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El barrio que pasó de fábrica y conventillo a meca gastronómica y cultural

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Es tradicional y moderno porque en su dinámica cotidiana fue fusionando lo actual sin descuidar sus improntas históricas. Unas pocas menciones ya muestran la condición variopinta de Villa Crespo; solo hay que salir a pasear.

Evidencia ineludible es el Club Atlanta con sus encendidos colores amarillo y azul estampados en pintadas alusivas en frentes, esquinas, toldos y murales porque es el equipo barrial y sus hinchas esgrimen felices el apodo de “bohemios”, que no deviene de que los fundadores fueran checos, sino que alude a que durante décadas andaban errantes por carecer de sede y estadio propios.

Por otra parte, la demografía y las costumbres estuvieron influidas porque la metrópolis porteña fue receptora masiva de inmigrantes ultramarinos. En este vecindario quedaron para siempre sus testimonios, dado que fueron mano de obra barata y cercana –sin importar su lengua, creencia o nacionalidad– para poner en marcha la razón fundacional del barrio, la pionera e industrial Fábrica Nacional de Calzados, instalada en 1888.

Muchos trabajadores se alojaron, hacinados, en las casas de inquilinato. La más importante fue el Conventillo El Nacional, con entradas por las calles Serrano 156 y Thames 147, que llegó a albergar a 400 personas agolpadas en un centenar de habitaciones en condiciones insalubres. Lo conocemos aún como el “Conventillo de la Paloma”, nombre surgido de un personaje del famoso sainete homónimo del dramaturgo Alberto Vaccarezza, estrenado en 1929, que tuvo su versión en cine con Libertad Lamarque.

Aquí, en un pasillo central con habitaciones a ambos lados, convivían con errados gentilicios los tanos (para todos los italianos), los rusos (para cualquier judío ashkenazí), los gallegos (para los venidos de España) o los turcos (para varias etnias de ascendencia árabe). Era el ámbito de tertulias, bailes, amoríos, peleas y gestos solidarios atados a la pobreza. Una placa recuerda este complejo, donde vive aún un puñado de familias transitando disputas legales, mientras que la comuna lo considera Área de Protección Histórica.

En estas 300 manzanas villacrespenses fueron fuertes las colectividades judía y armenia, así como también la griega. Muestra de esto es el espléndido templo ortodoxo de Julián Álvarez 1030 dentro del Instituto Incorporado Colectividad Helénica, un colegio bicultural y laico, que solía recibir en los años 60 a Jorge Luis Borges y María Kodama, y allí disfrutaban de la música y de solemnes rituales, hábito entendible en razón de la conexión del gran escritor con la mitología y la filosofía de la antigua Grecia.

La avenida de los repuestos

Otro sello lo estampó una actividad comercial que siempre marchó sobre ruedas. Así como los porteños sabemos que la calle Libertad es para joyas y oro o Talcahuano para adquirir instrumentos musicales, decir “Warnes” es citar el universo de repuestos de automotores y todos sus derivados. Tanto es así que si lo que se busca comprar no está en esta ubicación y sus transversales, es que no existe. Los días hábiles hay un trajinar incesante de gente buscando servicios o piezas para los autos; en tanto que los domingos resulta deprimente el desierto de cortinas bajas y pésima arquitectura.

Como contrapartida están la más glamorosa avenida Córdoba (entre Scalabrini Ortiz y Juan B. Justo) y las calles Gurruchaga y Aguirre (entre otras aledañas) que se convirtieron en sinónimo de tiendas de ropa de buenas marcas bajo el concepto de “outlets” por tratarse de prendas en liquidación de temporadas anteriores o con alguna fallita y, lo más importante, por ofrecerse a un costo menor que en los shoppings que venden las mismas etiquetas. Ah, si es de cuero hay que recorrer la calle Murillo. En tanto que de noche la concurrencia forma largas filas para ingresar al principal estadio cerrado de la Ciudad de Buenos Aires, el Movistar Arena, con su entrada por Avenida Corrientes 6094, para disfrutar recitales de artistas y bandas argentinos e internacionales de alto nivel. Inaugurado a finales de 2019, puede acoger entre 11.500 y 15.000 espectadores, dependiendo de la disposición del escenario. Tecnología, confort y una estupenda visibilidad son garantía de intensas vivencias para los más de 2,3 millones de asistentes anuales, con una programación que implicó 250 eventos en 2025.

