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La ciudad soleada que atrae con sus chufas, paellas y ecos del Mediterráneo

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De las 12 puertas de la muralla medieval que rodeaba Valencia, quedan dos: Serranos y Quart. El hotel está frente a la Puerta Serranos, una gran abertura bajo dos torres de piedra, enormes, semicilíndricas, del siglo XIV. Primera mención a los siglos, y serán varias, y varios los siglos: Valencia se construyó sobre capas de historia y estilos arquitectónicos que se superponen, de iglesias sobre mezquitas, donde el tiempo y la mezcla se hacen visibles en altares, capillas y fachadas.

Desde la habitación del hotel veo el puente Fusta y, por debajo, el antiguo cauce del río que, en 1957, luego de una inundación, fue desviado y se convirtió en el Jardín del Turia, un parque urbano de nueve kilómetros, el más largo de Europa, un río verde. Dicen que cuando un político lanzó la idea de hacer ahí una autopista, los valencianos se crisparon de rabia y fue un no rotundo. En 2024, Valencia fue elegida Capital Verde Europea, un premio para ciudades comprometidas con la sustentabilidad y la ecología urbana.

Extramuros pasan autos, motos y bicicletas: la ciudad tiene 200 kilómetros de ciclovía, lo considera un logro y va por más. Un paseo popular es pedalear hasta el Parque Natural de la Albufera, un valioso humedal costero.

Intramuros, aunque ya no existen las murallas adosadas a las puertas, aparecen varias ciudades: la romana –en el Centro Arqueológico Almoina caminé sobre sus ruinas–; la medieval –la de la Lonja de la Seda, donde los mercaderes compraban y vendían telas sofisticadas–; la barroca –la de los estucos en la fachada del Museo Nacional de Cerámica–; y la modernista, con el Mercado Central, la Estación del Norte y las obras del arquitecto Javier Goerlich Lleó, que trazó la fisonomía urbana del siglo pasado.

El Centro de Arte Hortensia Herrero, el nuevo templo del arte contemporáneo en el antiguo Palacio Valeriola, atesora en el sótano una muestra donde repasa la historia de la ciudad a través de sus épocas: la romana, la visigoda, la islámica y la cristiana.

Desde 2019, Valencia es sede del festival Open House, con recorridos y visitas gratuitas –desde el art déco y el brutalismo hasta el neofuturismo–, que celebran la arquitectura moderna.

Intramuros, leo carrer y avinguda, calle y avenida en valenciano. A pesar de eso, no lo escucho tanto como el catalán. La prohibición durante los años del franquismo de su uso en el ámbito público lo confinó al interior de las casas y provocó un retroceso.

A orillas del Mediterráneo, Valencia es el puerto más importante de España después de Algeciras y la tercera ciudad más poblada, con poco más de 800.000 habitantes. Muchos llegaron atraídos por la calidad de vida, el sol, las playas, el patrimonio histórico y la cocina de mercado. En las revistas de expats figura en el ranking de las mejores ciudades del mundo para vivir. “Por mi trabajo puedo vivir en cualquier lado y hace 10 años elegí Valencia; me encanta esta ciudad”, dice Stephanie Schulz, una alemana que, desde que vive acá, no tiene la piel tan blanca.

A ellos se suman los inmigrantes por necesidades económicas y por estudio, y de ese conjunto resulta una ciudad multicultural con más de 120 nacionalidades: el taxista que me lleva del aeropuerto al hotel es sirio; el camarero, italiano; la empleada del hotel, polaca; y, al terminar esta visita, el conductor que me llevará a la estación será boliviano. El resto se cruza en las calles.

Ciudad de origen del gran pintor español Joaquín Sorolla, de la porcelana Lladró y de las Fallas, esa fiesta de arte y pirotecnia –Patrimonio de la Humanidad– que cada marzo revoluciona la rutina con petardos, desfiles y polémicas.

El final de este viaje coincide con la previa de las Fallas: todos los días a las dos de la tarde suena la mascletá, un show aéreo de explosivos que se lanzan desde un espacio enjaulado frente al Ayuntamiento. Dura unos cinco a siete minutos y, al final, la gente califica qué tal fue respecto de años anteriores. “Si vienes en temporada de Fallas sentirás que Valencia huele a pólvora –dice una valenciana–, incluso más que al azahar de las naranjas”, y me pregunta si sabía que la pólvora que se usó en el Super Bowl LX fue de Valencia.

Extramuros, la arquitectura se expande y sorprende en construcciones como la Ciudad de las Artes y las Ciencias, diseñada a mediados de los 90 por Santiago Calatrava, y el flamante estadio de básquet Roig Arena. donde ya cantó Rosalía. Es la última apuesta del valenciano más rico y la quinta fortuna de España, según Forbes: Juan Roig, presidente y propietario de Mercadona, la cadena líder de supermercados.

