La geometría puede convertirse en territorio; la pintura, volverse materia contundente hasta vibrar como luz; la experiencia personal puede transformarse en ficción y una instalación hacer audible el paisaje sonoro de un desierto. Las cuatro nuevas exposiciones que inauguró el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires (Macba) exploran, desde lenguajes y generaciones diferentes, formas de expandir la mirada.
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En la planta baja, el alemán Gerold Miller presenta “Superficie y presencia”, su primera exposición individual en América latina. “La imaginación geométrica” recorre más de seis décadas de producción del artista argentino César Paternosto. En el primer piso, Ornella Pocetti despliega “Curada de espanto”, la mayor exposición realizada hasta el momento de la artista y, en el sexto piso, el Macba Kabinet presenta “¿Cómo suenan las lágrimas antes de secarse?”, de la chileno-peruana Ivana de Vivanco.
Nacido en Altshausen, Alemania, en 1961, y radicado entre Berlín y Pistoia, Miller se formó como escultor en la Academia Estatal de Bellas Artes de Stuttgart. Desde hace cuatro décadas investiga la relación entre imagen, escultura y espacio. Su trabajo parte de una operación aparentemente sencilla: toma los elementos clásicos de la pintura (composición, forma y superficie plana) y los reconstruye mediante estructuras de acero, aluminio, vidrio y color. El resultado son obras que parecen pinturas convertidas en arquitectura o esculturas que conservan la memoria de una pintura.
En diálogo con LA NACION, Miller define su lenguaje como “minimalismo industrial”. Utiliza materiales pesados y piezas producidas, en algunos casos, por empresas especializadas. Pero detrás de esa precisión industrial existe un proceso artesanal: las obras nacen de pequeñas maquetas y bocetos realizados manualmente. Todo lo hace con sus manos, no usa computadora. Solo después sus asistentes recurren a herramientas para calcular medidas y proporciones.
Para Miller, la insistencia en la materialidad adquiere un significado particular en un momento dominado por imágenes virtuales y generadas mediante inteligencia artificial: él se distancia explícitamente de ese universo. “Todo lo que se ve es lo que existe. Acero, forma, espacio, peso: el espectador puede observar cómo está construida la obra y cómo funciona. Mi arte es simple, es real”, sostiene.
También el color participa de esa lógica directa. El rojo y el magenta, cuenta el artista, están asociados a la energía, a lo positivo, mientras el blanco y el negro funcionan como contrapunto. “Si tengo la idea del color rojo, aplico rojo”, explica. No se trata de exhibir una destreza pictórica, sino de hacer que el color exista como una presencia concreta. Las vibraciones son rotundas.

Hay, además, un puente especialmente significativo entre la muestra de Miller y la retrospectiva de Paternosto. El artista alemán descubrió hace aproximadamente una década, en una feria de Madrid, la obra de Paternosto y quedó fascinado. Aunque pertenecen a generaciones y contextos diferentes, reconoce una afinidad en la manera de pensar el espacio, los laterales y los intersticios.

La retrospectiva “La imaginación geométrica”, al cuidado de Natalia Giglietti y organizada junto con el Centro de Arte de la Universidad Nacional de La Plata, reúne más de cuarenta obras y conjuga seis décadas de producción de Paternosto. La exhibición propone volver a pensar desde América latina una historia de la abstracción que durante demasiado tiempo fue narrada desde Europa y Estados Unidos. Paternosto, nacido en La Plata en 1931, es uno de los grandes referentes de la abstracción latinoamericana. En su obra, la geometría nunca es únicamente racional ni responde a una idea de forma autónoma.
El concepto de geometría sensible, acuñado por Aldo Pellegrini, resulta particularmente fértil para aproximarse a sus primeras investigaciones: una geometría en la que color, percepción y singularidad del artista adquieren un papel decisivo, alejándose de la concepción más estrictamente racionalista asociada al concretismo de los años cuarenta.