El gigantesco auditorio está emplazado dentro del vasto territorio del Club Atlético Atlanta, fundado en 1904, que compite en la Primera Nacional en su Estadio León Kolbowski, ubicado en Humboldt al 300, con capacidad para 18.000 espectadores. Detalle curioso: hay al menos tres versiones sobre el origen del nombre institucional. Una sostiene que se debe al nombre de un buque de guerra estadounidense atracado en el puerto durante los festejos por la asunción presidencial de Manuel Quintana.

Lo mismo ocurre con los colores de sus casacas: la historia oficial dice que se inspiraron en los tonos de los toldos que cubrían los comercios. Esa camiseta la lucieron jugadores famosos como “El Loco” Gatti y Luis Artime; en tanto que el rival tradicional es Chacarita Juniors, dado que el “funebrero” tenía su cancha muy cerca hasta que en 1930 se mudó a la localidad de San Martín.

Además de una veintena de disciplinas deportivas y actividades sociales y culturales, los más de 6000 socios disponen de una sede social, natatorios, espacios verdes, quinchos con parrillas, la tienda bohemia de merchandising, gimnasio, un salón de eventos… y el siempre muy concurrido y temático bodegón Los Bohemios (Humboldt 538), donde los platos son exquisitos, abundantes y muy argentinos, incluida la parrillada.

Arte en las veredas

En cualquier caminata por el territorio villacrespense, el arte urbano prolifera en todo muro que lo amerite. Una organización importante es el colectivo denominado Atlanta Popular, abocado a consolidar la estirpe bohemia pintando escudos y emblemas por todas partes y así consolidar el amarillo y el azul como el alma vecinal. Otro grupo es Matemurga, promotor del fresco de la vida popular villacrespense en Rojas y Luis Viale, pintado en 2009 y restaurado en 2013, que es casi un documental del pasado con el pintoresquismo barrial.

El despliegue pictórico y conceptual se da además con creadores de lujo. Así ocurre con Madre Tierra, en Castillo casi Uriarte, o los icónicos nueve gatitos con Karl Marx en Serrano al 900; ambas realizaciones de Ever Siempre (Nicolás Romero Escalada), relevante artista de trayectoria internacional.

Igualmente, encanta la armonía de color, perspectiva y paisaje de estilo griego plasmada en una casa de Juan Ramírez de Velasco al 600, creación de la polifacética maestra del street art, Solar Te. También resulta admirable el yaguareté en un entorno de vegetación selvática y flores rojas pintado sobre un portón de chapa en Serrano 1126, surgido de los pinceles de Iara Kaumann Madariaga, conocida como Iarakm, distinguida como pintora y escultora.

Espacio verde testimonial es el Patio Público John Malcolm (Gurruchaga 1074) que contiene murales, entre los cuales el más destacado es el homenaje a Martina Miranda, la joven víctima de un accidente de tránsito en 2016, manifiesto artístico conjunto entre la Fundación Pinta Argentina y la artista plástica Victoria Ferreyra. Está junto a un mosaico tipo rompecabezas con fotos aportadas por los vecinos que componen la imagen de la primera bandoneonista argentina: Paquita Bernardo. Fue feminista y murió en 1925 a los 25 años como consecuencia de una gripe. El diseño de La Flor de Villa Crespo es de Martín Ron, un top mundial.

En otro avatar de la cultura urbana, una pared convocante de los fans del trap es la fachada de la casa donde vivieron Duki, YSY A y Neo Pistea, en Antezana 247, a la cual los seguidores bautizaron como la “mansión del trap”. Es un lugar de culto, a pesar de que solo la habitaron ocho meses. La casa fue una base de operaciones, con un estudio y una sala de tatuajes en el sótano, y se hizo mítica porque Duki se tatuó las alas de un murciélago que luce bajo su ojo izquierdo.

El páramo campero y el prócer Salvador

Respecto a los límites barriales, podría simplificarse citando que si uno se para en la esquina donde se bifurcan Estado de Israel y Córdoba, la divisoria de la derecha es esta última en una longitud de 14 cuadras hasta llegar a las vías del Ferrocarril San Martín; mientras que la demarcatoria izquierda estaría dada por la continuidad del tránsito de las arterias Estado de Israel –Ángel Gallardo– San Martín hasta doblar a la derecha por Paysandú, continuando por Dorrego hasta la línea ferroviaria. Por lo tanto, sus vecinos son Chacarita, Palermo, Almagro, Caballito y La Paternal.

Hacia 1880, fue una zona de quintas y descampados con yuyales pampeanos de libre albedrío y matorrales de arbustos, atravesada por el “Arroyo la Maldonado” (femenino porque remitía a una épica protagonizada por una española). Era un andurrial donde convivían zorritos, cuises, ñandúes, caranchos, chimangos, coipos y lagartos entre bandadas de aves.