Valencia es una ciudad creyente. Intramuros, hay pruebas –documentos, estudios arqueológicos– de que ese cuenco, tallado en ágata, montado sobre una base de oro con perlas y rubíes y expuesto en una capilla de la catedral, es el mismísimo Santo Grial, el cáliz utilizado en la Última Cena. Este año se celebra el Año Jubilar del Santo Cáliz.

Valencia fue noticia hace dos años por las inundaciones causadas por la DANA, que dejaron 237 muertos, una herida todavía abierta. Una tarde converso con una mujer sobre este episodio. Me cuenta cómo ese día y los siguientes dejó todo y fue a ayudar a desagotar espacios, pasar el trapo y volverlos habitables. Busca en el celular la foto: está con unos amigos y es difícil reconocer su cara, cubierta de barro. Pasa las imágenes de esos días con los ojos llenos de lágrimas.

Intramuros, los bares anuncian la popular agua de Valencia –ginebra, cava, vodka y jugo de naranja– y, por la noche, los estudiantes se sientan en las mesas de la Plaza del Negrito. Las universidades de Berkeley y Florida tienen sede allí y hay intercambios con muchas otras, entre ellas la UBA. En Valencia estudian más de 50.000 jóvenes.

Cuando le conté a una compañera de pilates que viajaría a Valencia, se emocionó: había pasado unos meses allí por un intercambio universitario y no la olvida. Antes de partir me pasó una lista de sus lugares preferidos, tan larga que alcanza para otro viaje. Me queda pendiente explorar más Ruzafa, barrio alternativo con mercadillos de ropa usada, talleres creativos y cafés de especialidad alrededor de un mercado donde se cruzan mujeres con carrito de compras, estudiantes en busca de ofertas y algún turista.

Tierra de playas amplias como la de Malvarrosa, naranjas de exportación y almendros, el ingrediente estrella de los turrones de Jijona y Alicante, Valencia tiene la gracia de no ser tan turística como sus mayores, Madrid y Barcelona. Eso la vuelve amable para pasear, sin el agobio de filas y tours. Los responsables del área aseguran que trabajan para que siga siendo, ante todo, una ciudad para los valencianos.

A continuación, pistas, circuitos y palabras para darle contenido a esta ciudad soleada.

Dos plazas

A veces, en los viajes, se instauran pequeñas rutinas, aunque uno pase apenas unos días. Cada mañana cruzo dos plazas casi seguidas. Salgo por el carrer de Serranos (atenta a los scooters que pasan como rayos) y, en la Plaza de Manises, giro a la izquierda, no sin antes admirar los azulejos del cartel, justamente, de Manises, un pueblo cercano a Valencia dedicado a la producción de cerámica. Antes de llegar a la Plaza de la Virgen, aparece el Palacio de la Generalitat y un jardín mínimo, como un pañuelo –nosotros le diríamos placita–, repleto de naranjos que ya han largado los azahares, un perfume capaz de torcer cualquier itinerario.

La de la Virgen es una plaza seca, amplia. Me siento unos minutos en un escalón de piedra caliza para admirar la torre hexagonal de la catedral y la Fuente del Turia, un homenaje al río y a sus ocho afluentes que riegan la huerta valenciana.

Muchas calles desembocan en la segunda plaza: la de la Reina, donde se encuentra la entrada barroca de la catedral. Ajardinada y abierta en medio del trazado abigarrado del casco antiguo, es una plaza con mucha información de gente, lugares, restaurantes y bares. Me siento unos minutos en un banco para mirar el Miguelete o Micalet, el campanario gótico que fue torre de vigilancia, morada del campanero y prisión.

Quiero escribir sobre dos plazas y nombro cuatro; debe ser porque en la ciudad hay más de 40. Otra, de yapa: la de Rodrigo Botet –un filántropo valenciano que estudió ingeniería en Argentina–, una plaza mínima con la fuente de los patos bajo enormes plátanos, un rincón valenciano que recuerda a París.

Paella

El cocinero toma la paella y la coloca en forma vertical. Es grande, como para 15 personas, y lleva más de un kilo de arroz bomba. Tiene todo lo que debe tener la paella valenciana: pollo, conejo, chauchas planas –judías, acá en España–, tomate rallado y garrofón, un poroto blanco chato y cremoso. Por supuesto, hebras de azafrán, aceite de oliva, sal y pimentón de la Vera, dulce.

En una paella no se esperan gambas, me dicen. Claro que no. Los ingredientes son de la huerta. Y dejo un secreto del chef: sale más rica si se cocina en fuego de madera de naranjo.

