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Es la docencia

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Cada vez que en la Argentina discutimos educación, nos detenemos en temas importantes como la falta de inversión o su ineficiencia, la comprensión lectora o matemática, la infraestructura o la tecnología, entre tantos otros, pero omitimos profundizar en lo esencial: la docencia y cómo lograr enseñar mejor en el aula. Es, en buena medida, poner el carro delante de los caballos.

Diversos trabajos internacionales establecen que no habrá mejora educativa si quienes enseñan y viven desde la escuela los temas importantes antes enunciados están mal pagos, mal respaldados, mal formados y maltratados. Un estudio reciente del Cippec (“El corazón del sistema educativo”, 2025) indica que los docentes hoy cobran menos que hace 20 años. ¿Puede ser esto posible en un país que necesita desesperadamente mejorar su educación? Para sumar perturbaciones, dos estudios del exterior ubican a la Argentina en los últimos lugares de países evaluados en aspectos que hacen a la docencia: el Global Teacher Status Index, que mide cómo una sociedad valora y respeta a los maestros, nos coloca en el puesto 31 entre 35 naciones analizadas, y el Education GPS (de la OCDE), que evalúa el clima disciplinario en la escuela, nos ubica en el último lugar, el puesto 80, entre 80 países participantes. Las consecuencias de ambos estudios impactan de lleno en el trabajo docente y en su salud física y psíquica. Los docentes transmiten estas penurias dejando claro su desesperación: el informe de Educación Debate, enero 2026, sobre hechos de violencia de familiares y alumnos contra maestros, y los testimonios 2026 de la Red Federal de Docentes, Educar 2050 –con más de 3500 docentes de las 24 jurisdicciones–, dejan claro el sentimiento de una profesión “denigrada” y riesgosa.

En la Argentina no les damos prioridad y les exigimos cada vez más a quienes reconocemos cada vez menos

Todo esto muestra una situación delicada y un error estratégico: la docencia no es un tema más de la agenda educativa, es la condición de posibilidad de cualquier mejora y, sin embargo, en la Argentina no les damos prioridad y les exigimos cada vez más a quienes reconocemos cada vez menos. El influyente informe de McKinsey sobre qué hacer para mejorar los sistemas educativos del mundo lo sintetizó, hace unos años, en una frase que sigue vigente: “La calidad de un sistema educativo no puede exceder la calidad de sus docentes”. Desde entonces, la Unesco, el BID, la OCDE y el Banco Mundial, entre otros, insisten en la misma dirección: “Ningún sistema mejora de manera sostenida si no convierte a la docencia en el centro de su estrategia”. Por eso preocupa que en la Argentina no sea esta la prioridad absoluta. Es en la docencia donde está la fuerza necesaria para la mejora (los “caballos” que llevan adelante el “carro” educativo). Y esta prioridad encuentra un patrón común en la siguiente doctrina: crear condiciones para atraer mejores candidatos a docentes, formarlos en la excelencia, acompañarlos durante toda su carrera, pagarles bien e incentivarlos, y devolverles autoridad y prestigio (a quienes se esmeran en tal sentido) y fortalecer a quienes de ellos llegan a ser directivos, como “líderes pedagógicos”.

Este escenario exige, por supuesto, mayor y mejor inversión, pero, especialmente, requiere de decisión política y sentido de la urgencia (ya que a la grave situación descripta se suma el desafío dantesco de la irrupción de la IA, que obliga ya a capacitar a todos los maestros para formar a estudiantes en esta herramienta y educar a pensar de manera distinta). En definitiva, es imprescindible priorizar la construcción de una política integral de la profesión docente. La buena educación requiere de mejor presupuesto, planes, tecnología o gestión; son factores necesarios pero no suficientes. Por eso debe estar clara la prioridad: es la docencia.

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