Quizás sea uno de los hechos menos conocidos de la Segunda Guerra Mundial. La llamada Guerra del wolframio se libró en silencio, en un país supuestamente neutral y supuso menos tiros que despliegue de espías, presiones diplomáticas y estrategias económicas. No fue una guerra por el control del territorio, sino por el control de un material: el wolframio, mineral que permitía endurecer el armamento, los tanques, las balas, y hacerlos más resistentes y mortíferos. La Alemania nazi controlaba ese recurso; los Aliados querían que dejara de hacerlo.
Uno de los puntos más activos de este singular combate estuvo en un rincón de Galicia, en la región de Casaio, ubicada a unos 1200 metros de altura (al sur de los más conocidos, al menos por los argentinos, circuitos del Camino de Santiago). Se trata de la Mina de Valborraz, llamada “la ciudad de los alemanes” por quienes habitaban la región en los años 40: un imponente complejo dedicado a la explotación del wolframio, gestionado por Alemania con el aval de Francisco Franco (que gobernaba España con mano de hierro tras el fin de la Guerra Civil, en 1939). Reliquia patrimonial desde varios puntos de vista, hoy el complejo de Valborraz, instalado en una zona que viene padeciendo sucesivos incendios forestales, corre severo riesgo de perderse.
Es por eso que un grupo de historiadores, arqueólogos y antropólogos españoles nucleados en la asociación científica Sputnik Labrego lanzó a fines del año pasado la campaña Recuperemos Valborraz!, destinada a sumar esfuerzos para preservar un espacio patrimonial que excede a la antigua mina. En parte porque en sus proximidades se extiende el Teixedal, un bosque de tejos centenarios que es en sí mismo patrimonio natural de la zona. Y, además, porque en las cercanías de la mina hay otro enclave histórico: los vestigios de la Ciudad de la selva, un campamento creado por guerrilleros antifranquistas que, protegidos por lo escarpado y tupido de los montes de la región, se habían asentado allí y cada tanto incursionaban en los alrededores de Valborraz, cada tanto confrontaban con las fuerzas franquistas y -dice la leyenda- cada tanto hacían ondear la bandera de la derrotada Segunda República por entre la abigarrada geografía de Casaio.
Entre los alemanes que dirigían la mina, los guardias civiles que imponían las duras condiciones del franquismo y los guerrilleros de la Ciudad de la selva, los habitantes de Casaio intentaban seguir su vida. Eran familias dedicadas desde hacía siglos a la vida rural, cuya existencia se vio alterada por la guerra y por una suerte de brutal proceso modernizador ligado a las infraestructuras y modalidades de trabajo de la mina “alemana”.
Violencias superpuestas
“En Valborraz hubo un escenario de guerra. Y esto metido dentro de otra guerra, que era la guerra de guerrillas. Se generó una situación de muchísima violencia, de muchísimos procesos que estamos intentando estudiar arqueológicamente”, describe Carlos Tejerizo, investigador en el departamento de Historia medieval, moderna y contemporánea de la Universidad de Salamanca, y coordinador de la Asociación Sputnik Labrego (junto con Alejandro Rodríguez Gutiérrez, Tejerizo realizó el documental Ciudad de la selva. Fuxidos e guerrilleros en los montes de Casaio, hoy disponible en el Museo de la Emigración Gallega en la Argentina Francisco “Paco” Lores).
“La idea de Sputnik Labrego era analizar desde la historia, la arqueología y la antropología la larga historia de las sociedades campesinas –se explaya Tejerizo, vía Zoom-. Nos parecía interesante hacerlo en Galicia, y ver cómo las sociedades rurales se fueron adaptando a los cambios bruscos de la historia a través del tiempo. Uno de los casos específicos era el estudio del impacto que tuvo la guerrilla antifranquista en el campesinado. Para eso, el caso de la Ciudad de la Selva y Casaio era especialmente sugerente. Pero no se podía entender el desarrollo de la guerrilla sin abordar el desarrollo de esa guerra invisible que fue la Guerra del wolframio”. El proyecto, nacido alrededor de 2017, se fue expandiendo y consolidando hasta el día de hoy.