Esta es la primera paella del viaje. La segunda es distinta: contiene “opcionales”, como alcaucil –alcachofa por aquí– y ramas de romero; y la cuarta, en el restaurante El Racó, en Meliana, al norte de la ciudad, será de hígado de toro (lleva también corazón, bazo, entraña, molleja y endivias). Es la especialidad de esa y otras localidades de la Huerta Norte, y vienen de lejos a probarla. También preparan la clásica paella valenciana con un opcional: caracoles.

–Se los ponemos porque mi abuela se los ponía, y punto –dice Javier Gimeno, que atiende el salón mientras su hermano Paco cocina. Hace unos años obtuvieron el tercer puesto en el concurso de la mejor paella del mundo.

–Ya no podemos ir porque el concurso es en domingo y Paco no se puede ir de la cocina porque esto está lleno de gente.

Anoto una palabra que me encanta: socarrat, en valenciano, el fondo crujiente de la paella para rasparlo con cuchara.

El sol radiante de una ciudad con 300 días soleados ilumina el azafrán. Le saco fotos a la paella en posición vertical. Es increíble que no se caiga el arroz. Recuerdo lo que dice Almudena Grandes en el documental que hizo su amiga Azucena Rodríguez: “Si está bien hecha, la paella no se cae ni que le den la vuelta”.

Lonja de la Seda

En tiempos de al-Ándalus, Valencia despuntó como centro del comercio de la seda que llegaba desde China. Las transacciones se hacían en la Lonja de los Mercaderes, que con el tiempo se transformó en la Lonja de la Seda, porque este producto acabó destacándose entre todos.

En el corazón del centro histórico, el edificio gótico del siglo de oro valenciano destaca por la sala de las ocho columnas torneadas, gruesas, de piedra, magníficas. A pocas calles, en el barrio de Velluters, se desarrolló una industria de tejedores que también criaban gusanos de seda, alimentados con la hoja del árbol de mora, que se da muy bien en la zona. A mediados del 1700, Valencia no sólo compraba seda china, sino que producía la propia y había más de 4.000 telares. Cuentan que hasta los niños tenían su caja de cartón con gusanos de seda.

En la Lonja de la Seda, hay un patio con naranjos por donde esta tarde camina una fallera mayor, una adolescente que sonríe con brackets. Camina despacio con su traje de fallera con espolín, un tejido artesanal de seda con motivos florales capaz de combinar más de 50 colores y contener hilos de oro y plata. Es caro, carísimo, alrededor de 1.000 euros el metro, por eso mejor conservar una silueta similar para poder usarlo los años siguientes. El traje es largo, antiguo, no muy distinto del que se usaba en el siglo XVIII. La fallera está en plena sesión de fotos. Tiene el pelo recogido y joias: aros, collares vistosos, dorados o plateados, elaborados por un orfebre. En el viaje paso vidrieras que venden espolín y joias. Las chicas miran porque la tradición fallera sigue viva; los padres, quizás, tiemblan.

Joaquín Sorolla

Es conocido como el pintor de la luz. El hombre que capturaba marinas, escenas al aire libre, paisajes de campo, niños que juegan y damas de vestidos largos en la playa. Autor de más de 2.000 obras, Joaquín Sorolla y Bastida (1863-1923) nació y pasó su juventud –sus padres murieron en una epidemia de cólera y quedó huérfano a los dos años– en Valencia, antes de viajar e instalarse en Madrid. Su casa es la sede del Museo Sorolla, en restauración hace más de un año.

Buena parte de la obra temprana se conserva en el Museo de Bellas Artes de Valencia, frente al Jardín del Turia.

Al pasar por el edificio del Palacio de las Comunicaciones, en plena restauración, me entero de una información que será noticia. La cosa es así: la Hispanic Society de Nueva York atesora obras de Sorolla, además de los 14 murales que, en 1911, le encargó al pintor en ascenso. Tenían que ser obras vinculadas a las costumbres españolas. Sorolla aceptó el encargo y viajó por el país –y por su propia comunidad– registrando escenas que luego se transformarían en cuadros famosos.

En el marco de un acuerdo millonario con la Generalitat valenciana, la Hispanic Society entregará a la ciudad 200 obras para montar varias exposiciones y, según dicen, un nuevo Museo Sorolla. Todavía faltan precisiones y el proyecto genera también polémica, pero el acuerdo está en marcha y permitirá ver rarezas pintadas en Estados Unidos, bocetos y Sorollas poco vistos.

Tribunal de las Aguas

“Este río es la razón por la que los romanos, en lugar de irse, se quedaron”, dice un valenciano para resaltar la importancia del cauce del Turia en una región árida.

