Por María Paula Zacharías, de El Ojo del Arte
Buenos Aires, 8 de Agosto (NA) – Aldo Sessa (Buenos Aires, 1939) es uno de los fotógrafos más prolíficos y apasionados de la Argentina. Tiene honores como ser miembro de la Federación Argentina de Fotografía y académico de número de la Academia Nacional de Bellas Artes, además de que en 2007 la Legislatura porteña le dio el título de Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. Pero más allá de los laureles y diplomas, Sessa es reconocido como uno de los grandes fotógrafos nacionales. Vive rodeado de los millares de negativos que registró desde su temprano comienzo en la fotografía, a los 17 años, cuando hizo sus primeras colaboraciones para el diario La Nación y, en la década siguiente, para La Gaceta de Tucumán. Las cámaras que usa desde entonces y todas las que coleccionó a lo largo de su vida componen un museo propio en su casa taller del Pasaje Bollini.
Nació ya entre líquidos de revelado, porque diez años antes de nacer su abuelo fundó los Laboratorios Alex de cinematografía. Interesado en la imagen y los colores, a los 10 años comenzó a estudiar pintura en el taller de Marcelo De Ridder y, más tarde, se sumergió en las artes gráficas en la imprenta ICE, creada por su padre, Luis “Gigi” Sessa.
Descubrió la fotografía color en 1962, cuando viajó a Los Ángeles para estudiar cinematografía con Sydney Paul Solow. Ya no pudo separarse de su cámara formato medio Rolleiflex. En 1962 abrió su primer estudio de fotografía en Palermo, junto con Eduardo Quirno.
Sessa ha realizado más de 200 exposiciones alrededor del mundo, publicó más de 50 libros y es imposible calcular la cantidad de fotos que tomó. Aún hoy, con su celular o con la Leica que tiene su nombre grabado en el lomo, saca fotos todos los días. A los 86 años, tiene en marcha tres proyectos de libros. Una pasión que no cesa, valga la redundancia.
El día del cumpleaños número 39 de Messi, anda a las corridas porque lo esperan en el Cementerio de la Chacarita para homenajear en su aniversario a Carlos Gardel. No lo fotografió a él, pero sí a su tumba. También es el honomástico de Fangio, gran modelo ante su lente. Sábato, Borges…, no hay prócer que se le resista.
Registró el mundo en viajes por América, Europa, Asia y África. Se rindió ante Nueva York, donde regresa puntual cada enero desde 1960. También es autor de los más exhaustivos ensayos sobre el territorio argentino, sus paisajes y su gente: recorrió el país de punta a punta al menos cuatro veces. Miró a Buenos Aires, el tango y los lugares emblemáticos de la ciudad, como el Teatro Colón, al que se dedicó a fotografiar entre 1982 y 1987, de forma independiente, cámara en mano y la luz tenue de las salas. Sus trabajos en colaboración con escritores comenzaron en 1976 con “Cosmogonías”, libro que reúne sus ilustraciones y poemas de Jorge Luis Borges. También son memorables los proyectos junto con Manuel Mujica Laínez, Silvina Bullrich, Ray Bradbury y Silvina Ocampo, entre otros. Si bucea dos minutos en su archivo puede sacar muestras enteras para varios museos o libros. Por ejemplo, cuando murió Julio Le Parc encontró que lo había retratado diez veces en diferentes lugares.
Aldo, tu casa es prácticamente un museo.
– Sí, hay una parte donde ahora desplegué toda la colección de cámaras antiguas, desde 1840 hasta los últimos procesos actuales. Compré muchas de ellas porque tenía miedo de que se las llevaran los japoneses, que son los grandes compradores. Yo me dije, este es patrimonio argentino, vamos a cuidarlo. Entonces, hice una colección de cámaras de bastante buena calidad que estaban en Buenos Aires, y daguerrotipos del Río de la Plata, Chile y mucha fotografía francesa e italiana del siglo XIX.
¡También está tu obra!
– Está mi archivo, que es monstruoso. Cada vez que buscás algo… Por ejemplo, ayer estaba haciendo una edición de fotos de Julio Le Parc, porque éramos muy amigos, y me encontré con que lo había fotografiado en diez lugares y había 200 fotos que valía la pena mirar.
¡Podías hacer un libro solo de Julio Le Parc!
– Podría, podría, pero no se puede hacer tanta cosa.
Ya hiciste más de 50 libros.
– Yo no esperaba estar tan creativo a la edad que tengo, pero estoy mucho más concentrado y soy tan feliz haciendo lo que hago, que me encanta estar en el estudio. No hago cosas sociales, estoy centrado en mi obra, y me da muchas satisfacciones y mucha alegría hacerlo. Ahora estoy en un gran baile. Tengo tres libros para darle al editor indicado. El primer libro es un segundo capítulo con Borges, que está terminado. Es una continuación de “Cosmogonías”, el que hicimos en el año 1976. Ahora a Borges lo catapultamos al espacio con textos suyos referidos al universo, al espacio, al más allá. Es un trabajo hecho con la Fundación Jorge Luis Borges; lo planeamos con María Kodama, antes de que partiera, y es realmente estupendo.
