Un tema siempre explosivo en la Argentina, la propiedad intelectual, desencadenó esta semana una acalorada discusión entre representantes de laboratorios y empresas agropecuarias, lobbistas y funcionarios, todos ellos miembros de un grupo de WhatsApp de Red de Acción Política (RAP), una organización apartidaria fundada por Alan Clutterbuck. Fue justo en momentos en que el Gobierno está a punto de enviar al Congreso la adhesión de la Argentina al Tratado de Cooperación de Patentes y empieza a discutir una nueva normativa para las semillas.
Palabras fuertes, alguna ironía, enojos y hasta el concepto ambiguo y contemporizador de siempre formaron parte de la conversación, que LA NACION pudo reconstruir a partir de consultas a varios integrantes del chat y que en realidad había empezado la semana pasada, cuando el empresario Marcelo Figueiras, dueño de laboratorios Richmond, envió una nota que acababa de publicar en este diario cuestionando la reciente derogación de una resolución de 2012 que aplicaba criterios de patentabilidad para las farmacéuticas y que, desde entonces, sostenía el negocio de la industria nacional. Es una discusión sensible porque incluye no sólo el resguardo y el financiamiento de la innovación, sino también precios y empleos en el sector, elementos que no siempre se pueden conciliar.
El posteo de Figueiras sacudió al grupo desde el inicio porque ahí estaba nada menos que Alejandro Cacace, secretario de Desregulación y justamente el funcionario que trabajó con Federico Sturzenegger en la referida derogación, un viejo reclamo de la Casa Blanca incluido en el acuerdo comercial que el país firmó en diciembre con Estados Unidos.

Cacace no se quedó callado. Le contestó a Figueiras que le prestara atención a países como la India, donde se respeta la propiedad intelectual y los precios son significativamente inferiores a los de la Argentina, y comparó el precio del Ozempic, del laboratorio danés Novo Nordisk, de entre 13 y 40 dólares, y el Dutide Semaglutida, biosimilar que hace Elea, de Hugo Sigman, que se vende en la Argentina a valor de entre 80 y 200 dólares según la dosis. Y eso dio pie a un extenso contrapunto al que se sumaron otros.
Figueiras cree que en Estados Unidos se lleva el argumento de la propiedad intelectual al absurdo. “Algunos creen que los de afuera son los buenos, y nosotros, siempre los malos”, posteó en el grupo, y citó: “Hay un buen libro de patentes en donde el Dr. Correa cuenta que, si respetáramos patentes automáticamente, hay una en USA que protege la forma de la correa para llevar al perro o la forma de agarrar el put de golf. Son casos reales con número y todo”.