El futuro poblacional surgió merced a un argentino descendiente de franceses: Salvador Benedit Eyherabide. Es más: quizás el barrio debería llevar su nombre, por todo lo que hizo allí y porque vivió en la zona hasta su muerte en 1905. Estuvo en Bélgica perfeccionándose en la manufactura del cuero, ocasión que lo relacionó con Wattine & Cie, una firma de capitales británicos y belgas, con la cual selló en 1885 una sociedad para comprar tierras para instalar la Fábrica Nacional de Calzados. Se erigió entre las calles Padilla, Acevedo, Murillo y Gurruchaga, donde hoy se asientan tres elevadas torres de departamentos.

El intendente Antonio Crespo apadrinó el proyecto fabril, cuya piedra fundamental se colocó el 3 de junio de 1888 en Padilla 625. Un año más tarde, establecidas las áreas públicas (plaza, estación, seccional policial…), se lotearon los predios circundantes para las casas de los trabajadores, ubicación que los rematadores referían como “la villa de Crespo”, valorizando el apoyo del jefe municipal.

Con el correr de las décadas, este suburbio fue conformando un distrito de calles arboladas con casas de baja altura para uso domiciliario (muchas ocupadas por inmigrantes) o destinadas a pequeños comercios, cuyos negocios fueron perfilando el entorno de la Fábrica: almacenes de ramos generales, fondas, talleres metalúrgicos, mecánicos y textiles, casas de repuestos y accesorios de autos, curtiembres y locales de venta de prendas de cuero… Después vendría el ímpetu gastronómico y de indumentaria.

Estos pagos eran conocidos como San Bernardo, por el templo concluido en 1896 en Gurruchaga 171 por iniciativa de don Benedit, quien gestionó el terreno ante el Arzobispado y suministró los dineros para edificarlo. Podría haberse llamado San Crispín en alusión al patrono de los obreros del calzado; sin embargo, se decidió honrar al padre del impulsor, llamado Bernardo. La Parroquia San Bernardo Abad, construida por el arquitecto Nicolás Jacques, se mantiene impecable y es de una gran belleza. Allí se celebra cada 20 de agosto al santo patrono.

Detalle literario: el santuario fue llamado “la iglesia del Cristo de mano rota” por el destacado escritor, poeta y dramaturgo Leopoldo Marechal –que vivía en la calle Tres Arroyos 280– en su novela Adán Buenosaires. Villa Crespo fue parte de su inspiración y la referencia al Cristo la tomó de un relato popular que mencionaba la ausencia de una mano de la escultura del frontis.

Un arroyo encerrado y tan solo recuerdos

Un factor que le dio su fisonomía y cambió su geografía fue un curso de agua serrano serpenteante que perdió su vida al aire libre y sus puentecitos; las autoridades lo mandaron bajo tierra y su trayecto se hizo avenida. Claro, hablamos del Arroyo Maldonado (que tal vez podría ser hoy un bello paseo). Fue descuidado, contaminado, entubado con muchos tropiezos políticos, judiciales y gubernamentales y, una vez sepultado, su traza se convirtió en la Avenida Juan B. Justo, dejando en la memoria de muchos los desbordes acuáticos que incomunicaban una franja de la ciudad.

Por su parte, las vías del Ferrocarril San Martín siempre entorpecieron el tránsito, hasta que, hace poco, su trayecto fue elevado con un viaducto que incluyó la recuperación de la Estación Villa Crespo con arquitectura e instalaciones modernas.

Esencial fue una mole fabril de estilo inglés de unos 4.500 m², en Loyola y Darwin, dedicada a producir tejidos bajo el nombre de su gestor y propietario, Enrico Dell’Acqua, inmigrante italiano, quien recurrió a su coterráneo Francesco Tamburini para levantar su fábrica, la cual llegó a tener una treintena de sucursales (con sedes en Brasil, Chile, Uruguay y Perú) hasta su cierre total en 1933.

Mucho después, en 1989, fue el primer edificio manufacturero porteño reciclado para lofts y oficinas. Ahora denominado Complejo Darwin, tiene unos 11.000 m² de superficie cubierta. En ese año se desarrolló aquí la exposición de Arquitectura y Diseño organizada por Casa FOA. Cuenta con una calle y un parque internos techados, piscina climatizada, restaurante, estacionamiento y cancha de pádel. Entre sus ocupantes hay estudios de profesionales, artistas, chefs y productores audiovisuales.