¿Cómo son tus fotos?
– Son pinturas, dibujos, todas cosas que hice en la década del 70, que encontré en una planera que estaba en el estudio en un cuarto que nunca abrí. Y encontré 400 cosas muy interesantes. Y después hice una serie de fotos que también complementan, con cosas muy abstractas.
¿Y cuáles son los otros dos libros que estás haciendo?
– Uno lo iba a publicar en Estados Unidos con una editora inglesa, y se me hacía tan larga la espera, que en un momento le pregunté a mi abogado americano si tenía una válvula de escape. Me dijo que sí, y lo tengo yo. Se llama “La mirada”, de Aldo Sessa, con palabras de Bradbury, poemas y textos sobre la fotografía. Eso está terminado, y lo tengo ahí en oferta. Y finalmente terminé mi segundo libro sobre New York en enero de este año, y lo tengo en papel, porque ahora me gusta hacer una maqueta en papel para sentir el libro.
¿Nueva York ha sido una gran inspiración en tu trabajo?
– Sí, desde el día en que descubrí New York, en 1962, estuve todos los meses de enero. Me gusta mucho porque hay nieve, hay cielos muy blancos, muy neutros. Hay escenas bastante dramáticas alrededor del frío. Tiene mucha atmósfera. Me gusta mucho en blanco y negro o en color muy poco saturado. Ahí razono como el pintor que fui tantos años.
¿Y ahora estás pintando?
– Funciona mi mano. Me pinté unos cuadros e hice varios dibujos. Es una cosa que sale del alma. Con la pintura empecé a los 8 años y con la fotografía empecé a los 17 años.
¿Cómo fue tu primera cámara?
–Fue una buena cámara de un amigo al que se la pedí para dar una vuelta a la manzana. Eran muy malas las fotos, pero la última que saqué en ese rollo era su madre con un sombrero de paja de espaldas. Es un torso con ese sombrero de paja: me encantó y ahí me largué como loco.
Pronto empezaste a trabajar en el diario La Nación. Había en el edificio de Bouchard dos fotos tuyas muy recordadas: una de Fangio y otra de un mate que pasaba de mano en mano.
–Hace poco me pidieron una copia para volver a colgarla cerca del ascensor. El gaucho para mí representa algo de lo más puro, original y patriótico de la Argentina. Es un arquetipo. Y el mate tiene muchísimo de lo bueno, de la paz, del encuentro, de la hermandad. Es como que está limpio, absolutamente impoluto.
Si uno dice “gaucho” y piensa en una foto que lo pinte, piensa en las fotos de Aldo Sessa. ¿Cómo llegar a retratar un país entero?
– Vas conociendo el país a medida que lo recorrés. Hice cuatro campañas en las que recorrí toda la Argentina, todas las provincias. Lo vas admirando en profundidad. Porque la otra imagen, que es la imagen desde acá, es bastante deplorable. No quiero hablar mal de los políticos, pero está muy prostituido el país. Los valores importantes que le harían bien a todo el mundo están dejados de lado. La educación está perdida. Entonces, cuando vas al interior, te reconforta ver que la gente sigue siendo como era hace 40 o 50 años. Y los valores básicos están presentes. Hay patriotismo, la gente es sencilla, es admirable.
¿Cómo eran aquellas campañas?
– Hacés cien planes en los cuales tenés en cuenta cuál sería la mejor luz, cuál sería el mejor clima para cada lugar. Y a medida en que vas avanzando, vas más lentamente de lo que planeabas, se te empieza a armar lío, y estás en cada lugar en el momento opuesto, o al revés. Y descubrís muchas mejores cosas también. Todo es positivo. Lo que parece defectuoso siempre es mejor. Porque te exprime, te hace sacar ideas nuevas. O te encontrás con una tormenta increíble que no se produce en otro mes. Y no es una mala noticia. Todo es bueno. Todas las peores situaciones son las mejores.
Qué linda filosofía de vida.
– Sí, todo es una sorpresa. Es bueno. Hay que ser optimista y siempre un problema te regala una visión diferente de la cuestión.
También Buenos Aires ha sido tu objeto.
– Tuve la suerte de armar un equipo fabuloso con Manucho Mujica Láinez y con José María Peña, que era director de la Universidad de la Ciudad. Peñita. Con gente así… Cuando yo estaba pintando mis cuadros espaciales, haber conocido a Antonio Cornejo, que era el director del Planetario, fue una gloria. Él me bautizaba los cuadros, les ponía los títulos. Y yo le preguntaba sobre misterios, sobre el espacio, los planetas y los meteoritos. Fue una época magnífica. Estuve encerrado en el estudio este último año, trabajando con procesos que inventé que no puedo ni siquiera explicarlos. ¡Porque son tan complejos! Y sencillos a la vez. Es difícil de explicar cómo lo hago. Colecciono cosas rotas, muchas cosas rotas. Fragmentos de vidrio, o de cristal. Donde se rompe algo, lo agarro. Se me rompieron dos copas (¡muy bien rotas!) esta semana en el estudio.
