El 25 de diciembre de 2011, mientras muchos argentinos celebraban la Navidad en familia, Francisco Sala se subía a un avión con destino a Dubái. No viajaba a “probar suerte” sino que tenía un contrato firmado para convertirse en tripulante de cabina de Emirates, una de las aerolíneas más grandes del mundo. En pandemia se convirtió en emprendedor y hoy ofrece pastelería y algunos otros productos argentinos al otro lado del mundo.
Sala nació en Buenos Aires, se crió en Rosario; estudió profesorado de Educación Física y, antes de emigrar, trabajaba en un call center atendiendo clientes de Estados Unidos, una experiencia que le dejó dos herramientas: el inglés y la capacidad de comunicarse con personas de culturas diferentes.

Sigue trabajando como Cabin Supervisor de Emirates, pero entre vuelos construyó FranSweetsCo, un emprendimiento que lo terminó convirtiendo en una suerte de pequeño embajador de la pastelería argentina en Dubái.
La historia comenzó con una cuenta de Instagram llamada Alfajuencer, un juego de palabras entre alfajor e influencer. No había detrás una estrategia comercial. Era simplemente una forma de mostrar algo que para él era cotidiano pero que para la mayoría de sus compañeros extranjeros resultaba desconocido.
“Les hacía probar alfajores a personas que no sabían qué eran -cuenta a LA NACION- Eran compañeros de tripulación de distintas nacionalidades y los filmaba. Era un entretenimiento”. El cambio llegó durante la pandemia. En mayo de 2020, encerrado en Dubái, vio que los kiosqueros argentinos habían impulsado la Semana del Alfajor. Como en donde estaba no había, decidió hacerlos él mismo.
Después de varias pruebas y muchas tandas fallidas, apareció una señal inesperada. “Una amiga de un amigo me preguntó: ‘¿me vendés?’. No hubo plan de negocios, ni inversión, ni estudio de mercado. Hubo alguien que preguntó cuánto salía”, recuerda.
Comenzó ahí una evolución que también se reflejó en el nombre de la marca. Pasó a ser “Alfajores in Dubái”, un concepto práctico. Cuando sumó chipá, chocotorta, sándwiches de miga, yerba y otros productos argentinos, se transformó en FranSweetsCo.
El emprendimiento creció de manera gradual, condicionado por su actividad principal. “Cerca de la mitad de los clientes de cada mes ya me habían comprado antes. En una ciudad donde la gente rota cada dos o tres años, donde alguien que conocés hoy puede mudarse en septiembre, tener recompra es muy difícil”, señala.

El salto más importante llegó este año con el canal mayorista. Desde marzo vende a Macanudas Empanadas, el emprendimiento de Pachi Marino, otro argentino radicado en Dubái. “Que otro emprendedor argentino te compre para revender a sus clientes es una validación distinta. No te compra por nostalgia, te compra porque le cierra el número”, precisa.
Para Sala, Dubái tiene ventajas difíciles de encontrar en otros lugares. La primera es la previsibilidad económica: “Lo que ganás, queda. No hay una segunda cuenta mental. Para alguien que viene de Argentina es difícil de explicar”.
También destaca la velocidad administrativa y una cultura de consumo donde el comercio digital está incorporado. “Acá nadie te pide un local a la calle para confiar en vos. La gente le compra comida a un instagram sin pestañear”, grafica.
Pero el mercado también tiene desafíos. Los costos no se licúan y la regulación alimentaria es estricta. Además, hay un problema particular para los productos argentinos, la necesidad de educar al consumidor.
“El alfajor no se explica solo. No es una galleta, no es una cookie, no es un sándwich de dulce. Cuando alguien te pregunta qué es, ya tenés que empezar a venderlo antes de que lo pruebe”, sostiene.

Uno de los fenómenos que observa Sala es la construcción de una comunidad empresarial argentina en Dubái. “Esto no es una colonia de nostálgicos vendiéndose cosas entre ellos. Es un ecosistema. La necesidad no se crea con un producto, se crea con una cultura, y una cultura necesita masa crítica”, analiza.
El próximo desafío apunta a resolver uno de los problemas más difíciles para exportar sabores argentinos: la frescura. Por eso trabaja en un producto particular: medialunas parcialmente cocidas que el cliente termina en su casa. “La medialuna es probablemente lo más argentino que hay y lo más difícil de exportar, porque se muere. Una medialuna es gloriosa durante veinte minutos y después es otra cosa”, plantea.