El agua es la posibilidad de cultivar y de que exista la huerta valenciana: hortalizas frescas, naranjas y ¡chufas! Tradicionalmente son ocho acequias o canales principales, en ambos márgenes del Turia. Esos canales son compartidos: riegan los cultivos de muchas personas y surgen desacuerdos.

Si bien no hay una fecha de inicio clara, se sabe que el Tribunal de las Aguas funciona desde el siglo XI, antes del reinado de Jaume I. El organismo se ocupa de dirimir litigios entre los acequieros, a razón de uno por acequia. Hasta ahora todos eran hombres, pero hace unos meses una mujer reemplazó a un acequiero que no regresará y, al parecer, se queda en el cargo.

Todos los jueves al mediodía, el tribunal se reúne bajo el arco de la puerta gótica de los Apóstoles, en la catedral. Los pleitos se resuelven en un juicio oral –en dialecto valenciano– al que suele asistir público. No hay procuradores ni abogados: cada uno defiende sus derechos a viva voz. El tribunal tiene fama de fallar con celeridad y de exigir la reparación correspondiente. El fallo es inapelable.

Centro de Arte Hortensia Herrero

Inaugurado hace dos años, el nuevo centro de arte español está impulsado por Hortensia Herrero, mecenas y esposa del millonario de Mercadona, Juan Roig.

Ni bien entro, me produce un chispazo de orgullo el site-specific que preside el vestíbulo: las nubes tornasoladas del artista tucumano Tomás Saraceno. Corona Australis 38.89 fue la primera instalación permanente creada para el museo, un encargo de Hortensia Herrero al compatriota, en la que explora una galaxia de nubes y arañas. Le sigue otro site-specific impactante, del catalán Jaume Plensa, que compone una escultura con letras de distintos alfabetos para recordar que vivimos en una sociedad multicultural: con las letras se forman palabras y frases, base del entendimiento.

El museo tiene tres pisos y un sótano dedicado a la historia de la ciudad. También una terraza donde se ven cúpulas y construcciones antiguas. En cada piso me sorprendo por la belleza de las obras de Calder, Picasso, Lichtenstein, Miró, Tàpies, Manolo Valdés, Chillida, Barceló, Julian Opie, Blanca Muñoz y Olafur Eliasson, entre otros. Me gustó tanto este espacio que el último día fabriqué un rato de tiempo extra para volver.

Fallas

Sólo quedará uno: de los 400 ninots, uno solo logrará eludir el fuego. Los ninots son los personajes que integran cada falla y que, luego de estar expuestos en cada barrio, arden en llamas. Se salva el más votado, que se convierte en el Ninot Indultat y permanece en el Museo Fallero, que conserva uno de cada año desde 1934.

Hace 200 años, las Fallas –del latín facŭla, antorcha– marcan el paso del invierno a la primavera. Se queman las cosas que ya no se necesitan. “Empezamos quemando ropa vieja; después hicimos figuras y luego caras, y así surgieron los ninots. No sé si es bueno para el medio ambiente, pero para nosotros sí”, dice Miguel, un fallero del barrio de la Plaza Honduras.

Cada falla es una escultura compleja, con varias escenas, y puede costar muchos euros (el gobierno los subsidia). Se planta en el barrio el 15 de marzo y se quema el 19, con supervisión de los bomberos. La ciudad tiene alrededor de 120.000 falleros que trabajan y defienden esta tradición.

La segunda vez que voy a la mascletá, ese show de estruendo, me acerco más. Parece que estuviera en una marcha. La calle está repleta cuando arranca la metralleta de petardos terrestres y luego aéreos, desde un helicóptero. El hombre que tengo al lado me dice que abra la boca para que no me duelan los oídos. Ya no lo escucho: estamos en el terratrèmol, la última parte, la más brutal. Cuando termina, le comento que es lo más parecido que viví a un bombardeo. El cielo se nubla de humo. “Somos pólvora”, dice el hombre, con un pañuelo a cuadros azul y blanco en el que se lee “Valencia” en letras doradas. “No olvides que la ciudad tiene dos catedrales: la de Dios y la de la mascletá”, y aplaude fuerte, con manos gruesas.

Iglesia de San Nicolás

Llego unos minutos antes de que comience La luz de San Nicolás, el espectáculo de luz y sonido tan recomendado. Me entregan una audioguía para escuchar la historia de la iglesia y de cada una de las seis capillas laterales. Pongo play: una voz cuenta que es una construcción gótica de una sola nave. Cuando levanto la mirada hacia la bóveda, dejo de escuchar. La atención se centra completamente en esos frescos maravillosos, diseñados por Antonio Palomino y pintados a fines del siglo XVII por su discípulo Dionís Vidal.

