Hace poco se cumplieron cuarenta años del accidente de la central nuclear de Chernobyl, en Ucrania, y la fecha me trajo el recuerdo de una escena de esos días que vincula a aquel suceso con la Argentina y la familia Sabato.
Por entonces yo me encontraba en el medio del Sahara, en Argelia, acompañando al vicecanciller Jorge Federico Sabato en una importante misión destinada a exportar un reactor experimental argentino. Nuestra última noche en el desierto consistía en una cena que acabaría teniendo el sabor agridulce del contraste entre las recetas sofisticadas que ofrecen las tecnologías modernas y los condimentos sencillos que impone la naturaleza. El alcalde de Tamanrasset nos agasajaba con una “cena oficial” del mejor modo que podía hacerlo su modesta localidad: en un amplio y despojado salón, como el de un club barrial del gran Buenos Aires, con una gran mesa en forma de U, con manteles a cuadros, sin comensales enfrentados, sino todos mirando hacia un televisor ubicado en un puesto alto y dominante, y encendido durante el ágape.
Cuando comprendí que no se consideraría de mal gusto echar una mirada al televisor mientras cenábamos, observé en la pantalla la imagen inconfundible de un reactor nuclear, lo que llamó mi atención. Mientras intentaba retener cada detalle, echaba rápidos vistazos a Sabato, pero advertí que estaba enfrascado en una conversación con la persona contigua, de modo que no se había percatado del suceso.
Cuando pude hacerme un resumen mental de la noticia, me aproximé al entonces vicecanciller y le dije al oído: “Embajador, acaba de ocurrir el más grave accidente nuclear de la historia en una localidad llamada Chernobyl, en Ucrania: explotó la cubierta del reactor, hay muchos muertos y heridos, están evacuando la región y solicitando ayuda internacional”. Inmediatamente, Sabato y las dos delegaciones abandonaron sus conversaciones y se concentraron en la televisión, cuyo volumen fue elevado para toda la audiencia. Era el domingo 27 de abril de 1986.
Naturalmente, la catástrofe con una tecnología que veníamos a ofrecer acaparó desde entonces todas nuestras reuniones siguientes con los argelinos. Sabato les repetía argumentos nuevos y otros ya conocidos entre nosotros: por un lado, que en Chernobyl había existido una infausta mezcla de fallas humanas con una tecnología de reactores obsoleta como la rusa, incapaz de contrarrestar las primeras; por otro lado, el know how argentino en la materia era tributario de los altos estándares alemanes y canadienses, que rigen nuestras centrales de Atucha y Embalse.
Más allá de lo que Sabato sostenía, como era su deber, yo me preguntaba para mí: ¿cómo saber si, dentro suyo, este suceso vinculado al riesgo de la tecnología nuclear no le evocaba aquella escena que su padre había relatado infinidad de veces, cuando, en la París de 1938, siendo él un bebe, aguardaba en brazos de su madre en una modesta pensión a que su padre regresase de una feroz lucha contra el monstruo que acechaba en aquel entonces todavía incipiente saber?
En efecto, el futuro escritor Ernesto Sabato era en esa época un joven físico nuclear becado gracias al apoyo del futuro Premio Nobel Bernardo Houssay, para trabajar en los primeros ensayos de radiación en el laboratorio de Madame Joliot-Curie de París. En numerosas y vibrantes páginas de su posterior grandiosa producción literaria, narraría el espanto que le había causado ver en aquellos primeros ensayos radioactivos la imagen destructiva del bíblico ángel exterminador Abaddón, precisamente pocos meses antes del inicio de la ominosa Segunda Guerra Mundial. Para mitigar la profunda repugnancia moral que aquello le producía en el alma, contó, se escapaba cada día desde aquel laboratorio para frecuentar hasta altas horas de la noche las tertulias existencialistas de los cafés parisinos, tan en boga en las postrimerías de los años 30.

Sin embargo, su hijo, Jorge Federico, aquel bebe que aguardaba en París en el regazo de su madre, contaba con un bagaje que le permitía discernir entre los excesos no solo antinucleares sino incluso anticientíficos que terminaron obsesionando de por vida a su padre. Su primo mayor, casi un tío por la diferencia de edad, Jorge Alberto “Jorjón” Sabato –el apodo surge por su alto porte y lo distinguía de Jorge Federico, al que apodaban “Jorgín”-, acaso el más egregio tecnólogo del país y prócer del desarrollo nuclear y tecnológico autónomo argentino, no solo lo había persuadido de la trascendencia de esta tecnología para el progreso nacional sino que, además, se había convertido en su ídolo intelectual. Le transmitió el mismo convencimiento a Raúl Alfonsín, que escuchaba y admiraba a los tres Sabato.
No obstante, y precisamente gracias a esas influencias tan opuestas, Jorge Federico y Alfonsín presidente lograron lo que parecía imposible, ante la muy avanzada y pacífica aunque sospechosamente secreta herencia del desarrollo nuclear del Proceso: obtener, mediante una sola y coherente política, un prestigio como exportador confiable técnicamente y responsable desde el punto de vista de la proliferación, junto a un absoluto compromiso con el desarme, la seguridad y la paz mundial. Política que todavía continúa prestigiando a la Argentina, como lo confirma la reputación mundial del embajador argentino Rafael Grossi al frente del Organismo Internacional de Energía Atómica, hoy candidato a secretario general de las Naciones Unidas.
Gregorio-Cernadas es diplomático de carrera, autor del libro “Una épica de la paz. La política de seguridad externa de Alfonsín” (Eudeba, 2016)



