“Desde chico, cuando iba a los controles con mi pediatra, me llamaba mucho la atención la forma en que me examinaba, cómo observaba cada detalle y trataba de entender qué me pasaba. En ese momento quizás no sabía que aquello iba a marcar mi futuro, pero esa curiosidad quedó en mí. En mi familia no había ningún médico y muchas veces me decían que Medicina era una carrera muy larga, exigente y difícil. Pero las ganas y la vocación fueron más fuertes”.
Cuando llegó la hora de definir su destino, Ezequiel Ferreira sintió la certeza íntima de que ese era el camino que debía recorrer e inició sus estudios en la Facultad de Medicina de la Fundación Barceló con la convicción intacta. Con el correr de los años y el contacto humano, comprendió la raíz profunda de esa vocación: más allá del rigor científico, lo que verdaderamente encendía su pasión era la posibilidad de tender una mano, sostener a los pacientes en sus horas más vulnerables y marcar una diferencia real en sus vidas, encontrando allí el sentido auténtico y transformador de su profesión.
“La carrera no solo me enseñó medicina, también aprendí a gestionar la incertidumbre, a trabajar bajo presión y desarrollar aún más la empatía. No es un camino fácil y exige renunciar a muchas cosas -como no salir los fines de semana-, pero la satisfacción de ver el impacto en los pacientes hace que cada minuto de estudio haya valido la pena”, dice.

El año 2009 marcó un antes y un después en su vida al cerrar su etapa universitaria, una fecha que Ezequiel guarda grabada a fuego en el corazón. Aquel examen final de cirugía, rendido entre los pasillos cargados de historia del Hospital Tornú, condensó un torbellino de nervios a flor de piel y la alegría desbordante de coronar tantos años de desvelos y entrega, convirtiéndose en el broche de oro soñado para su carrera. Con esa misma pasión intacta, dio el siguiente paso y se inclinó por la medicina del trabajo, la medicina legal y la cirugía capilar; áreas que, lejos de cualquier atajo, le exigieron un riguroso dominio teórico y una práctica minuciosa, forjando en él al profesional comprometido, sensible y cercano que siempre soñó ser.
Una emergencia médica extrema
En 2023, la llegada de una propuesta laboral abrió la puerta a un cambio de vida trascendental: junto a su esposa y sus dos hijos, Ezequiel tomó la decisión de radicarse en Barcelona para dar inicio a una nueva aventura familiar. Lejos de apagar su vocación, ejercer la medicina en suelo catalán resultó una experiencia profundamente gratificante, reencontrándose día a día con la misma pasión de entrega y servicio que siempre lo había guiado en Buenos Aires.

Sin embargo, cuando el horizonte parecía despejado y lleno de proyectos, la vida le puso un freno intempestivo que lo cambió todo para siempre. El 23 de noviembre de 2025, sufrió un infarto en la arteria femoral derecha; una emergencia médica extrema en la que su vida pendió de un hilo y existió un riesgo inminente de perder la pierna. Gracias al trabajo contrarreloj de los profesionales que lo atendieron, logró sortear ese primer abismo, aunque por entonces nadie sospechaba que aquel colapso vascular no era un hecho aislado, sino la primera manifestación silenciosa de un Linfoma de Hodgkin que había alterado sus factores de coagulación. Apenas un mes más tarde, el cuerpo terminó de dar la voz de alarma con la llegada de los síntomas típicos: fiebres persistentes, sudoración nocturna, un descenso abrupto de peso y un ganglio visible e indoloro en el cuello que obligó a mirar de frente una realidad mucho más compleja.
Semanas de mucha incertidumbre
Ante la aparición de esas señales de alarma, Ezequiel acudió de inmediato al hospital y quedó internado para someterse a una batería exhaustiva de estudios y programar la biopsia quirúrgica del ganglio. Fueron semanas de profunda incertidumbre y espera contenida hasta que, exactamente 45 días después de los primeros síntomas, la sospecha tuvo finalmente nombre y apellido: Linfoma de Hodgkin en estadio IV.
– Al ser médico…. ¿Tenías información sobre la enfermedad? ¿Te jugó a favor o en contra?
– Me jugó en ambos sentidos. A favor porque el conocimiento te da sensación de control; entendés la lógica del tratamiento, confías en la ciencia y sabes qué esperar de cada etapa.
Me jugó en contra, porque la mente del médico no descansa. Conoces los libros, las estadísticas; los tratamientos y las complicaciones más raras, por lo que el miedo a veces se racionaliza y se vuelve más frío. Hubo momentos donde tuve que hacer un esfuerzo para apagar al médico que llevaba dentro y dejarme cuidar por todo el equipo como paciente.
– ¿Cómo fue pasar de médico a paciente?
– Fue un gran cambio. Pasar de médico a paciente te saca la coraza. Te das cuenta de que la enfermedad no distingue títulos y que estar del otro implica sentir el mismo miedo, la misma incertidumbre y necesidad de contención que cualquier persona.
Vivir la medicina desde la camilla te enseña cosas que no están en ningún libro de Medicina. Para mí, la enfermedad fue una lección dura pero valiosa ya que me enseñó a valorar mucho más el impacto de una palabra de aliento, una mirada de empatía o una explicación clara por parte del equipo médico.