No puedo quitar la vista de las pinturas que conquistan la bóveda, los nervios, las columnas, y narran la vida de San Pedro Mártir y San Nicolás Obispo, acompañados por una jerarquía de ángeles, arcángeles y querubines. De colores vibrantes, como recién pintados, resaltan la maestría de cada dibujo y del conjunto.

Hace una década, hizo falta un equipo de restauradores para recuperar estos 2.000 metros cuadrados de frescos barrocos, dañados durante la Guerra Civil. Los trabajos fueron liderados por Pilar Roig, catedrática del Departamento de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de la Universidad de Valencia y, desde el año pasado, Hija Predilecta de la ciudad. La asesoró su maestro y amigo Gianluigi Colalucci, restaurador de la Capilla Sixtina. Al conocer el lugar, Colalucci también se impactó y dijo que era la Capilla Sixtina valenciana.

De pronto, la iglesia se queda a oscuras y comienza un video mapping de luces, tecnología, música y diseño, impensado en una iglesia: un tributo a la belleza que el espíritu agradece.

Naranjas

Las primeras que se plantaron, a mediados del 1800, fueron un símbolo de estatus: servían para decorar residencias y los jardines de la Estación del Norte con un producto exótico, originario del sudeste asiático.

Enseguida se convirtieron en un cultivo que se adapta bien gracias a las temperaturas moderadas del clima mediterráneo y a la tierra arcillosa y fértil: en la comunidad se producen alrededor de tres millones de naranjas por año. Las plantaciones se extienden 150 kilómetros hacia el norte de la ciudad y 180 hacia el sur; las variedades Navelina y Salustiana (para jugo) son las más cultivadas.

Una mañana, caminando por la Plaza Tetuán, anoto dos momentos en mi libreta. El primero es con Lena, una alemana a la que le saco fotos bajo un gomero monumental. Me cuenta que es la primera vez que sale sola de su país –tiene 21–; en su pueblo llovía mucho y decidió venir a España. Buscó en TikTok, encontró Valencia, sacó un pasaje low cost y reservó el hostel. Ahora toma un jugo de naranja recién exprimido mientras lee bajo el gomero, en un día radiante.

El segundo momento es también por esa zona: una cuadrilla de trabajadores cosecha naranjas ornamentales con un pinche. Uno de ellos me dice que, si caen solas, la gente podría resbalar. Un ayuntamiento precavido.

Chufa y horchata

El 9 de julio, en Alboraya, una localidad a tres kilómetros de Valencia, se celebra el Día de la Horchata, una bebida vegetal a base de chufa, agua y azúcar.

La chufa es un tubérculo del tamaño de una almendra. Originaria de Egipto, se cultiva principalmente en España, donde se producen cinco millones de kilos al año, y también en Sudán y Níger.

Dicen que el nombre horchata lo acuñó el rey Jaume I al probarla. La mujer que se la sirvió le dijo que era leche y él respondió: “Esto no es leche, es oro, xata” (chica, en valenciano).

Alboraya forma parte de la zona de huertas conocida como Horta Nord, en valenciano. Camino entre parcelas cultivadas con alcachofas, repollos, lechugas y cebollas. Todo prolijo, listo para cosechar. En estas mismas parcelas se siembra la chufa, que se cosecha en noviembre. Ahora está en proceso de secado. Entro en el secadero de Juan Sancho, dueño de Chufas Sancho, y piso montañas de chufas que se remueven constantemente hasta quedar secas por completo.

Veo los canales de riego y recuerdo el Tribunal de las Aguas. Quiero saber sobre algún pleito reciente y me cuentan el de un vecino que no mantenía su canal limpio; lo acusaron y tuvo que limpiarlo de inmediato.

Está a punto de largarse a llover: debe de ser uno de los 65 días sin sol.

El recorrido por la huerta termina en una de las horchaterías históricas de Alboraya, donde pedimos lo que todos piden: horchata con fartons. El fartón es como una factura alargada, liviana y esponjosa. La costumbre local es hundirlo en la bebida fría y, recién entonces, comerlo. ¡Bon profit!

Palauet Nolla

Allá por 2010, cuando lo llamaron para ver si tenía sentido recuperar el Palauet Nolla –palacete, en valenciano–, el arquitecto francés especializado en patrimonio Xavier Laumain lo encontró en ruinas, abandonado en una calle de Meliana, una localidad a ocho kilómetros de Valencia.

–Se sabía que tenía relación con la familia Nolla, pero no se conocía su historia. El palauet fue una antigua alquería, o vivienda rural, que Nolla convirtió en showroom para sus clientes ilustres, como la familia Romanov –dice Xavier.

El mosaico Nolla llegó a España por Miguel Nolla que, durante un viaje por Inglaterra, vio algo similar. En 1860 inició la producción de los mosaicos en la fábrica que todavía está en pie junto al palacete.