Cuenta Tejerizo que, en el inicio de la investigación, su objetivo no era Valborraz, sino los restos de “chozos” (espacios construidos con piedras por pastores y campesinos, y luego replicados por los guerrilleros de la Ciudad de la selva) que, ocultos entre la vegetación del monte, guardaban información sobre la resistencia antifranquista. Pronto descubrieron que, para un equipo de urbanitas, llegar a esos lugares a través de pasos difíciles y en condiciones más bien inhóspitas, no iba a ser tarea fácil.
“Nuestro interlocutor allí, Fernando Francisco Fernández, nos dijo que a lo mejor era más factible ver primero la mina”, rememora el historiador.



Cuando los investigadores llegaron a las ruinas de Valborraz quedaron impactados. Había allí una enorme fuente de materiales de investigación que, además, complejizaba el enfoque inicial: ya no se trataba solamente del impacto de la violencia y la guerra en las comunidades rurales, sino también del impacto del proceso industrializador que significaba la extracción del wolframio.
“Cada vez que íbamos era una sorpresa nueva, se iba abriendo un mundo desconocido; ese fue uno de los aspectos que nos llamaron a continuar con la investigación –relata el historiador-. No teníamos conocimiento de lo que este complejo implicaba a nivel de arqueología, a nivel de impacto en el paisaje… lo fuimos descubriendo yendo allí y viéndolo de primera mano”.
Valborraz no fue el único complejo dedicado a la explotación del wolframio en la región, pero sí fue el más imponente y el que más modificó el entorno. Tejerizo cuenta que, actualmente, queda en pie una veintena de edificios y estructuras, pero los investigadores calculan que originalmente podrían haber sido el doble o más. Su mayor actividad se produjo entre 1943 y 1944, momento en el cual esas enormes instalaciones llegaron a albergar a unas 1000 personas. “Es algo que llama la atención –explica Tejerizo- porque era una población superior a la de Casaio en esa época, que debía estar en las 400 o 500 personas como mucho”.
El impacto de la mina de wolframio fue enorme. Los técnicos alemanes desmontaron una montaña que hasta ese momento solo había estado ocupada por pastizales y animales de pastoreo. “Podríamos estar hablando de más de una hectárea, o incluso dos, llenas de edificios, estructuras, maquinarias, vagones. Hemos llegado a documentar más de una veintena de galerías excavadas en la montaña para la extracción del wolframio. Además, había materiales que hasta ese momento nunca se habían visto o no eran habituales en la zona: el ladrillo, el cemento. Hay que entenderlo en el contexto del rural gallego montañoso de los años 30. A efectos del crecimiento de Valborraz se construye la primera carretera. Aparecen coches donde nunca se los había visto”.
¿Quiénes trabajaban en Valborraz? “Gente de las comunidades rurales cercanas –explica Tejerizo-, que no había visto un salario en toda su vida. Hubo un cambio en la estructura mental de esas poblaciones: dejan la vida rural, sus casas de dos plantas, con su ganado, su cocina, y pasan vivir en la mina, en espacios reducidos, con esquemas laborales semanales. El otro grupo que también trabajaba en la mina era el de los prisioneros del franquismo utilizados como mano de obra esclava; estaban dentro de lo se llamó ‘destacamento penal’, un sistema de redención de penas”. Tejerizo señala un detalle: el primer lugar donde hubo electricidad en la región fue Valborraz, 30 o 40 años antes de que llegara a los pueblos cercanos. “La ironía es que los presos del destacamento penal tuvieron electricidad y agua caliente mucho antes que los habitantes de Casaio”, remarca.
La guerra y la modernidad venían de la mano. Así como el riesgo de quedar atrapados entre dos fuegos: las comunidades rurales terminaban sufriendo las consecuencias de las tensiones propias de la Segunda Guerra (encarnadas en la apropiación del wolframio) y de los enfrentamientos entre el poder estatal y la guerrilla.