“Protegí mis pensamientos para no darle lugar al desánimo”
El esquema médico consistió en 12 quimioterapias con el protocolo N-AVD administradas cada 15 días. Es un tratamiento muy exigente, ya que ese ritmo continuo casi no da margen de descanso entre sesión y sesión. Sin embargo, para Ezequiel cada una de esas doce fechas no era una carga, sino cien metros menos para cruzar la meta.
“Afronté el tratamiento tal como preparaba mis maratones de 42 kilómetros, apoyado en tres pilares que fueron mi brújula y mi sostén. Primero, la disciplina física: cuidé mi nutrición y jamás dejé de moverme, adaptando la actividad al cuerpo y al momento. Segundo, el cuidado emocional: protegí mis pensamientos para no darle lugar al desánimo y elegí rodearme únicamente de afectos que me regalaran paz y luz. Y tercero, lo espiritual: la oración fue mi refugio esencial para renovar las fuerzas cuando el cansancio pesaba, ese impulso del alma que me dio la templanza para no bajar los brazos y seguir corriendo hasta el final”, se emociona.
Tocar la campana de la sala de oncología —ese rito entrañable que anuncia a viva voz el fin del tratamiento de quimioterapia— se convirtió en uno de los momentos más hermosos, luminosos e intensos de su vida. En ese movimiento no solo resonaba el final de una travesía larguísima y extenuante, sino también el triunfo compartido de la fe, la constancia diaria y el abrazo incondicional de cada profesional de la salud que lo cuidó en el camino. Aquella campana fue un himno a la victoria, un grito de libertad y el agradecimiento más hondo y sentido a la vida por esta nueva oportunidad.

– ¿Por qué tomaste la decisión de transformar tu experiencia como sobreviviente y médico en un propósito de divulgación sobre el cáncer?
– Al principio yo ya tenía mi cuenta de Instagram, donde compartía consejos generales de salud. Pero cuando decidí abrir mi corazón y empezar a contar mi experiencia con el cáncer, la respuesta fue inmediata e impactante: los videos se hicieron virales y la comunidad creció rápidamente de 3.000 a más de 35.000 personas.

Esa repercusión me hizo entender que la gente no solo busca información técnica; necesita empatía, esperanza y a alguien que entienda exactamente por lo que están pasando. Me llegan mensajes a diario de pacientes y familiares que me dicen que mis palabras les dan fuerzas para enfrentar su propia quimio o sus diagnósticos, y ahí supe que este era el verdadero propósito de mi vida.

¿Qué significa para vos ser voluntario de la Asociación Civil Linfomas Argentina?
La Asociación Civil Linfomas Argentina cumple un rol fundamental en la contención, la información y la concientización sobre esta enfermedad. Como voluntario, aportar desde mi doble mirada —como médico y como sobreviviente — me permite tender puentes reales con la gente. Es un honor enorme.

El 17 de julio Ezequiel completó la última sesión de quimioterapia y el estudio del 11 de agosto trajo noticias sumamente esperanzadoras: no se detectaron células activas y desaparecieron por completo las masas ganglionares por encima y por debajo del diafragma, así como las lesiones en el hígado y en el pulmón. Hoy transita una etapa de seguimiento cercano y riguroso. Ante la presencia de unos ganglios milimétricos en la ingle, su oncóloga optó por la cautela antes de decretar la remisión completa, a la espera de un nuevo control en noviembre. Ezequiel abraza esta pausa con serenidad y una fe inquebrantable, convencido de que ver su cuerpo limpio de la enfermedad es la señal más clara de que avanza con paso firme hacia la recuperación definitiva.
Radicado en Barcelona y bajo la supervisión médica del Hospital Clínic, dio recientemente el paso de reincorporarse a su actividad laboral, consciente de que retomar la rutina y reconectar con su profesión resulta indispensable para su bienestar integral y anímico.

“De la enfermedad aprendí a estar presente. A veces vivimos tan acelerados que nos olvidamos de disfrutar de la familia, de los afectos o del simple placer de un café tranquilo. El cáncer me enseñó a no dar por sentado el tiempo ni los pequeños detalles de la vida cotidiana. La enfermedad te frena de golpe y te enseña a habitar el hoy”.
Y para quienes se encuentran recibiendo un diagnóstico similar al suyo, Ezequiel es claro: “Ponete el chip de la recuperación desde el primer día: alimentate bien, movete aunque sea un poco y buscá momentos de paz. Se puede atravesar este desierto y salir fortalecido, renovado y con un propósito de vida hermoso del otro lado. No aflojes”.