Cada tesela es de gres, cuadrada (mide entre 3 y 5 cm), y se cuece a altas temperaturas, lo que la convierte en un material resistente. Para su decoración, se usaban nueve colores opacos y elegantes; el verde era más caro. Cada mosaico forma parte de un todo: los equipos creativos diseñaban composiciones geométricas y florales complejas, que ahora veo en la pared de una habitación donde aún está todo por restaurar. Una paloma se escapa por una ventana.

La fábrica fue crucial en el modernismo catalán y, por supuesto, en el valenciano. Producía pisos con tramas intrincadas, como las de una alfombra; paredes vistosas y fachadas que todavía embellecen el centro de Meliana.

En su primera visita al palacete, el arquitecto Xavier Laumain no imaginó, quizás, que estaba ante el viaje de su vida: restaurar el antiguo edificio es una aventura de muchas décadas. En su búsqueda constató que, para profundizar en la arquitectura, debía conocer la historia; por eso investigó y pasó horas en bibliotecas para saber más sobre la vida de Nolla.

La fábrica cambió de dueños en 1920 y siguió produciendo hasta 1970. Poco más de un siglo bastó para exportar sus productos a muchos países, incluida la Argentina.

Laumain y su mujer, Ángela López Sabater, arquitecta valenciana también especializada en patrimonio, se dedican a la rehabilitación del Palauet Nolla desde hace más de una década, a partir de su donación al Ayuntamiento de Meliana. Avanzan como pueden, cuando llegan partidas de dinero para la restauración. A pesar de los años que llevan trabajando, si uno entra por primera vez podría creer, con razón, que el lugar sigue en ruinas. Restaurar implica intervenir en el patrimonio: desmontan grandes superficies, reparan, limpian, buscan artesanos y vuelven a montar. Es una tarea lenta, minuciosa. Ya pasaron varias fases y faltan muchas más para devolverle su esplendor. El Palauet Nolla se puede visitar con reserva previa.

Parque Natural de la Albufera

El humedal gira en torno al mayor lago de agua dulce de España, con más de 2000 hectáreas, más grande que la propia ciudad. Antiguamente, su extensión era aún mayor, pero los campesinos locales lo fueron rellenando con barro para cultivar el arroz de la paella, en particular el arroz Albufera, de grano corto y redondo. En 1911, el lago pasó a depender de la Generalitat y ya no se pudo seguir ampliando la superficie cultivable. Actualmente, las hectáreas destinadas al arroz son 18.000 (la Albufera es la segunda zona en importancia, después de la de Sevilla).

El día sigue nublado; incluso caen algunas gotas sobre el lago, pero la excursión no se suspende. Navegamos en una barca eléctrica y el capitán, Guillermo Aguilar, cuenta la historia: señala un cormorán sobre un pilote, una gaviota que pasa volando. Menciona los flamencos, pero no los veremos. Es un gran lugar para la observación de aves, especialmente por la mañana. Habla de la caza controlada de patos, de la tortuga mediterránea, en peligro de extinción, y del viaje de las anguilas. Muchos vienen hasta aquí para comer all i pebre, el plato de la Albufera: un guiso espeso con anguila, pimientos, ajo, papas y un toque de guindilla o ají picante. En la Albufera, sólo hay 10 pescadores de anguilas con licencia para pescarlas entre noviembre y febrero.

El atardecer de hoy no será rojo; tampoco habrá fotos de flamencos, pero eso no le quita belleza a este momento.

Datos útiles

Desde Madrid hay numerosas frecuencias diarias en tren. El precio varía mucho según el servicio, el horario y la disponibilidad. Alrededor de dos horas de viaje. Desde € 15.

Cómo moverse

  • Valencia Tourist Card Una opción para usar el transporte y entrar a los museos municipales. La opción de tres días cuesta € 27. Se retira en las oficinas de turismo o en una máquina en el aeropuerto. Lamentablemente no incluye el Centro de Arte Hortensia Herrero ni la entrada a las iglesias de San Nicolás y Santos Juanes. Otra opción es pagar el transporte con tarjeta de crédito y cada museo individualmente (los municipales son baratos).

Dónde dormir

  • MYR Puerta Serranos C de la Blanquería 4. +34 960 661333. Junto a las Torres de Serranos, la ubicación del hotel es excelente, a las puertas del casco antiguo. Las habitaciones estándar no son grandes, pero sí, cómodas, funcionales y luminosas. El colchón, cinco estrellas. Muy buen desayuno y gran terraza. Reservando con tiempo, desde € 150 la doble.

