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Locomotora Castro y aquel KO ante John David Jackson: cuando todo estaba perdido surgió el corazón gigante para un desenlace histórico

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“La historia de Castro puede ser conceptuada de manera única y sin precedentes, quizás, en el mundo entero. Llegó a campeón mundial, alternó con los mejores dignamente, sin haber entrenado ni aprendido a boxear, seriamente hablando. En él, todo fue y es instinto”. Sin condescendencia, de manera implacable, el recordado historiador y periodista de boxeo Julio Ernesto Vila describía la esencia de Jorge Locomotora Castro, que murió en la madrugada de este miércoles, a los 59 años, tras descompensarse en un bingo del gran Buenos Aires.

Fue una de las últimas grandes figuras del boxeo argentino, ya en el ocaso de la década del 90 -cuando el Luna Park se quedó en silencio-, en aquella oleada fulgurante de campeones que también integraron Látigo Coggi, Julio César Vásquez y Marcelo Domínguez. Castro fue el talento natural, el gran ejemplo del que rehuía de la disciplina del gimnasio y apostaba todo a su intuición, a su potencia y a una picardía innata e irrepetible en otro boxeador.

Su marca registrada: hacerse el sentido contra las cuerdas para generarle confianza al rival y que en un descuido él reviviera para tomar el control de la situación. Uno nunca podía saber si era cierto o no, debido a que era un hombre que tomaba riesgos todo el tiempo: debido a su estilo anárquico y a su habitual falta de entrenamiento. Una resistencia como pocas y un corazón que no cabía en su pecho eran sus armas para capear cualquier temporal y transformarlo en épica.

El árbitro Luis Guzmán levanta el brazo victorioso de Jorge Castro, tras una pelea de 1997 ante el colombiano Adolfo Caballero

Su figura, llegada desde el lejano sur del país, resucitó al boxeo argentino. Para su debut porteño, en el pequeño y legendario estadio de la Federación Argentina de Box (FAB), el boca en boca ya había hecho lo suyo: el 28 de mayo de 1988, una larga fila de gente doblaba por avenida Rivadavia. Todos querían ver al invicto de Caleta Olivia. Así se inició la leyenda de más de 140 peleas como profesional -hoy, con los cuidados y recomendaciones en este deporte, una cifra impensada-.

Fue armando su récord y su leyenda. En 1994, un combate en Tucumán ante el norteamericano Reggie Johnson -ganado de forma controvertida- le otorgó el título mundial del peso mediano. Lo defendió ante un ignoto Alex Ramos en su tierra, Caleta Olivia, con un KO sencillo. Y un mes más tarde sería su consagración planetaria.

La paliza boxística que le dio el estadounidense John David Jackson se reflejaba en el rostro de Castro, entumecido hasta casi hacer difícil distinguirle los ojos. Era el noveno asalto y las miradas estaban puestas en Stanley Christodolou, el árbitro, aquel cuya camisa quedó con la sangre de Víctor Galíndez en la épica victoria ante Mike Rossman en 1978.

Ese 10 de diciembre de 1994, el estadio de béisbol de Monterrey esperaba por su héroe, el gran Julio César Chávez. Sin embargo, Castro se robaría parte del protagonismo esa noche. Recostado contra las cuerdas, parecía que Jackson quería mostrar todo su repertorio de golpes, como si prefiriera someter y castigar a terminar todo de una vez por todas. Jackson conectó una izquierda en el centro del ring; Castro tambaleó en retroceso hacia el encordado. Ante el asedio, el argentino se la jugó con dos golpes: la derecha pasó de largo, la izquierda, en cross, derrumbó al estadounidense, que quedó boca arriba, mirando la noche mexicana. Se paró con apuro, con un bailoteo frágil mientras esperaba el visto bueno del referí. Quedaban 38 segundos cuando llegó la segunda andanada de Castro, dos ganchos de derecha al cuerpo. Jackson quedó viajó a la lona, esta vez en cuatro patas. Se paró. Christodolou lo tomó de la mandíbula, le chequeó la mirada, titubeó pero volvió a darle el pase. Un gancho ascendente terminó con todo. Jackson cayó nuevamente. Quedaban 20 segundos para el final del noveno asalto y Castro consumaba una victoria heroica que la prestigiosa revista The Ring premió como pelea del año en sus páginas.

A partir de entonces, la vida a toda a velocidad. Literalmente, con varios accidentes viales de los que salvó su vida de forma fortuita. Las cámaras, la fama, los excesos. Castro en estado puro. Su carrera siguió muchos años, pero jamás le interesó modificar su comportamiento. A Castro le alcanzaba con unos días de gimnasio y su intuición y su coraje.

Después de la gesta en Monterrey, hizo un par de defensas y perdió el título en Japón ante un discreto retador como Shinji Takehara. Mal preparado, eligió rodearse de familiares antes que de profesionales a la hora de conformar su rincón. Rompió con Osvaldo Rivero, el promotor que lo había llevado a la consagración y empezó a manejarse por las suyas.

Los años que siguieron, entre las tentaciones de la fama y una vida al límite, siempre siguió boxeando, aunque escalando categorías contra lo que indicaba la biología de su cuerpo. Tuvo dos enfrentamientos con un ya veterano Roberto Mano de Piedra Durán. Y dos oportunidades mundialistas en peso crucero -con el cubano Juan Carlos Gómez y con el ruso Vassily Jirova-, en las que perdió holgadamente.

Peleó hasta los 40, pero su figura como boxeador ya perdía ante el celebrity que animaba cualquier programa de TV.

Pese a que su indisciplina lo privó de mayores logros, el boxeo mundial no olvida a los que alimentaron su prestigio. Y Jorge Castro, con aquella muestra de coraje en Monterrey ante Jackson, se ganó un lugar en el olimpo de los puños.

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