Me imagino que tienen que ver con tus trabajos más abstractos, donde vos jugás con la luz, las formas. El retratado es el arte mismo.
– Sí, exacto. Hago retratos directamente con objetos. Son naturalezas muertas. Abstracciones con cosas rotas, que encuentro tiradas, que me interesan, que me gustan las texturas. Uso luces raras que inventé. Estoy muy fascinado.
¿Qué cámara usás?
– Le saco mucho el jugo al teléfono. Y después uso dos Leica, el mismo modelo. Una es monocrom en blanco y negro, y la otra es color. Muy cómodo tener el mismo modelo.
¡Esta Leica está customizada! Tiene escrito: “Aldo Sessa”.
– Son cámaras que me da Leica. Es fantástico porque vos tenés las dos seteadas iguales. Y elegís con cuál lo haces. Tengo un lente fijo 28 milímetros.
Y con eso vas por la vida tranquilo, con una Leica autografiada en la riñonera.
– Ahora yo saco fotos por el barrio. Veo cosas escritas en las paredes. Hay siempre algo.
Tu ojo no descansa. ¿Sos fotógrafo hasta cuando dormís?
– Sí. Muchas veces me despierto y después no me puedo dormir pensando en lo que estoy haciendo. Sobre todo, si se me ocurre una idea que no tenía en cuenta hasta aquel momento. Pienso cómo la resuelvo. Es una pasión.
Le pregunto por la última foto que sacó. Saca el teléfono y me muestra una enamorada del muro sobre la que se proyecta la sombra del fotógrafo. Donde estaría su cara, hay una pluma de dos colores. Pasa a la siguiente. Aparece un Ginkgo Biloba totalmente amarillo. “Es un recuerdo. Te queda una pincelada. Ese amarillo que existe. Después lo uso”, cuenta. Desliza su dedo y aparece otra imagen. Esta vez es una copa rota, donde la escala de grises parece infinita. Una composición exquisita, donde la luz se refleja de diferentes maneras. “No sé qué haré con esa foto. Si haré algo o nada”, dice.
En estas carreras del arte, de la literatura, uno no se jubila.
– Es muy importante tener el buen sentido de no jubilarse. Porque sonaste. Si vos no tenés una misión personal, no tenés un amor loco por algo, te hace muy mal. Yo creo que se viene abajo cualquiera. Tengo 86 años. Estoy bien, por ahora.
¿Esta pasión es la que te mueve?
–Totalmente. Conservar la pasión. Yo trabajo la misma cantidad de horas que trabajaba cuando tenía 18 años: 10 horas por día. Y entonces, por ahí tengo los ojos rotos, o estoy muy cansado, no importa. Duermo, y mañana estoy bien. Y vuelvo con pasión al estudio, con ganas de hacer cosas. Y sigo, sigo, sigo. Ese creo que es el secreto, me parece. Seguir atrás de una pasión, de un anhelo. Seguir por la propia senda.
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UNA AMISTAD QUE TRASCIENDE EL TIEMPO
La historia de la amistad entre Aldo Sessa y Ray Bradbury empieza mucho antes de conocerse. Sessa había publicado su primer libro, “Cosmogonías”, en el que ilustraba con dibujos los poemas espaciales de Jorge Luis Borges. Alguien le regaló un ejemplar a Bradbury y le gustó… Borges había prologado la traducción al español de sus célebres “Crónicas Marcianas”.
Tanto le gustaron sus dibujos, que Bradbury se contactó con Sessa y le propuso hacer un libro juntos. Le mandó cerca de doscientos textos para inspirarlo. Era un paquete de cuatro kilos de papeles y una nota: “Digame si se puede hacer algo de todo esto”. Así surgió “Fantasmas para siempre”, que se publicó en 1979. Fue el comienzo de una larga amistad.
“Bradbury fue un tipo excepcional. Fue un privilegio tremendo. Fuimos muy amigos. Lo conocí en Los Ángeles y sintonizamos muy bien de entrada. Fue fantástico. Hicimos esos dos libros, de los cuales todavía hay alguna copia”, recuerda Sessa.
El libro se presentó en el Griffith Observatory de Los Ángeles y en el Planetario de Buenos Aires, presentado por Manuel Mujica Láinez el 29 de octubre de 1979. Bradbury no viajó por fobia a los aviones, pero mandó una grabación de su voz. En 1997 comenzaron un segundo libro juntos, “Sesiones y fantasmas”, con las fotos abstractas, surrealistas de Sessa y un ensayo de Bradbury. El libro se publicó en el 2000. “Estábamos haciendo un tercero, que venía muy bien, que yo lo había hecho en viajes al exterior, países extraños y demás. Venía muy bien la mano, pero desgraciadamente él se murió”.
Agencia NA


