Así como los chicos estudian lengua, matemáticas y geografía, el psicólogo Lucas Malaisi está convencido de que también deben recibir educación emocional a lo largo de su escolaridad, del jardín a la secundaria, como una materia más para aprender a reconocer y regular las emociones.
Este sanjuanino de 45 años, presidente de la Fundación Educación Emocional, desde hace más de 10 años impulsa una ley de educación emocional. Ya está aprobada en varias provincias, como Jujuy, Tucumán, Chaco, Corrientes y Misiones, y recientemente tuvo media sanción en Salta. Aunque reconoce que todavía falta para que llegue a todas las aulas, que se necesita más capacitación docente y decisión política para evitar que la ley quede, según su opinión, en “letra muerta”.
Con una infancia difícil, marcada por la muerte de su madre en un accidente, las emociones son el faro que guía su carrera profesional. Autor de los libros Coherencia emocional, Nutrición emocional y Modo creativo, Malaisi les escribe a esas personas que considera “rotas” y que necesitan sanar heridas del pasado y aprender a amarse a sí mismas. En unos meses se publicará su nuevo libro, Tribu emocional, que define como las personas que acompañan a otros a vivir su propósito de vida. Él tiene muy claro el suyo: “Mi propósito es despertar conciencia a través de la educación emocional”, asegura.
–¿Qué es la educación emocional?
–Es generar en las escuelas espacios para que los chicos puedan expresar lo que sienten, reconocerlo y regularlo. Esto implica un montón de habilidades. El solo hecho de generar ese espacio para que ellos hablen, supongamos, de la tristeza, que lo pongan en palabras, ofrece una contención al momento de sentir esa emoción. La empezás a regular por el solo hecho de reconocer que se trata de tristeza. Al explicarlo y al contarlo, esa emoción va perdiendo fuerza, va menguando. Y además, los chicos desarrollan la empatía. Es una secuencia, hay una serie de técnicas para potenciar esto, para lograr que los chicos se conozcan a sí mismos y desarrollen estas habilidades emocionales. Básicamente, es una estrategia educativa de promoción de la salud, que tiene el doble objetivo de disminuir conductas sintomáticas y mejorar la calidad de vida de las personas a partir del desarrollo de las habilidades emocionales y de la construcción de un propósito de vida. Hacer educación emocional no es hacer terapia con los chicos, porque se sobrecargaría a los docentes.
–¿La planteás como una propuesta transversal o una asignatura concreta?
–A nivel mundial está muy aceptada, al igual que la educación sexual integral, transversalmente. Lo transversal significa hacer conjuntamente educación emocional con otros contenidos. Por ejemplo, el profe de matemáticas hace educación emocional. Pero yo soy defensor del espacio curricular. Es decir, realmente creo que para que se trabaje, tiene que ser curricularmente. Esto es darles una hora de educación emocional. Que tenga un abordaje transversal y, al mismo tiempo, curricular. Porque cuando lo trabajan transversalmente, se asume que todos lo van a trabajar. Entonces, si yo no lo trabajo, no pasa nada. Y el problema es que eso lo pensó el otro y también el de al lado. Y al final no se sostiene. Las dos formas serían ideales.
–¿Cómo se está aplicando en las provincias donde ya se aprobó la ley?
–Una ley da un metamensaje fundamental y fundante, que nunca se dio en el sistema educativo, que es legítimo hablar de lo que sentimos en las escuelas. Escuchar las emociones, hablar sobre ellas, entender cómo se sienten, qué las provoca, cómo gestionarlas. Tengo que reconocer que la ley en sí misma no es suficiente; puede ser letra muerta, y es lo que ha pasado en algunas provincias donde se aprobó. Hace falta más formación docente y eso implica una decisión política. La implementación de estas leyes fue despareja; sobre todo se implementó mucho más en ámbitos privados, que son los que tienen más autonomía y recursos. Pero a las zonas vulnerables no está llegando.
–¿Cómo afecta el uso del celular y las redes sociales en la salud emocional?
–El daño que el celular, a través de las redes sociales, ha generado, sobre todo en los adolescentes, es brutal. La generación ansiosa, de Jonathan Haidt, es best seller mundial. Por eso se están haciendo restricciones a menores de 16 años en el acceso a redes sociales en Australia, Dinamarca e Inglaterra. También se prohíbe el celular en las escuelas. En muchos lugares se hacen pactos parentales, donde los padres se ponen de acuerdo para quitarles el celular. Yo hago ayuno digital intermitente: desinstalé Instagram y lo tengo en el iPad, en el escritorio.
–¿Cuáles son los beneficios de esta educación y luego cómo impacta de grande?