Reliquia olvidada fue el “cine familiar” Villa Crespo, que funcionó desde 1910 hasta los años 70 en Corrientes 5535, cuando la avenida se llamaba Triunvirato, denominación que se cambió en 1936. Una antigua foto anunciaba un film con Maurice Chevalier y El precio de un beso, de 1930, sonoro, producido en Estados Unidos y rodado en español, que fue protagonizado por el célebre cantante y actor mexicano José Mojica y la bella actriz argentina Mona Maris (quien habría mantenido un romance secreto con Gardel).

Otros puntos clásicos

Otro hito vecinal es que en 1895 ya existía la antigua farmacia Del Águila, que tuvo su segundo y definitivo local en la esquina de Corrientes y Julián Álvarez desde 1914. El gallego Juan Manuel Domínguez fue el fundador y sus descendientes conservan la arquitectura, los vitrales, mostradores de cedro, caja registradora y balanza Berkel para que se pesen los clientes, así como envases de medicamentos de antaño. Una de las puertas tiene un vidrio biselado con la inscripción “Botica del Águila”.

Señera es asimismo la primera escuela de educación común, la Tomasa de la Quintana de Escalada, llamada así en honor de una patriota independentista, quien además fue suegra del general San Martín. Funciona desde 1888 en Corrientes 5332 y fue diseñada por el arquitecto italiano Carlo Morra, un especialista en edificios educativos de inspiración sarmientina.

Sobresaliente por su vigencia y su clientela multigeneracional, amén de “bar notable”, es el Café San Bernardo, en Av. Corrientes 5436, uno de los pocos sobrevivientes que funciona desde su apertura en 1912. Desde principios del siglo XX es un sitio de encuentro social y cultural del barrio. No solo están activas las partidas de dominó, truco o ajedrez, sino además las mesas de billar, pool y ping pong, más el hecho de que es un reducto de mucha gente joven que comparte el ámbito con la gente más adulta.

Otro de los recintos de antaño es Villa Malcolm, Club Social y Deportivo, fundado en 1928, con sede en avenida Córdoba al 5000 desde 1953 y que tomó su nombre del pionero escocés John Malcolm, dueño de una importante extensión en la zona, cuyos pobladores llamaban “Villa Malcolm”. El propósito inicial de la entidad fue juntar a la muchachada alrededor del fútbol y el celta les donó la indumentaria del equipo; pero un desgraciado episodio violento –80 años atrás– lo apartó de los torneos oficiales y se enfatizó lo social. Hay un buffet, canchas, un salón de fiestas y se dan clases de tango, vals, tela, cuerda, futsal femenino y masculino, taekwondo, patín artístico…

En Gurruchaga al 1000 atraen la arquitectura de la Parroquia Santa Clara de Asís, de estilo neoclásico, construida en 1945, y el Convento San José, que hace varios años dejó de funcionar como tal y fue remodelado para albergar locales comerciales, oficinas y un hotel boutique.

En cuanto a los monumentos, uno fundamental está en el cruce de Corrientes y Scalabrini Ortiz para honrar a uno de los vecinos ilustres, el pianista y compositor Osvaldo Pugliese, quien nació, se crió y vivió en Villa Crespo, en Av. Scalabrini Ortiz 350. La plazoleta tanguera expone figuras de aspecto caricaturesco dispuestas como si fueran una orquesta con sus instrumentos. Debajo hay un busto de bronce del músico, creado por la artista Paula Franzi.

Diversidad y buena cocina

La confluencia étnica y las fusiones criollas llegaron al presente con una exquisita secuela: una apreciable gastronomía para todos los gustos. En tal sentido, es reconocida la abundancia de sitios sociales, culturales y religiosos de judíos provenientes de Rusia, Ucrania y Polonia, así como de sefardíes; la memoria emotiva florece con la sabrosa cocina.

Fue así que el barrio se ganó el mote de “Villa Kreplaj”. Hay sitios para paladear knishes o sándwiches de pastrón o las burekas propias de la cocina sefardí y otomana (una especie de empanada de masa filo rellena de queso, espinaca y hasta berenjena), como ocurre en La Crespo o El Chiri de Villa Kreplaj.

Los armenios ofrecen hummus y babaganoush (puré de berenjenas), imperdibles para untar con pan árabe, además de falafel o lejmeyun, otro tipo de empanada. Solo es cuestión de tratar de conseguir mesa en los requeridos restaurantes Sarkis o Nani o hacer una experiencia de “cafeomancia” (la adivinación de la borra del café) en Querida Rosa.

Otra herencia de un inmigrante es la Focacceria Giuseppe Vicenti. Su fundador, Giuseppe Vicenti, oriundo de la Puglia, abrió el negocio en 1923 en avenida Ángel Gallardo. Desde entonces mantiene su clientela y sigue ofreciendo productos genuinos de Italia: sus deliciosas focaccias de corteza crujiente y suave interior, en un ambiente cargado de retratos familiares y música típica de la península.

