otros cinco países latinoamericanos han optado por destituir a sus gobiernos y dar el control a un candidato de derecha.

El triunfo electoral de Daniel Noboa en 2023 extendió esta lógica en un país en el que la expansión del narcotráfico y una compleja situación económica pareció justificar su discurso de mano dura y mirada promercado.
El propio caso argentino repitió en gran medida esta dinámica cuando en 2022 un electorado cansado de promesas inclumplidas, inestabilidad económica y aumento de la inseguridad optó por llevar a la Casa Rosada a Javier Milei, un outsider sin experiencia en la gestión pública.
Lo mismo ocurrió en Bolivia, dónde el presidente Rodrigo Paz destronó al Movimiento al Socialismo (MAS), partido del líder indígena Evo Morales y del expresidente izquierdista Luis Arce, después de que este gobernara la mejor parte de las últimas dos décadas.

Después de semanas de protestas masivas y bloqueos en varios puntos del país, no obstante, queda claro que su gestión no está exenta de desafíos.
El caso más reciente es el de Chile, dónde el conservador José Antonio Kast derrotó a la candidata comunista Jeannette Jara en el balotaje, poniendo fin a la vía de izquierda iniciada por el expresidente Gabriel Boric tras el estallido social.

Al igual que en Bolivia, no obstante, la falta de resultados inmediatos y una “luna de miel” presidencial que resulta cada vez más corta, ya implicaron desafíos para el gobierno de derecha, que se vio obligado entre otras cosas a reemplazar miembros clave de su gabinete, como la ministra de Seguridad.
Paraguay es de algún modo la excepción a esta regla, ya que el actual gobierno de derecha del presidente Santiago Peña no marcó una ruptura con el oficialismo anterior, sino que extendió el reinado del conservador Partido Colorado, que ha gobernado el país casi ininterrumpidamente los últimos 70 años.
Perú, caso aparte
El caso de Perú, sin embargo, también parece alejarse del movimiento típico de péndulo que vemos en otros países de la región.
En primer lugar, porque Keiko Fujimori puso fin a dos gobiernos interinos consecutivos –el de José María Balcázar y el de José Jerí–, ambos conservadores que ya se habían encargado de destronar a la izquierda en Perú, representada por la figura de Dina Boluarte.
En segundo lugar, y tal vez de forma más contundente, porque la presidente electa es además líder del partido que ya contaba antes de las elecciones con una mayoría en el Congreso, Fuerza Popular, y a través del cual ha sido acusada de gobernar el país en detrimento del Poder Ejecutivo.
En un país en el que han transitado nueve presidentes en la última década –con mandatos que la Constitución fija en cinco años– y en una constante crisis institucional, el partido de Fujimori ha sido visto como una especie de monje gris de la presidencia peruana, que en lugar de respetar la división de poderes se ha encargado de interferir en la autonomía presidencial e, incluso, dictar el destino de los mandatarios.
Según informes de Human Rights Watch (HRW), en lugar de cumplir con su tarea los parlamentarios peruanos han debilitado en los últimos diez años el marco jurídico del país y la independencia de jueces y fiscales, y han actuado en la mayoría de los casos en pos de “intereses personales y la búsqueda del beneficio propio”.
El horizonte regional
Más allá del péndulo hacia la derecha que parece barrer la región, la actual tendencia tampoco está exenta de riesgos y nada asegura que esta ola de gobiernos logre mantener su posición en los próximos años.
“No me sorprendería que muchos de estos oficialismos de derecha pierdan elecciones subsiguientes. Es decir, por ahora, no han logrado consolidar una dominación estructural”, dijo a LA NACION Juan Negri, director de la carrera de Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella.

En ese sentido, el balotaje en Colombia y, sobretodo, las próximas elecciones en Brasil –en octubre de este año– podrían terminar de definir cómo se acomodarán las piezas en la región.
Después de haber sorprendido en las elecciones entrando primero al balotaje presidencial con el 43,7% de los votos, el ultraderechista Abelardo de la Espriella se metió en la segunda vuelta de Colombia bien posicionado, selló su acceso a la Casa de Nariño y le cerró las puertas a Iván Cepeda, candidato del actual presidente de izquierda, Gustavo Petro, que en primera vuelta recibió el 40,9% de los votos.

Sin embargo, los analistas apuntan principalmente a los resultados del gigante sudamericano, cuyos comicios serán probablemente la prueba más importante para determinar si la tendencia de derecha logra consolidarse.
“Brasil es la mayor economía y la mayor democracia de América Latina, por lo que un triunfo de la derecha tendría un enorme peso simbólico y político para toda la región”, explicó Ruiz.
A poco menos de cuatro meses de las elecciones, el escenario en Brasil parece poco definido, con un oficialismo histórico como el de Lula intentando evitar los fantasmas de la gestión y una oposición que tampoco logra por ahora una clara ventaja, ni siquiera en la figura de Flávio Bolsonaro que aglutina a los seguidores de su padre.
“El antilulismo es muy fuerte y se nota que la marca Bolsonaro paga. Sin embargo, en última instancia, tanto la coalición de centro–izquierda como la de centro–derecha todavía están a tiro”, apuntó Negri.