Dónde comer

  • Mercado Central Plaza de Brujas s/n. Obra maestra del modernismo y uno de los más grandes de España, el mercado que abastece a muchos restaurantes de la ciudad está construido en ladrillo, hierro, cristales y una bóveda altísima por donde entra la luz. Desde las 8 de la mañana, los puesteros ofrecen su mercadería de primera calidad. Vale ir para conocer los mariscos y pescados, las hortalizas de la huerta valenciana, la bollería típica y tomar un café en Pucherito verde, de especialidad. Lunes a sábado, de 7.30 a 15.
  • Colmado La Lola Pujada del Toledà 8 (junto al Micalet). +34 963 918045. Tiene otra sede en la calle Bordadores 10. Muy buen restaurante y bar de tapas. Para probar tablas de quesos, tapas de la huerta –berenjenas, pimientos, alcaucil grillado–, clásicos como croquetas y buñuelos, encurtidos –boquerones, gildas, anchoas– y platos de mar, con erizos, mejillones y ostras. Las tapas y bocaditos, desde € 7; los platos de pescado y mariscos, desde € 14 (sepia a la plancha).
  • Barecito Cotanda 4, Ciudad Vieja. A pasos del Ayuntamiento, un bar con muy buena propuesta de tapas. Sirven en fuentecitas de acero inoxidable ensaladilla, torreznos, pinchos de tortilla, albóndigas, croquetas de jamón y puerro a la carbonara. Buenos precios.
  • Poble Nou Roig Arena, Rambla del Ploble Nou piso 2º. +34 689 198635. En el segundo piso, el restaurante más exclusivo de los cuatro que tiene el patio de comidas del Roig Arena. Poble Nou está enfocado en las raíces de la ciudad, en tres palabras, la esencia del lugar: km 0, fuego y origen. Platos principales, entre € 25 y € 35 (pesca asada o T Bone). La paella valenciana, cocinada en madera de naranjo y haya, es una delicia (€ 24 la porción); también tienen varias opciones de fideuá.
  • El Forcat C/ de Roteros, 12. +34 963 911213. En la ciudad vieja, ahí nomás de la Puerta de Serranos, un restaurante especializado en arroces y cocina valenciana. Ofrecen siete arroces distintos (€ 18), además de la típica paella valenciana. También menú de mediodía (€ 19 y menú degustación por la noche (€ 28).
  • Marisquería Civera Carrer del Mosén Femades 10. +34 963 529764. Llevan más de 50 años abocados a la gastronomía tradicional valenciana con énfasis en los mariscos: sepias y calamares a la plancha, zamburiñas a feira, almejas marineras. La carta es larga –una página solo de mariscos– y cuesta decidirse. Todo fresco y bien preparado. Queda en la zona de la Estación del Norte.
  • Horchatería Daniel Av. de la Horchata 41. +34 961 856886. Una de las más tradicionales, inaugurada en 1949. Además de la de Alboraya, también tienen negocio en el Mercado de Colón y en el casco antiguo. Entre los personajes que la visitaron, están Dalí y Rafael Alberti. Además de horchata hacen helado, crema y galletitas de chufa.
  • Horchatería Panach Av. de la Horchata 19. +34 961 860808. Otro negocio familiar, que va por la tercera generación de Panach. Desde 1971, un clásico de Alboraya. Además de la horchata original, tienen opciones con leche merengada, cebada o café granizada y una amplia carta de bollería que incluye panqueques, galletitas de chufa, rosquillas y, claro, fartons.
  • El Racó Glòries Valencianes 4, Meliana. +34 961 496173. Este restaurante, atendido por los hermanos Gimeno, tiene una especialidad: la paella de hígado de toro, que no tiene solo hígado sino corazón, bazo, entraña, molleja y, cuando está casi lista, un buen puñado de lechuga escarola. Suele estar completo, aunque sea un mediodía de martes. Mejor reservar.