En este sentido, ¿a cuánto llegó a ascender la población de la Ciudad de la selva? “Pensamos que normalmente serían unos 50 guerrilleros –comenta el historiador-, provenientes de distintas zonas de España. La Ciudad de la selva era zona liberada; ahí no entraba el ejército enemigo, y la gente que la habitaba estaba profundamente ideologizada. Podían dar cobijo a las guerrillas de toda la comarca; por eso pensamos que en los momentos en que se hicieron reuniones o congresos guerrilleros pudo haber albergado unas 150, incluso 200 personas”.
Tejerizo asegura que la Federación de guerrillas de León-Galicia (tal el nombre oficial de los habitantes de la Ciudad de la selva) fue “una de las primeras guerrillas antifascistas de Europa, anterior incluso al maquis francés”. Y agrega el dato más llamativo: durante el desarrollo de la Guerra del wolframio hubo un importante intercambio entre esos guerrilleros y el espionaje británico “a través de redes de información que, entendemos, también les proveían recursos, armas, comida”.
En esta historia destaca un personaje, el ingeniero escocés Alexander Easton, vinculado a la inteligencia británica. Easton –apodado “el inglés” por los lugareños- se instaló en la región junto a su mujer y construyó un sólido vínculo con los guerrilleros. Easton les brindaba refugio o atención médica cuando lo necesitaban, les dio radios para que pudieran oír las emisiones clandestinas de La Pirenaica y les facilitó la multicopista donde se imprimieron varios números de El guerrillero, el periódico de la resistencia armada.
No es fácil la reconstrucción de todo este entramado. Además de apelar a la memoria de quienes la vivieron de pequeños (personas que hoy tienen entre 80 y 90 años), los investigadores de Sputnik Labrego vienen realizando metódicas campañas arqueológicas en primavera y verano, dado que el invierno en la región es extremadamente duro. Aun con buen tiempo, el trabajo en los vestigios de la Ciudad de la selva es arduo: alturas, cerros escarpados, vegetación abigarrada. Así y todo, los científicos llegaron a una conclusión: los derroteros de la Guerra del wolframio resultaron ser, en cierto modo, inseparables de la historia de La ciudad de la selva.
La mina alemana cesó con la producción de wolframio en 1945. La Ciudad de la selva encontró su fin un año después, entrampada entre las disidencias internas y una expectativa que nunca se cumplió: los guerrilleros apostaban a resistir hasta que se consumara la victoria de los Aliados, convencidos de que las potencias democráticas derrocarían a la dictadura franquista. Esto último jamás ocurrió, y en 1946 la Federación de guerrillas de León-Galicia, ya muy debilitada, sufrió dos ataques de la Guardia Civil que fueron su golpe de gracia. En el valle As Morteiras, los investigadores pudieron reconstruir la que fue la última cena de los últimos habitantes de la Ciudad de la selva: un guiso de cordero.
En una extensión de no más de 15 kilómetros cuadrados –que abarca la mina, el bosque de tejos, las comunidades rurales, el monte donde se ocultaban los guerrilleros- se concentró algo así como un núcleo duro de la historia del siglo XX (o, en todo caso, de ciertas tensiones propias de la Segunda Guerra Mundial). De allí el interés de la reconstrucción histórica y la urgencia con que los investigadores reclaman mayores medidas de protección. “Ahora mismo Valborraz está catalogada como yacimiento arqueológico, como espacio patrimonial, y tiene un mínimo grado de protección –explica Tejerizo-. Nuestra intención es que se declare Bien de interés cultural, una figura de protección más amplia”. Y agrega, tanto en relación a los estragos provocados por los incendios como a la falta de recursos para rehabilitar los sitios históricos: “Hemos sido los primeros en trabajar en este espacio. El problema es que está desapareciendo delante de nuestros ojos”.


