“Sé que en estas semanas la vida de los demás siguió, pero la mía se pausó”, escribía Fátima Heinrich en su diario íntimo a fines de 2024, cuando le diagnosticaron neoplasia basaloide, un tipo de cáncer que representa menos del 1% de los tumores de pulmón a nivel mundial.
La baja incidencia del nódulo que le detectaron hizo que el procedimiento para erradicarlo/tratarlo se volviera tedioso. Personal de salud desorientado, una familia aterrada y un cuerpo a merced de la incertidumbre médica: así transcurrieron las primeras semanas de su enfermedad.
El cataclismo había comenzado en noviembre, cuando una Fátima de 19 años preparaba finales para la facultad y hacía planes para irse de vacaciones con sus amigas. “Empecé a sentir un dolor muy agudo cerca del omóplato. No podía ni describirlo”, recuerda. En un principio no le preocupó, pensaba que podía ser consecuencia de haber entrenado en el gimnasio o de un mal movimiento. Pero los días pasaban y la molestia persistía.
Acompañada por su mamá y su hermana, fue a hacerse una tomografía cuyos resultados, a primera vista, no manifestaban la presencia de algo extraño. Igualmente, debían aguardar a que llegara el informe firmado por el médico. A los días, recuerda, empezó a recibir una catarata de llamados. Cuando pudo atender, escuchó a su médico enunciar las seis palabras que marcarían un giro radical en su vida: “Tenés un nódulo en el pulmón”.

“Se me congeló la vida”, “entré en un limbo de disociación”, son dos frases que repite cuando se retrotrae a ese instante. Las consultas multidisciplinarias empezaron a ocupar de lleno su día a día. Las vacaciones con amigas dejaron de ser prioridad para dar lugar a estudios, salas de espera de hospital y quirófanos.
Para enero de 2025 ya habían extirpado el nódulo. Aunque eso no significó que no se sometería a más operaciones: dada la rareza del tumor, su cuerpo sería tocado por instrumentos quirúrgicos unas siete veces en total.
Con una enfermedad poco frecuente, se enfrentó a un laberinto difícil de salir
Abril traía consigo otra travesía: la quimioterapia. “Le tenía mucho miedo. Lloraba con mi hermana porque me negaba a imaginarme cambiada físicamente”, cuenta. Clichés como los que se muestran en películas, series y libros sobre pacientes en tratamiento por cáncer no ayudaban: vómitos, náuseas, hinchazón total del cuerpo, caída del pelo y, en casos, la reaparición del tumor. “Muestran todo como un drama y es muy desesperanzador”.
El hospital, su nueva casa
Pasó meses enteros viviendo en el hospital. Era su nueva casa, conocía a todo el personal de la planta y su familia y amigas pasaron a ser habitués en ese entorno. “Mi familia no me dejaba un segundo sola, pero al final del día ellos tenían la posibilidad de volver a casa, en cambio, yo no: solo me movía de un cuarto de internación a otro”.
Ahí encontró una aliada terapéutica: la escritura. Registraba en un cuaderno todo aquello que no podía verbalizar con sus seres queridos. Poesías, reflexiones, cuentos en los que le ponía nombre al tumor y párrafos que detallaban su internación. El talento nato y la facilidad con la que fluían las palabras eran algo totalmente nuevo. No recuerda disfrutar de escribir ni sentirse capaz de hacerlo cuando era más chica. “Aprendí que el tiempo deforma cuando hay miedo: hay días eternos y meses que desaparecen. Aprendí que, a veces, la vida te pide frenar justo cuando vos querés correr”, escribió en una de esas páginas.

Ese miedo por contar lo que tenía fue cediendo. Las múltiples operaciones y la quimioterapia “la curtieron”. “Mis amigas venían todos los días a verme y yo hacía un esfuerzo sobrehumano −por el efecto de la medicación y el tratamiento− para hablar con ellas. Ese ratito en el que me contaban algo que pasó en una fiesta el fin de semana me hacía salir mentalmente del hospital”, reconoce.
Marina, su hermana, fue una pieza fundamental del proceso: “Me apoyé mucho en ella. Le agarraba la mano y sabía que, aunque fueran segundos, estaba a salvo”.
Inesperadamente apareció otro sostén: las redes sociales. Ahí Fátima empezó a subir videos mostrando los altibajos típicos por los que pasa un paciente en tratamiento, solo que en su caso añadía una cuota de humor. De repente, las visualizaciones y la cantidad de seguidores comenzaron a aumentar. El feedback se masificó y, sin buscarlo inicialmente, la joven tenía consigo una comunidad de seguidores pendiente de lo que subía.
Más de 1,5 millones de likes en su cuenta de TikTok ponen de manifiesto el fenómeno. Sin tener en cuenta los cientos de comentarios en las publicaciones en donde recibe mensajes de aliento, empatía y en los que sus seguidores están atentos a cada paso que da: “¿Cómo te fue en el control?”, “¡Feliz año Fátima! Vamosss linda mucha fuerza”, “Quiero videos de cuando estés en Brasil en la playa”, son algunos de los mensajes que le dejan.
@fatimaheinrich jajajajaj yo estaba muy bien. @Margarita 🌼
La creación de contenido nunca fue cuestionada, ni por su familia ni por el equipo médico que la trataba. “Todos se sorprendían con la repercusión que tenían los videos y, además, me veían contenta cuando lo hacía”, dice.
Comenzó con lip syncs y challenges, pero los posteos fueron mutando. “Ahora tomé conciencia de lo grande que es esta red de apoyo y expongo más en profundidad cómo me siento o lo que me pasa porque sé que puede ser esperanzador para alguien que me sigue y la está pasando mal”.
Hoy, a un año y medio del diagnóstico y ya con el alta médica, Fátima vuelve a tener libertad. Ve la vida con otra perspectiva: “Agradezco cosas que antes daba por sentado. Soy muy distinta, antes caminaba por la calle y miraba al piso, en cambio, ahora camino y registro todo lo que hay a mi alrededor”.
Dice que cada noche antes de acostarse se acuerda del ruido de la campana, aquella que marcó el final de la quimioterapia. Retomó el estudio, las fiestas, las clases de teatro y escribe un libro en el que contará su historia. “A mí el cáncer me cambió la vida, pero por suerte”, finaliza.