Paseos y excursiones

  • Roig Arena Inaugurado en septiembre pasado, el flamante Roig Arena, cubierto por un techo de 800.000 tejas de cerámica, costó 400 millones de euros, financiados por Juan Roig, dueño de la cadena de supermercados Mercadona. El estadio, escenario de competiciones como la Copa del Rey y sede del Valencia Basket de la Liga Endesa de baloncesto, cuenta con 13 pistas y dos salas de conciertos con capacidad para 20.000 personas. Este año se presentarán artistas como Rod Stewart, Chayanne, Aitana, Amaia, La Oreja de Van Gogh, Diego Torres, No Te Va Gustar y Jorge Drexler, entre otros. Fue concebido como un motor deportivo y cultural de la ciudad y diseñado con tecnología de avanzada: funciona con energía 100% verde, generada mediante paneles solares.
  • La Lonja de la Seda Plaza del Mercado. +34 962 084153. El edificio gótico, restaurado con maestría en varias oportunidades, es Patrimonio de la Humanidad. Imperdible. € 2. Domingo y feriados, gratis.
  • Centro de Arte Hortensia Herrero C/ del Mar. +34 960 900955. Inaugurado hace poco más de dos años se ubicó en un lugar importante en el mapa del arte contemporáneo español. Lunes a sábado, de 10 a 20. Domingo, de 10 a 15.
  • Museo de Bellas Artes Sant Pius 9. +34 963 870300. El más grande de España después del Prado, alberga una vasta colección de escultura, pintura, dibujos y artes suntuarias. Destacan los cuadros tempranos de Sorolla, hijo de la ciudad. Martes a domingo, de 10 a 20. Gratis.
  • Museo Nacional de Cerámica C. del Poeta Querol, 2. +34 963 516392. Gran exhibición de la cerámica española a través del tiempo en el antiguo –y espectacular– Palacio del Marqués de Dos Aguas, construido en el siglo XV. Martes a sábado, de 10 a 14 y de 16 a 20, domingo y feriados, de 10 a 14. € 3. Sábados desde las 16 y domingos, gratis.
  • Museo Fallero Plaza Monteolivete 4. +34 962 084625. Guarda la historia de esta costumbre tan arraigada en la ciudad y la colección de los ninots indultados.
  • Tribunal de las Aguas Todos los jueves, no festivos, a las 12, en la Puerta de los Apóstoles de la catedral. El encuentro es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
  • Catedral Plaza de l’Almoina, s/n. +34 963 918127. Gótico, renacentista, barroco, neoclásico, la catedral combina varios estilos arquitectónicos y obras de arte. Además del Cáliz santo, atesora en una capilla dos óleos de gran tamaño de El Greco y frescos renacentistas. Cuando hay culto se puede entrar gratis y recorrer las capillas del fondo en silencio. € 10. Se pagan € 3 extra para subir al campanario (Micalet).
  • San Nicolás Valencia C/ dels Cavallers, 35. El acceso a la iglesia con audioguía y derecho a ver el espectáculo La luz de San Nicolás, que dura 15 minutos, cuesta € 16. Martes a viernes, de 10.30 a 19 y sábado, de 10 a 19; domingo, de 13 a 20.
  • Iglesia Santos Juanes Plaza del Mercat s/n. +34 963 916354. Al lado del Mercado Central, un exponente del gótico valenciano. Reabrió en noviembre último después de varios años de restauración. El espectáculo de luz y sonido dura 15 minutos y da cuenta de cómo era antes del incendio de 1936, al comienzo de la Guerra Civil.
  • Ciudad de las Artes y las Ciencias +34 960 470647. Desarrollada por Santiago Calatrava en los años 90, en 2003 se sumó el Oceanogràfic, el acuario más grande de Europa, diseñado por Félix Candela, con techos de formas hiperbólicas que evocan varias sillas de montar unidas. Las distancias son largas, ideales para caminar y admirar la arquitectura. El complejo reúne varios espacios: el Hemisfèric (con forma de ojo), que alberga un planetario y un cine IMAX; el Palau de les Arts Reina Sofía, un edificio que parece una estación interplanetaria y funciona como ópera –conviene consultar la cartelera–; un ágora; un jardín al aire libre y el Museo de las Ciencias, donde se exhiben los ninots de cada año, uno por cada barrio. Algunos caricaturizan a Donald Trump comiendo bananas; al rey Felipe en el inodoro; a un oso polar que pide ayuda porque se derrite su hábitat, y a E.T., que habla por teléfono.
  • Oceanogràfic Ciudad de las Artes y las Ciencias. Además de ser un acuario inmenso, es un referente en investigación, conservación y divulgación. La suma de todas las peceras contiene 45.000 litros de agua del Mediterráneo. La zona más visitada es la del Ártico, donde están las belugas, enormes cetáceos blancos con dientes que pueden medir hasta cinco metros y pesar más de una tonelada. € 40.
  • Palauet Nolla Camí Barranquet, 57, B, Meliana. Los interesados en visitar el interior deben contactarse con la oficina de turismo de Meliana: [email protected]
  • Parque Natural de la Albufera Una buena idea para visitantes activos es alquilar una bicicleta (alrededor de € 5 la hora) y pedalear hasta allá, unos 40 minutos. También se puede llegar en bus y en Uber. Una vez en la Albufera, hay mucho para hacer, desde visitar el centro de interpretación Racó de L’Olla, hacer caminatas y tomar una excursión en barco eléctrico (www.visitalbufera.com) para conocer de cerca el humedal y saber sobre la fauna que la habita. Dura una hora y cuesta desde € 8.

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