Pero muchos no estaban de acuerdo con el planteo. El productor ganadero Miguel de Larminat, por ejemplo, que se sumó a la comparación de precios. “La realidad que la prensa cuidadosamente omite es que los medicamentos en la Argentina, sean de marca o genéricos, están entre 3 y 15 veces más caros que en los países en donde rigen las patentes… Raro, ¿no?” Jorge Steverlynk, miembro del directorio de Los Grobo y de la Comisión Directiva del Hospital Británico, coincidió con matices. “Michael, en Argentina prácticamente no se venden genéricos. No los han dejado ingresar al mercado porque los laboratorios locales controlan la distribución y las regulaciones. A las grandes cadenas de farmacias las presionaron para que no vendan genéricos, so pena de no venderles productos farmacéuticos y dejarles las góndolas vacías. Sólo se venden genéricos con marca a un precio parecido al medicamento original. De hecho, TEVA es una empresa de genéricos muy importante a nivel mundial pero, en la Argentina, vende genéricos con marca en línea con el resto de los laboratorios. Ese es el gran problema: cae la patente a nivel mundial y en la Argentina seguimos pagando precios como si tuvieran patente vigente. Por eso lo que planteás de entre tres y 15 veces de diferencia de precio”. Larminat volvió a envalentonarse: “Es así, Jorge, exactamente como decís. Me dan ganas de vomitar… Con perdón de la audiencia”.
A Figueiras le pareció demasiado y acaso se sintió atacado. “Gente, sería bueno traer datos para enriquecer la discusión. Simplemente es absolutamente inexacto afirmar que los medicamentos son hasta 15 veces más caros acá y que no hay genéricos. Se venden genéricos sin marca en todas las farmacias y tienen su market share y compiten con las marcas. En sanatorios, hospitales y licitaciones los genéricos sin marca son casi el 100% del consumo, excepto productos de multinacionales. Hay laboratorios indios en la Argentina que compiten. Pero bueno, veo que, más allá de los datos, hay una animosidad bastante marcada, casi ofensiva hacia gente que trabaja, da laburo, genera riqueza, salva vidas y es líder no sólo en la Argentina sino también en México, Brasil y otros países tantos países. ¡Que deben ser tontos como nosotros y los dejan vender también ahí! Será el ADN de estar en contra de lo nuestro”.
Laminat insistió entonces con los precios que, dijo, extraía de su tarjeta de crédito después de comprar en farmacias de Francia. Citó el Amoxidal de Roemmers y el Glucophage 500 de Elea. “¿Eso no es una prueba de cómo las familias de los laboratorios farmacéuticos de nuestro país se pagan veleros con 25 marineros, autos clásicos de millones de dólares, casas en los lugares más caros del mundo, y el pobre tipo que se quiere pagar un antibiótico con patentes totalmente vencidas tiene que pagar 4 o 5 veces lo que paga un francés con un ingreso anual 5 veces más alto? Vamos, dejémonos de hipocresía…” Figueiras volvió a intervenir: “Estás sacando conclusiones generales a partir de una experiencia personal, que por definición no es representativa. Con ese mismo criterio, cualquiera podría mostrar ejemplos en sentido contrario y ‘probar’ lo opuesto. La comparación de precios de medicamentos entre países es mucho más compleja: incluye regulación, impuestos, escalas de producción, acuerdos de compra, sistemas de reembolso y hasta qué moléculas se subsidian en cada mercado. Si queremos discutir en serio, hagámoslo con datos agregados y metodologías comparables, no con casos puntuales de farmacia”. Larminat ya no soltaba el tema. “La realidad es que la gente pobre paga demasiado por los medicamentos y es una vergüenza…”, dijo.

El agro y el sector farmacéutico tienen el mismo tema de discusión, la propiedad intelectual, pero normativas que, al igual que Menem en los 90, Javier Milei eligió abordar por separado. Figueiras se manifestó en el WhatsApp favorable a una legislación farmacológica menos rígida que la de Estados Unidos. “En la sucursal nuestra de Italia, por ejemplo, podemos patentar combinaciones de productos conocidos. Ejemplo: combinaciones de vitaminas que se brevetan y las puede hacer uno solo. Acá no aplicaría: no hay innovación ni altura inventiva”. Cacace volvió a replicarle: “Sí. Estados Unidos tiene una legislación y práctica que lleva a patentar todo, como decís. Coincido en que no debe haber réplica automática. Sí hay casos también en que algo es patentado en todo el mundo (Estados Unidos, Europa, India), y negarlo acá nos hace ver como que no respetamos la propiedad intelectual. Y por eso nos tienen hace años en el Informe 301 como los chicos malos en la Priority Watch List”.
La regulación de las semillas, en cambio, es una discusión cualitativa e incluso más compleja porque está montada sobre una ley de 1973. ¿Habrá que derogarla? El Gobierno piensa que no: que bastará con una resolución. Consultado por LA NACION, Larminat hizo la diferencia entre esa industria y la farmacéutica. “Creo que la de semillas es una discusión uno a uno y la de la salud afecta a todos”.
Argumentos que volverán a oírse en estos días en público, casi o tan encendidos como en el WhatsApp. “Me parece que estamos en un momento bisagra y que falta muy poco para llegar a una posición razonable y consensuada -planteó ahí Luciano Viglione, director de Asuntos Públicos de Bayer-. Así como no podíamos seguir como hasta ahora sobreprotegiendo a los laboratorios nacionales (por más excelentes empresas que sean) ni tampoco sería bueno que nos pasáramos de mambo estableciendo un sistema de evergreening eterno (y aclaro que formo parte de un laboratorio internacional), las cosas tienen que ser equilibradas y así finalmente poder lograr mayor innovación, respetar estándares internacionales, mejorar el acceso para los pacientes y lograr costos que hagan al sistema un poco más sustentable”.
Por ahora, ese punto de encuentro parece bastante lejano.