Hablando de masa, a pocos metros, en la esquina, está la pizzería bandera: El Trébol 1969. El nombre, que implica buena suerte, proviene de una vieja agencia familiar de lotería que cambió de rubro e instaló un horno ya histórico. Se enorgullecen de la poderosa pizza con el nombre del local, pero también es imperdible la fugazzeta rellena de jamón, queso, cebolla y provolone gratinado. Un plus: la verdulería vecina, con un cartel de la misma plantita, lleva abierta más de 30 años e Ivana atiende recomendando lo mejor con mucha cordialidad.

Si las ganas apuntan a comida criolla de platos generosos, así como convoca Los Bohemios (pegado a la cancha futbolera), también cuesta conseguir mesa en El Bodegón de Benito Nazar (Antezana casi Olaya), donde las milanesas completas son inmensas mientras algunos vecinos gastan calorías jugando al ping pong o concurren a la biblioteca del club fundado en 1927 o toman clases.

Tanto creció el catálogo de opciones para los foodies que aumentó el número de sitios sugeridos por la Guía Michelin y ya hay dos restaurantes con estrella: Han, en Vera 966, y Trescha, en Murillo 725. Estos reconocimientos ubican a Villa Crespo en el tercer puesto por cantidad de distinciones otorgadas por el reputado símbolo culinario.

La lista de propuestas culinarias es extensa, multiétnica y variadísima, con menús tentadores, incluso con alternativas como ocurre en el Mercat Villa Crespo (Thames 747) con fuerte tendencia asiática (china, coreana, japonesa), aunque también incluye una opción judía, como Moisha Bakery, de panadería y pastelería tradicional.

Al fin de cuentas, el escudo barrial resulta una acertada síntesis del acontecer cotidiano al contener entre sus elementos las palabras Convivencia, Integración y Solidaridad y utilizar el lema “Villa Crespo, crisol de culturas”.

Qué visitar en Villa Crespo

Benito Nazar

Antezana 340. 7103-1111. @elbodegondebenitonazar

Está dentro del club del mismo nombre, donde la gente realiza varias actividades y hay mesas de ping pong, una biblioteca y hasta un servicio de salud. La comida desborda los platos y los precios son económicos, incluidas ofertas de comida para llevar incomparables.

Pizzería El trébol 1969

Av. Ángel Gallardo 3. 4854-3751. @eltrebol1969

Todos los días están todos los diarios de papel para leer tranquilo y desayunar o tomar un café. Lo excelente, claro, son las pizzas y las empanadas de carne cortada a cuchillo. Está consagrada como una de las “pizzerías emblemáticas” de la ciudad. Martes a domingo de 8 a 24.

San Bernardo Abad

Gurruchaga 165. 6000-9994. @sanbernardoabadok

Forma parte de la historia porque Salvador Benedit (casi “fundador” del barrio) la mandó a construir con los planos del arquitecto Nicolás Jacques. Todos los días hay misa a las 19:30.

Café San Bernardo

Av. Corrientes 5436. 4855-3956. @cafesanbernardo

Bar Notable de Buenos Aires, con gente joven y mayores, muchos tentados por la posibilidad de jugar: pool, truco, billar, dados, metegol… De lunes a viernes está abierto de 10 a 3.30, los sábados de 8 a 3.30 de la madrugada y los domingos de 18 a 2.

Los Bohemios

Humboldt 538. 6361-3810. @losbohemios.restaurante

Un sitio obligado para todo hincha de Atlanta. Las estrellas de la casa son la entraña con papas bravas, los ravioles de osobuco y la milanesa Napoleón. Todos los días de 12 a 16 y de 20 a 24, excepto los lunes, cuando no hay almuerzo. También hay servicio take away.

El Chiri de Villa Kreplaj

Juan Ramírez de Velasco 701. 4800-3746. @elchiridvk

Comida tradicional judía de alto nivel y “con toques mágicos”, asegura El Chiri (Juan Pablo Gorbán), propietario y cocinero. Exquisito el pastrón casero con fárfalaj, pepinos caseros y cebolla caramelizada. Todos los días de 9 a 24.

La Crespo

Vera 1001. 4856-9770. @lacrespodeli

Comidas judías y neoyorquinas con estilo porteño, con su famoso sándwich de pastrami y sus knishes, goulash, latkes y guefilte fish, entre los menús más pedidos. Atienden de lunes a miércoles de 11.30 a 20, jueves de 11.30 a 23.30, viernes y sábados de 11 a 23.30 y domingos de 11 a 23.

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