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Los casamientos ya no vienen con manual: las parejas eligen qué tradiciones conservar, transformar o eliminar

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No hubo iglesia. Tampoco vals, ni una torta de varios pisos. En lugar de caminar hacia el altar únicamente del brazo de su padre, Julieta Chávez, de 26 años, eligió entrar acompañada también por su mamá. Frente a un lago, en un barrio privado de Pilar, una jueza de paz ofició una ceremonia en la que los propios novios contaron su historia de amor mientras los invitados, en vez de permanecer sentados en filas, se acercaron espontáneamente hasta formar una media luna alrededor de la pareja.

La escena resume un cambio que quienes organizan bodas observan cada vez con mayor frecuencia entre parejas de sectores medios y altos. Durante mucho tiempo, buena parte de los casamientos siguió un libreto bastante previsible: ceremonia religiosa, vals, ramo, torta y una larga lista de invitados. Hoy, cada vez más parejas ya no se preguntan cómo debería ser un casamiento, sino cómo quieren que sea el suyo.

Julieta y Facundo diciendo sus votos frente a sus familiares, en una ceremonia al aire libre

Según los últimos datos disponibles del Instituto de Estadística y Censos de la Ciudad de Buenos Aires (IDECBA), en 2024 se registraron 10.446 matrimonios, frente a los 11.478 de 2014. En una década, la cantidad de casamientos cayó un 9%. En la provincia de Buenos Aires, en cambio, el volumen se mantiene estable: durante 2025 se celebraron 45.972 matrimonios, frente a los 45.535 registrados en 2016, según datos del Registro Provincial de las Personas. Dentro de este último registro, se destaca que la franja de edad con mayor cantidad de casamientos fue la de 30 a 39 años.

Del protocolo a la elección

Según explica Soledad Molina, wedding planner y fundadora de Sol Molina Eventos, el cambio comenzó a hacerse evidente después de la pandemia, cuando muchas parejas empezaron a replantearse el verdadero sentido de celebrar. Algunas parejas conservan el vestido blanco, el vals o el ramo; otras los transforman o directamente los eliminan. La diferencia está en que ahora esas tradiciones pasan por una pregunta antes de entrar a la fiesta: ¿esto nos representa? “Hoy todo es opcional. Si una tradición no representa a la pareja, simplemente no forma parte del casamiento”, sostiene.

Carys Camacho, de 33 años, todavía no se casó, pero ya está tomando esas decisiones. El 26 de septiembre celebrará su boda en Mendoza junto a Jamie Rosales. Será una celebración pequeña, con unas 20 personas, en una bodega.

No quiere abandonar todas las tradiciones. Va a usar vestido blanco, quiere tener ramo y planea bailar el vals con su papá. Pero incluso esos elementos clásicos tendrán una versión propia. La ceremonia será al mediodía, habrá un almuerzo y después una celebración más informal con amigos. Todos se alojarán juntos desde el viernes, compartirán el desayuno y, por la noche, harán una especie de postfiesta. “Creo que lo nuestro es conservar esa tradición que uno ve en las películas, pero personalizada para nuestros amigos”, explica.

Carys y Jamie planean su casamiento para septiembre en la provincia de Mendoza

La ruptura con el formato tradicional también se ve en la estructura de la celebración. Las organizadoras cuentan que las bodas ya no necesariamente empiezan de noche y terminan de madrugada: hay festejos de día, celebraciones que se extienden durante más de una jornada y formatos que combinan distintos momentos con los invitados.

María Candelaria Hidalgo, fundadora de CH Event Planners, ubica el cambio en otro lugar: la relación con las familias. “Antes los novios se adaptaban mucho más a lo que esperaba la familia. Hoy pasa al revés: los invitados terminan adaptándose al casamiento que imaginó la pareja”, sostiene.

Como la boda será íntima, Carys decidió que no iba a invitar a personas que no fueran de su círculo cercano. Cuando su madre le preguntó por algunos nombres, fue directa: “No, mamá, son tus amigos, no los míos”.

Muchas parejas dejan un asiento vacío en su boda como un homenaje simbólico para recordar a un ser querido que ya falleció

Soledad Molina asegura que hoy casi no existen límites sobre qué puede formar parte de una boda. El tradicional lanzamiento del ramo puede ser reemplazado por una botella de whisky, una camiseta de fútbol o un peluche. También aparecen mascotas en la ceremonia, amigos que ofician el casamiento y homenajes a videojuegos, series o viajes que marcaron la historia de una pareja.

“Es maravilloso cuando cada decisión tiene un sentido y los invitados ven un detalle y piensan: ‘Típico de ellos’”, dice. La necesidad de construir esa identidad también modificó el trabajo de las organizadoras. Hidalgo explica que ya no alcanza con coordinar proveedores y armar un cronograma: hay que conocer a la pareja lo suficiente como para entender qué haría y qué elegiría. “Necesito conocer tanto a la pareja que, si durante el casamiento surge un imprevisto, pueda resolverlo como ellos lo harían”, señala.

