Pese a que desde la invención de los recitales y el gramófono las estrellas de la ópera han lucido como estrellas solitarias, el arte del teatro cantado siempre fue un encuentro de voces. Por eso, cada época tuvo su pareja estelar de soprano y tenor, ese conjuro de amor y competencia que deleita a los aficionados.
Hace cien años el sumun del Tristán e Isolda wagnerianos eran la noruega Kirsten Flagstad y el tenor danés Lauritz Melchior. En el apogeo del vinilo, nada superaba al encuentro de María Callas y Guiseppe di Stefano como Tosca y su Mario Cavaradossi. El renacer del bel canto en los años setenta se debió en gran parte a las grandes voces de Joan Sutherland y Luciano Pavarotti.
En tiempos más recientes, la pareja artística y romántica del francés Roberto Alagna y la rumana Angela Gheorghiu llenó teatros y vendió discos con los clásicos de la ópera francesa, mientras que la soprano rusa Anna Netrebko saltó a la fama en una serie de interpretaciones impresionantes de óperas de Verdi y Puccini con el tenor mexicano Rolando Villazón. El DVD de su versión de La Traviata de Verdi en Salzburgo fue uno de los últimos grandes éxitos de la ópera filmada.
Todas estas parejas tenían una química especial, voces que se combinaban en dúos excitantes, y para los melómanos, el disfrute de ver a dos artistas sacándose chispas, dándolo todo al actuar con un colega de su misma estatura y similar visión de las obras que interpretaban.
Hoy esa pareja estelar está compuesta por dos cantantes de origen latino: Nadine Sierra, nacida en Fort Lauderdale, Florida, pero hija de un puertorriqueño, y el mexicano Javier Camarena.
En 2022 se los pudo ver y escuchar en el Colón en una espectacular producción de la comedia L’elisir d’amore, de Gaetano Donizetti. Fue una delicia para los que tuvimos la suerte de estar ahí: él causaba admiración por su fina técnica y sus agudos brillantes; ella navegaba las dificultades de la partitura con la aparente facilidad de los grandes artistas, y ambos parecían divertirse y nos divertían con su preciso juego cómico y el carisma de los grandes a punto de saltar al estrellato.
Este junio, después de actuar juntos en el Met de Nueva York, el Covent Garden de Londres, en París y en Viena con críticas elogiosas, Sierra y Camarena se lucieron en una nueva producción del clásico de Charles Gounod Romeo y Julieta en el Teatro Real de Madrid.
La actuación de la pareja protagónica fue ampliamente celebrada por la prensa especializada, y el teatro lo transmitió en plazas, auditorios y museos de toda España el mes pasado.
Desde el comienzo, pese a que la escena estaba poblada de coreutas, bailarines y figurantes, la mirada del espectador se fijaba en los jóvenes amantes. En su interpretación, la soprano y el tenor se bebían con los ojos.
En la escena del balcón parecían niños jugando a enamorarse. Ella como la niña seria, madura. Él, travieso y tímido. Parecían los personajes de la comedia de Donizetti –el tosco campesino y la bella presumida– en vez de Romeo y Julieta, pero las voces se enredaban y volaban juntas con la fuerza y la precisión de sus mejores actuaciones. El último de los cuatro dúos, con Romeo ya agonizante por el veneno y Julieta herida fatalmente por su propia daga, fue un prodigio de notas sostenidas y agudos desgarrados sin perder un ápice de belleza sonora.
El Teatro Real, que en 2021 ganó el premio a la mejor compañía de ópera del mundo, rodeó a las dos estrellas con exquisitos secundarios: los mejores, el bajo Roberto Tagliavini como Fray Lorenzo, que trata de salvar a los amantes y termina condenándolos, y el barítono Benjamin Appl como el malogrado Mercutio, el amigo de Romeo que muere defendiéndolo. A ellos se sumaron dos grandes veteranos de la escena: Laurent Naouri y Sonia Ganassi, que imprimieron drama y presencia a los personajes menores del padre Capuleto y la nodriza Gertrudis.
Al levantarse el telón, llamó mucho la atención la abigarrada escenografía del primer acto, el colorido vestuario contemporáneo y los movimientos de los bailarines, como si estuvieran en una rave en la California de los ochenta. Lógico: el director de escena era Thomas Jolly, el famoso director artístico de la ceremonia de inauguración de las Olimpíadas de París en 2024.
Detrás y a los costados de Sierra y Camarena corrían y se contorsionaban payasos y saltimbanquis, y en los interludios orquestales, tétricas figuras con capuchas negras arreaban cadáveres a los carromatos de la peste, como para recordarnos que la muerte está presente desde el comienzo de esta tragedia.
Pero el bullicio de los bailes y peleas en el palacio de los Capuletos fue dando paso a la conocida tragedia de los amantes condenados: en el último acto, en la cripta subterránea donde ambos perecen, la música y la actuación se centraron en la pareja de excelsos cantantes. En el momento fatal, el público guardó un clamoroso silencio, seguido de aplausos arrolladores ante la salida al proscenio de la pareja estelar de la ópera actual.


