Mariano Arrate era estibador en el puerto de San Sebastián desde los 15 años. Trabajador constante consiguió ganarse la confianza de los patrones al punto que lo dejaron manejar la grúa. Le gustaba jugar al fútbol. Tiempos amateurs. En primera jugó toda su carrera en Real Sociedad. La reciedumbre como hombreador la trasladaba a la cancha. Era un defensor rúsitico y físico. Lo convocaron a la selección española con la que ganó la medalla de plata en Amberes 1920. También lo invitaron a viajar a Sudamerica con el seleccionado vasco que realizó una gira en 1922 y se enteró de que el deporte que creía dominar era algo muy distinto a lo que practicaba en su tierra.
En uno de los primeros partidos en la Argentina se quejó con el referí: “Esto no es leal. Amagan que van para un lado y salen corriendo por el otro. ¡Que vengan pa adelante! ¡Siempre pa adelante!”, reclamaba sin entender lo que estaba pasando.
Gambeta y gol de Amat Diallo en Costa de Marfil-Noruega
La gambeta nació acá. En Sudamérica. Algunos historiadores señalan a Arthur Friedenreich, el talentoso brasileño, como el inventor de la acción. Otros dicen que ya lo hacían argentinos y uruguayos. Como sea, fue el símbolo más fuerte de la identidad de nuestros equipos durante mucho tiempo. El más admirado de los potreros. El que podía desequilibrar para meter goles. El que volvía locos a los defensores. El que mejor se conectaba con la pelota. Porque no existe el potrero si no hay gambeta. Ese jugador casi no tiene lugar hoy. Hace mucho que eso cambió.
En la Copa del Mundo 2026, la selección de Lionel Scaloni figura en el puesto 43° sobre los 48 equipos del Mundial en la estadística “regates completados”, con apenas 4,1 por 90 minutos. Es de las peores. O, para decirlo de manera correcta: es la que menos elige ese recurso. Porque, ¿acaso ya no tenemos talento? Para nada, sobra, pero se utiliza en sentido práctico. La Argentina es una selección que construye desde el pase. También hay estadísticas al respecto (nuestro equipo marcha 3° con 529 pases cada 90 minutos), en una cifra en la que sólo lo superan España (590) y Argelia (561).

La FIFA tiene un centro especial de estadísticas del torneo en el que se desglosa cada movimiento de los jugadores. ¿Quiénes lideran el top ten de gambetas cada 90 minutos?
- Estados Unidos (12,1)
- Costa de Marfil (11,4)
- Turquía (10,6)
- Argelia (10,4)
- Francia (10,4)
- Inglaterra (10)
- Marruecos (9,7)
- Cabo Verde (9,7)
- Jordania (9,6)
- Australia (9,4)
Para los amantes del romanticismo en el fútbol, el dato es absolutamente sorprendente y desolador. La gambeta es prioridad… en el soccer. Estados Unidos manda con Christian Pulisic a la cabeza (2,9 por partido). Parece un mal sueño. Hasta los ingleses, que siempre hicieron un culto del juego lineal y directo, ahora son más gambeteadores que cualquier equipo del fútbol sudamericano. ¿Cómo fue que Brasil dejó de estar en esa lista? Se encuentra en el 19° lugar, con 7,2.
¿Hay alguna manera de entender semejante cambio? Solo interpretaciones. La primera es que los mejores futbolistas de este continente se van a Europa. Allí el fútbol se vive y se siente de manera diferente. Es posible que la mayoría prefiera la practicidad por sobre la belleza.
El análisis exhaustivo concluye que gambetear puede ser improductivo. El balón se desplaza más rápido solo que en los pies de un jugador. Messi ya no puede ser el gambeteador que fue. Tiene 39 años… y todavía lidera a la Argentina, con 2,4. Pero incluso jugadores más jóvenes, como Thiago Almada, evitan el recurso. Las estadísticas demuestras que es más fácil perder el duelo que ganarlo con una gambeta. Mejor pasar.
El dato que más sorprende en este caso es el de los seleccionados africanos. Cuatro de los primeros diez son de ese continente: Costa de Marfil, Argelia, Marruecos y Cabo Verde, el rival de la Argentina este viernes. ¿Será que ellos tienen ahora más potreros que nosotros?

Aquí tiene mucho que ver la rápida profesionalización de los jóvenes jugadores. Menos fútbol en el campito y mucho trabajo en la ruta de capacitación.
Nadie podría describirlo mejor que Jorge Valdano, que hace unos meses, en una entrevista con ESPN, explicaba: “La calle cuidaba mucho al jugador diferente. Y la academia hace mejores a los mediocres pero hace peores a los diferentes. El amague, la pausa, la gambeta. El capital del potrero no lo supimos llevar a la academia. La libertad es parte muy importante del proceso creativo del jugador. Y si los entrenamientos son fútbol reducido a uno o dos toques, al jugador le vas recortando posibilidades”.
¿Será, entonces, que el futbolista africano tarda más tiempo en llegar a la academia? No hay elemento que se pueda cuantificar para responder esa pregunta. Pero lo que es seguro es que la mayoría de esos países ofreció espectáculos muy divertidos. Y no tan ineficaces, porque nueve de diez naciones de la Confederación Africana de Fútbol avanzaron a los 16avos de final.
El jugador con más gambetas exitosas en la Copa del Mundo, si se toma a aquellos que hayan jugado un mínimo de 100 minutos, es Lamine Yamal, de España (7,4), seguido por Cristian Volpato, de Australia (7,1) y Marco Pasalic, de Croacia (6,3).

No por nada Lamine Yamal es considerado uno de los mejores del mundo y el futuro de este deporte. Vinicius tiene 3,4 por partido y Kylian Mbappé 3,1. No son tan malas noticias para los amantes de la gambeta…
La tendencia es algo que no se puede debatir. Son números. La gambeta no rinde en la actualidad. Pero al menos está allí Francia, un seleccionado temible, que llegó a dos finales mundiales seguidas y que tiene argumentos para llegar por tercera vez. Y es de los países que más gambetas exitosas realiza.
El fútbol puede jugarse bien y divertir sin un solo “regate”, como le gusta decir a la FIFA. Tal vez algún día se haga realidad el deseo del Vasco Arrate. Pero todavía hoy, aunque sean pocas, ninguna herramienta levanta de las sillas a los hinchas con más facilidad que una buena gambeta.


