Que fue una gran bailarina clásica, talentosa y refinada, una maestra generosa en su transmisión, una mujer cálida y muy querida. Así se recuerda por estas horas en el ámbito de la danza a Graciela Sultanik (1948-2026), que a los 78 años murió el domingo en Buenos Aires y esta mañana su familia, colegas, alumnos y amigos despidieron en el cementerio de Chacarita.
Formada en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón –con Michel Borowski, Renate Schottelius, Tamara Grigorieva, entre otros grandes maestros–, Sultanik ingresó por concurso a mediados de la década del 60 en el cuerpo de baile del Teatro Argentino de La Plata, donde recorrió todos los escalones de una ascendente carrera hasta llegar a primera bailarina. Solía recordar esa etapa, la de su juventud, como la que cimentó un camino profesional de amplio conocimiento del repertorio académico. Tras el incendio de 1977 –cuando se refería a ese hecho, no dejaba de mencionar las dudas sobre las circunstancias que llevaron a la destrucción de su “amado teatro”–, ingresó en el Ballet Estable del Teatro Colón, donde bailó hasta su retiro, en 1989.

Ya para entonces había comenzado a dar clases de técnica y repertorio. En el salón, fue una formadora que dejó huellas en varias generaciones. Preparó, por ejemplo, a Marianela Núñez para su ingreso al Royal Ballet. “Fue una de las mejores maestras en la Argentina –dice la bailarina a LA NACION desde Londres, tras conocer la triste noticia–. Graciela llegó a mi vida en un momento crucial y me preparó de una manera exquisita, como todo lo que hacía. Le estoy muy agradecida. Me gustaba de ella que era muy discreta; lo daba todo en la clase. Me acuerdo que transpiraba y transpiraba, y vivía la danza como creo yo que hay que vivirla: entregándose al máximo. No quería ser el centro de la atención, solamente compartir, porque era una persona muy generosa y amante de esta profesión. Fue un período corto el que la conocí, pero marcó mi vida y mi carrera de una manera importantísima”, remata Núñez.
Analía Domizzi, que a menudo menciona a Sultanik como “la Biblia de la danza”, la recuerda hoy, ante todo, como una artista singular, “de esas que buscan el detalle, la belleza”, y la evoca en roles románticos, como el papel de La Magda (La Sylphide) o como una de las secretarias de Giselle. Pero fundamentalmente, destaca en ella a una maestra –que conoció en el Colón y con quien tomó clases en el estudio de la calle Talcahuano– cuyo legado mantiene vivo en el cuerpo y la palabra, cuando repite de su boca las mismas máximas. Fue en un mensaje de abril último cuando Sultanik le entregó la antorcha. “Ya te pasé mi posta y estoy segura de que serás buena mensajera y gran maestra”, decía, con un consejo: “dejá que te guíe la intuición, primero, y luego aplicá métodos, forma o estilo”.
Con un sentimiento común de genuino afecto y admiración, coreógrafos, bailarines y el público la despiden con un último aplauso de sincera gratitud.


