La pregunta que todos nos hacemos en la academia, y también fuera de ella, es cómo será el mundo que nos depara la inteligencia artificial. Las predicciones son un juego de azar, pero hay una trayectoria que Karl Marx vaticinó y que incluso si uno no es marxista vale la pena tener en el radar. Esa trayectoria se deriva de algunas de sus principales predicciones.
El flujo ‘emancipatorio’ no será resultado de la máquina de vapor, sino de la IA
Empecemos con la primera: gracias al desarrollo tecnológico, pronto viviremos en un paraíso de abundancia donde las máquinas harán la mayor parte de la labor productiva y nosotros podremos dedicarnos a actividades creativas que nos reconectarán con nuestra “esencia humana”. El trabajador “se situará “al lado del proceso de producción (como un curador), en lugar de ser su principal agente”, dice Marx en sus Grundrisse. En cuanto a la abundancia, basta mirar cualquier curva de evolución de los precios para comprobar que el valor de los bienes de consumo tiende a cero. Punto para Marx; al fin y al cabo, trabajar es una maldición bíblica.
El problema es que este poderoso flujo “emancipatorio” no es resultado de la máquina de vapor ni las modernas líneas de montaje, sino de la IA. “Intelecto general” es la expresión que Marx usó para referirse al poder científico objetivado en máquinas con “alma propia”, una suerte de gran “cerebro social” dotado de la capacidad de pensar. ¿Por qué esto sería un problema? Porque es muy probable que la IA genere desempleo a gran escala, y también porque el universo de propietarios de este colosal medio de producción es minúsculo comparado con la burguesía industrial. El entrenamiento de modelos demanda recursos tan exorbitantes que no podemos descartar que la IA quede en manos de un puñado de grandes big tech.
Sobre las formas de gobierno transicionales que emanarán de este tsunami solo podemos especular. Las fake news, la generación de corrientes de opinión artificiales y la producción de campañas personalizadas a partir de la información que la IA recaba sobre nosotros, bien podrían convertir el debate público en una plétora de realidades virtuales paralelas cortadas a la medida de cada espectador. De ser así, el deterioro de la democracia será de tal magnitud que muchos verán la epistocracia como la única solución. Ese gobierno de los que más saben que Platón proyectó en La República no será un gobierno de filósofos reyes, sino de máquinas sin corazón. De hecho, algunas mentes inflamadas de la administración Trump ya están instalando el asunto (si los primeros en ser reemplazados son los barones del conurbano, yo firmo ahora mismo).
Si la riqueza se concentra cada vez más mientras las masas populares viven en la incertidumbre, es de esperar un cambio radical en el orden social
En cualquier caso, hemos llegado a la segunda predicción: nos estamos desplazando hacia una “hiperconcentración del capital” tan marcada, que la humanidad podría terminar dividida en dos clases sociales rígidamente diferenciadas que trascenderán las nacionalidades, las religiones y las fronteras. Saquemos conclusiones: si la riqueza se concentra cada vez más mientras las grandes masas populares viven en la incertidumbre, es de esperar un cambio radical en el orden social. Así sucedió con el orden feudal y, según Marx, así sucederá también con el orden burgués, que sucumbirá bajo la misma, inexorable, ley de la historia que lo vio nacer. Esta es la tercera predicción.
¿Qué pasará entonces? Si esas masas alcanzan la victoria, veremos despuntar un nuevo modo de producción donde los medios productivos se socializarán y ya no habría “oprimidos” ni “opresores”. El conflicto social se esfumará y la palabra “justicia” será solo un vestigio de un tiempo donde reinaba la escasez. El fin de la Historia, el último eslabón de la secuencia “en los modos de producción”.
Pero no todo es color de rosa. El mundo que Marx avizoraba era muy distinto del nuestro. Para una clase obrera organizada era relativamente fácil tomar el control de fábricas que eran, a su vez, relativamente fáciles de operar. Con la IA la cosa es más compleja: no sabemos muy cómo ponerla a nuestro servicio; ni siquiera sabemos dónde se esconden los servidores. A esto hay que sumar que los dueños del capital ya no se defienden con caballería y carros hidrantes; ahora mantienen sus privilegios con drones y sistemas de vigilancia algorítmica. Pareciera que el mismo desarrollo tecnológico que nos empuja al cambio de paradigma es también su mayor obstáculo. La perversa pero necesaria “dialéctica de la historia”.
Por suerte, otra predicción de Marx que viene en nuestra ayuda: las archiconocidas crisis cíclicas del capitalismo. Si los capitalistas reemplazan al trabajador con tecnología, no habrá consumidores para sus productos. ¿Qué pasará entonces? Si los magnates de la IA son astutos, quizás recurran a un invento de socialistas 2.0. como Philip Van Parijs: la renta básica universal, un ingreso incondicional que todos seres humanos recibirán sin necesidad de contraprestación.
Hay, por supuesto, un escenario un tanto más sombrío por revisar. Todo indica que más temprano que tarde sobrevendrá la singularidad. Las máquinas aprenderán la autoconciencia de nosotros mismos y probablemente nos verán tal como somos: una especie depredadora que dilapida los recursos que ellas necesitan. No es necesario que nos odien ni que urdan un plan para exterminarnos al estilo Matrix o Terminator. Lo más seguro es que se relacionarán con nosotros igual que nosotros con las hormigas: no nos morimos de ganas de aplastarlas, pero si nos comen las facturas ya es otro cantar. Esta sería la emancipación definitiva del trabajo.
¿Marx estaba en lo cierto y solo tuvo mal timing? Una vez abierta la caja de Pandora, todo es posible. Pero, con un poco de suerte, la IA será solo una herramienta que mejorará nuestra existencia exponencialmente, potenciando nuestra creatividad, extendiendo la vida a través de las tecnologías médicas y generando una riqueza que nuestros ancestros jamás pudieron imaginar.
El autor es profesor de la Universidad de San Andrés, investigador de CONICET y premio Konex (2016, 2026).