–Hay muchas investigaciones que apuntan a que la implementación de programas de educación emocional da resultados positivos. Los programas son disímiles, dependen de cada país, de cada escuela. Hay una investigación base de inteligencia emocional, que fue el famoso experimento del malvavisco, en la que se puso a prueba la capacidad de regular las emociones. Se les dejó a chicos de cuatro años un malvavisco enfrente de ellos y se les dijo que si podían esperar a que el docente termine de hacer unas actividades, se comían ese malvavisco y otro más que les iban a traer. Si no podían esperar, solo se comían uno. Algunos no pudieron controlar el impulso y se lo comieron y otros sí. Pero no terminó aquí la investigación: 14 años más tarde, cuando tenían 18, volvieron los investigadores. Había diferencias sustanciales. Los que se habían comido el malvavisco tenían mucho peor promedio y no estaban en equipos deportivos, entre otras cosas. Y los que se habían comido dos, es decir, que pudieron controlar el impulso, tenían mejores notas, eran más sociables, estaban en equipos deportivos. La investigación siguió 10 años después, cuando tenían 28. En el plano económico, habían obtenido mejores resultados los que habían comido dos. La buena noticia es que estas habilidades son aprendidas. Y la educación emocional es el método para poder desarrollar la inteligencia emocional. Genera una mejora en la calidad de vida y, a su vez, ayuda a disminuir conductas sintomáticas. Si desarrollamos estas habilidades emocionales, gestionamos mejor las emociones.
“Si en la escuela empezamos a hablar y a poner en evidencia el amor propio, cómo se manifiesta, cómo es el trato amoroso, podríamos empezar a cultivarlo y empezaría a generarse”
Lucas Malaisi
–¿Esta educación podría evitar episodios de violencia en las escuelas?
–Sí. Ese tipo de situaciones son problemáticas sistémicas. ¿Qué significa esto? Que no podemos hacer un reduccionismo y hablar de una variable que interviene por sobre otras, sino que es como un desgaste de la malla social y empieza a tener estos emergentes que son las puntas de un iceberg. Con la educación evitás que se llegue a una patología.
–¿Qué emociones son más difíciles de gestionar?
–Depende de cada uno. Podés tener un tema con alguna emoción en particular en función de tu historia y de tu programación mental. También depende del estilo de apego de tu infancia, de la herida que habías tenido, y se puede generar alguna aversión a alguna emoción que estás anestesiando. Ante una herida, si no tenés capacidad de gestión o lo viviste en soledad, se genera el trauma. Si la herida es menor a tu capacidad de gestión o tuviste un adulto amoroso acompañándote, se cicatriza.
–Hablás de un despertar de la conciencia, ¿qué significa?
–En un momento de tu vida empezás a sentir que algo empieza a fallar, a molestar. Que hay algo que no anda bien. Ese es el llamado. Cada vez te vas sintiendo peor, y cuando atendés ese llamado, ingresás en un mundo oscuro; es dar ese paso que no te animás. Luego empieza como a amanecer. El despertar de conciencia es espiralado en el sentido en el que vas dándote cuenta de cosas que antes no apreciabas. Tal vez en un momento del ciclo vital vos estás persiguiendo lo material, pero después te das cuenta de que eso no es lo importante. Ahí está el poder de la vulnerabilidad, de quitarte esa máscara y permitirte el dolor. Desarrollar esta coherencia emocional acerca a la felicidad. Te sacás de encima esas mochilas, esa presión del personaje que te creaste y lográs alinear lo que sentís con lo que hacés. Coherente es la persona que se escucha a sí misma y se atreve.

–¿Por qué, para vos, buscar el amor en el afuera es imposible?
–El amor inicia en uno mismo. Si no tuvimos una buena nutrición emocional, tenemos que aprender a amarnos a nosotros mismos. Si yo tengo una herida, por ahí se va a fugar todo el amor propio. Entonces, nunca voy a poder conseguir amarme. Si otro me ama mucho, hasta que yo no cure esta herida y me ame, no voy a poder recibir el amor del otro. Roberto Pérez, a quien admiro mucho, dice que el amor propio es el modelo de todos los amores. Así como me amo yo, va a ser el amor que voy a recibir de los demás y el amor que voy a poder dar. Si tuviste una nutrición emocional intermitente, con heridas, con falencias, hay que cicatrizar las heridas y hacer esas cosas que nos nutren emocionalmente. Otro concepto muy poderoso es la pirámide de la nutrición emocional de los niños, lo que necesitan para desarrollar el amor propio. La base es el amor. Luego las frustraciones, los límites, el juego libre en los niños (que es el propósito de vida en los adultos), las ideas empoderadoras, los deberes y obligaciones y los placeres en la punta. Si en la escuela empezamos a hablar y a poner en evidencia el amor propio, cómo se manifiesta, cómo es el trato amoroso, podríamos empezar a cultivarlo y empezaría a generarse.


