La escena uno muestra el dictamen flamante de la oficina antimonopolios de Alemania: “Los clubes de fútbol son un bien común”. La Bundeskartellamt validó el “50+1”, la regla que establece que los clubes deben permanecer siempre en manos de los socios (y dijo también que debe extenderse a los clubes Bayer Leverkusen, Wolfsburgo, RB Leipzig, Hannover 96 y Hoffenheim para que la regla sea “coherente y uniforme”). Fue la propia Liga alemana (DFL) la que pidió el dictamen. Lo hizo para protegerse legalmente de la amenaza de inversores privados de recurrir la regla en tribunales de la Unión Europea. El organismo regulador desechó argumentos de equilibrio competitivo y estabilidad financiera que argumentó la DFL. Pero si admitió el más importante: que los clubes tienen derecho a mantenerse por fuera de la llamada “libre competencia” porque son un negocio de “interés público”. Afirmó que “la identidad del club y la participación de los socios justifica una excepción a las prohibiciones antimonopolio”.
Vamos ahora a la escena número dos. El deporte global conmovido porque uno de sus nombres más emblemáticos, Los Angeles Lakers, volverá a cambiar de propietario en menos de un año. Mark Walter, que en octubre pasado había comprado a los Lakers por 10.000 millones de dólares, acordó vender ahora la franquicia por 12.500 millones, acaso apremiado en busca de efectivo luego de que el FBI comenzó a investigar sospechosos movimientos de dinero entre sus millonarias compañías de seguro, que son accionistas, entre otros, del club inglés Chelsea.

Los nuevos dueños (la venta fue objetada y todavía debe ser aprobada por la NBA) serán el capitalista de riesgo Josh Kushner, hermano del yerno del presidente Donald Trump, y Bob Iger, ex CEO de Disney. Son los mismos socios de Thrive Capital, la firma que hace menos de un mes acordó pagarle a la FIFA 4200 millones de dólares por el veinte por ciento de la explotación comercial de los mundiales. La UEFA frenó el negocio y el presidente Gianni Infantino está ahora entre las cuerdas. Si el fútbol no me quiere, decidió Kushner, mudo mi inversión a la NBA. “La forma en que se gestó este acuerdo”, en medio de supuestas presiones políticas y judiciales, “debería aterrorizar a cualquiera que crea que el deporte pertenece a los aficionados”, escribió el periodista Lee Escobedo.
La inversión privada, en rigor, forma parte histórica del negocio deportivo. “Yo vendo un producto llamado fútbol”, fue una frase histórica del brasileño Joao Havelange, presidente de la FIFA de 1974 a 1998. Lo mismo pensó Víctor Montagliani cuando era presidente de la Federación de Canadá y planificó la venta a un inversor privado (Canada Soccer Business, CBS) de la explotación comercial del fútbol de ese país. Fue acusado entonces de lo mismo que él acusa hoy a Infantino. Personalismo y poca trasparencia. La Federación canadiense sufrió denuncias judiciales por 40 millones de dólares de la selección femenina, oro olímpico en Tokio 2020. La selección masculina se declaró directamente en huelga. Montagliani fue citado a declarar ante el Parlamento, donde defendió el acuerdo que, sin embargo, debió ser mejorado sustancialmente años después, cuando él ya no estaba en la Federación y asumió como presidente de la Concacaf. Es el mismo Montagliani que hoy suena como principal candidato a suceder a Infantino en las elecciones del 18 de marzo próximo en Rabat.
También la propia Liga Alemana (DFL), la misma que defiende la regla del “50+1”, intentó en 2024 vender por veinte años sus derechos comerciales a un inversor privado (el fondo estadounidense CVC Capital Partners). Los hinchas temieron un primer paso a la “privatización”, invasión de patrones foráneos y boletos caros, como en la Premier League inglesa. Impulsaron un “boicot pacífico”. Arrojaron al césped monedas de chocolate y pelotas de tenis. Hubo invasión de autos a control remoto con bengalas. Candados en los arcos. Partidos interrumpidos y trasmisiones arruinadas. La Liga se vio obligada a cancelar el acuerdo. Igual que las protestas callejeras más furiosas de hinchas ingleses en 2021 que también obligaron a cancelar el proyecto de Superliga europea, un torneo entre ricachones. Compran clubes como activos de sus carteras que se traspasan entre ellos, a precios inflados por las nuevas plataformas y las apuestas. ¿Qué tiene que ver con Liverpool un “gran acumulador de riqueza inconcebible” como Jeff Bezos?, cuestionó la agrupación “Always Liverpool” el desembarco flamante del fundador de Amazon al club inglés. Agregó Always Liverpool: “Del ‘juego de la gente’ pasamos a ser una expresión grotesca del capitalismo tardío”.
Hoy se cumple un mes exacto de la final del Mundial que Infantino regaló a Trump. La pelota, que era parte de comunidades que construían identidad, alegrías y naufragios compartidos, hoy está en manos de egos megamillonarios que definen entre ellos cómo será el futuro. Indignado por la nueva operación de los Lakers, el periodista Dave Zirin pidió recordar que “estos equipos” (los Lakers, Liverpool, el que fuere) “eran nuestros”. Pidió hinchas activos que resistan “ventas grotescas como esta”. Porque cuando los nuevos ricachones se adueñan del deporte, dijo Zirin, están comprando algo más que una de sus tantas marcas. Están comprando parte de nuestras vidas.