Presupuestos y regalos

Esa libertad, de todos modos, tiene un límite: el presupuesto. Personalizar implica tener margen para elegir proveedores, modificar una propuesta del salón o pagar por aquello que la pareja considera importante. Por eso, las organizadoras hablan de un fenómeno especialmente visible entre sectores medios y altos.

Para Paula Mena, wedding planner con más de dos décadas de experiencia, esa autonomía también está vinculada con una cuestión práctica: muchas parejas ya conviven antes de casarse y son ellas mismas quienes financian buena parte de la celebración. Eso les permite decidir con mayor libertad cuántas personas invitar y en qué destinar el dinero.

Algunas parejas ya no arman una lista de objetos para la casa, sino que incluyen en la invitación un CBU o alias para que los invitados les transfieran dinero, que puede destinarse a la luna de miel o a equipar la casa. “Lo manejan mucho los novios”, explica Mena. A la hora de decidir cuánto regalar, algunos invitados incluso averiguan el costo del cubierto para tomarlo como referencia, el cual oscila entre $80.000 y $150.000 por persona, aunque depende de la elección de menú.

La selección del lugar también puede trasladar parte del gasto de la boda a los invitados. Algunas parejas organizan el festejo en otra ciudad o provincia. Para familiares y amigos, eso implica sumar al costo del regalo los gastos de traslado, alojamiento y otros consumos asociados al viaje. La boda deja así de ser solamente una celebración para quienes se casan y también supone una decisión económica para quienes asisten.

La boda como una extensión de la pareja

Julieta se casó el 11 de abril. Para ella y su marido, la organización de ese día era muy importante. “Era el momento más importante de nuestras vidas”, explica. Por eso, cada decisión debía tener un motivo y no podía estar ahí solamente porque “siempre se hizo así”.

No había lugares asignados, sino livings distribuidos alrededor del lago para que cada persona se ubicara donde quisiera. La comodidad también atravesó otros aspectos de la celebración: Julieta cambió los tacos por unas sandalias forradas con la misma tela del vestido y pidió a sus invitados que llevaran calzado cómodo porque buena parte de la fiesta sería sobre el pasto. No quería que la elegancia terminara condicionando la posibilidad de bailar y disfrutar.

Julieta decidió romper con la tradicional entrada únicamente con su papá

Ligia Díaz, de 31 años, se casó el 20 de marzo pasado. Durante casi un año planificó junto a Nicolás, su novio, una celebración que mezclara sus dos culturas: argentina y venezolana, así como también recuerdos propios de la pareja.

Para la ceremonia contrataron un dúo de piano y violín que interpretó versiones instrumentales de canciones significativas para la pareja. Nicolás entró a la ceremonia con una canción de Digimon; sus damas de honor lo hicieron con Love Story y Ligia caminó hacia el altar con Daylight, ambas de Taylor Swift. Para la salida eligieron una canción venezolana que había sonado cuando él le propuso casamiento.

Nicolas, la pareja de Ligia, decidió tirar una botella de whisky para sus amigos

Al ingresar al salón, como su perro no podía estar entre los 140 invitados, una gigantografía suya con moño recibió a quienes llegaban. “Queríamos que cualquiera que entrara sintiera que esa boda hablaba de nosotros”, recuerda. La personalización también alcanzó uno de los rituales más tradicionales de la fiesta. Ligia compró dos ramos: uno para conservar y otro para lanzar entre sus invitadas. Nicolás, en cambio, tuvo su propia versión del ritual: en lugar de tirar algo equivalente al ramo, lanzó una caja de whisky.

La participación de ambos novios también forma parte del cambio que observan las organizadoras. “Antes muchas veces el novio ni siquiera venía a las entrevistas. Hoy los dos participan y quieren dejar su impronta”, explica Solange Garay.

Al ingreso de la boda, una gigantrografía del perro de la pareja daba la bienvenida

Ligia tenía una certeza: no quería una boda blanca. Imaginaba flores de colores intensos y un ramo alegre: “Mi mamá me decía que parecía una boda mexicana”, recuerda.

La decisión que más tuvieron que defender fue la de reemplazar las mesas redondas por dos grandes mesones de madera para que todos compartieran el mismo espacio. “Nos decían que no iba a funcionar porque era importante ordenar a los invitados en un asiento, pero para nosotros tenía sentido porque queríamos que la gente se mezclara y conversara”, afirma. Al terminar la fiesta, terminó siendo una de las decisiones más elogiadas por quienes asistieron.

Ligia y Nicolás decidieron que sus invitados se sentara al azar en mesones largos

Carys todavía está en esa etapa. También quiere que su entrada sea diferente: quiere eleigr una canción de una de las películas que le gustan, como Gladiador o Epic. Incluso hay decisiones que toma por descarte. Todavía no sabe si habrá torta: “La bodega ya incluye postre y no quiero sumar algo simplemente porque forma parte del paquete”. De la misma manera, confesó que es muy probable que una amiga oficie la boda.

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