Esa geometría sensible se expande hacia una dimensión histórica y territorial. Paternosto empezó a preguntarse por los orígenes de la abstracción en América latina y por aquellas formas de organización visual que precedieron largamente a las vanguardias europeas. La hipótesis encuentra una formulación decisiva en Piedra abstracta, el libro que publicó en 1989, tras años de investigación.
Frente al relato que identifica la abstracción con una conquista de la modernidad europea, Paternosto propone rastrear una genealogía latinoamericana mucho más antigua, vinculada con las culturas originarias y, particularmente, con la retícula textil prehispánica, la trama y la urdimbre. La geometría aparece así ligada al cuerpo, al territorio, a la materia y a formas de conocimiento que el canon occidental dejó durante mucho tiempo fuera de la historia de la abstracción. Paternosto encuentra allí otra genealogía posible para pensar la abstracción.
Paternosto no solo modifica la forma del cuadro: comienza a cuestionar el lugar desde el cual se mira. Desarrolla la llamada visión oblicua o visión lateral. El frente deja de ser el único lugar privilegiado de la pintura. Los bordes, los laterales y los intersticios adquieren protagonismo. La obra exige que el espectador se desplace para verla: el cuerpo entra así en la experiencia de la pintura.
Lo extraordinario de la retrospectiva es que permite observar cómo esas investigaciones reaparecen a lo largo de toda su trayectoria. Las investigaciones de los años sesenta no quedan atrás: se transforman y continúan activas. La imaginación geométrica del título debe entenderse justamente en ese sentido. No se trata de una geometría confinada al mundo abstracto de las formas, sino de una imaginación que se hace materia, que se relaciona con el cuerpo y el territorio y recupera una potencia inventiva de las culturas originarias.
A los 94 años, Paternosto continúa trabajando en Segovia, España, donde vive hace veinte años: la retrospectiva reúne seis décadas de producción y, al mismo tiempo, muestra una investigación aún abierta.

Curada por Carlos Gutiérrez y producida junto con Galería Cott, “Curada de espanto”, de Ornella Pocetti reúne obras en las que la pintura figurativa, los personajes y paisajes enrarecidos construyen un universo enigmático. El recorrido funciona como una película abierta, con escenarios y subtramas, donde la experiencia de los últimos dos años (cuando Pocetti decidió vivir exclusivamente de la pintura) se incorpora como materia narrativa.

En el sexto piso, el Macba Kabinet presenta “¿Cómo suenan las lágrimas antes de secarse?”, de Ivana de Vivanco, exposición que integra pinturas, dibujos, esculturas, instalaciones y video. Inspirado en el desierto de Atacama, su trabajo entrelaza la belleza y los saberes ancestrales del territorio con las heridas provocadas por la explotación minera, en particular por la extracción de litio y cobre. A través de la figura de la serpiente, la artista explora la memoria, las distintas formas de concebir el tiempo y la necesidad de transformar nuestra relación con la tierra. La instalación incorpora sonidos registrados en el desierto (entre ellos, el del litio circulando por tuberías) para construir una obra que funciona como advertencia y llamado a la acción.
Miller encuentra en la materia una manera de resistir a la virtualidad; Paternosto convierte la geometría en territorio, cuerpo y memoria. Por su parte, Pocetti hace de su experiencia y de las condiciones de producción artística materia narrativa, y De Vivanco pone el eje en la explotación minera. Cuatro estrategias diferentes para expandir la mirada.
Para agendar
Las muestras pueden visitarse en el Macba (Av. San Juan 328) los lunes a viernes, sábados, domingos y feriados de 12 a 19. Entradas: $10.000. Estudiantes, docentes y jubilados: $5.000. Miércoles: $5.000. Las muestras se podrán ver hasta el 9 de noviembre, excepto Macba Kabinet, “¿Cómo suenan las lágrimas antes de secarse?” hasta el 30 de septiembre.


