Amigos, familia, salud, afectos. Gustavo Mehl nombra estas cosas como las más importantes en la vida. Le costó aprenderlo: sabe de la importancia del dinero, pero es consciente de que muchas veces “corría como loco” para pagar la luz, el gas, comer, y que esas muchas veces perdía de vista lo demás. El leitmotiv no puede ser ese. No debe ser ese. Para entenderlo tuvo que atravesar el hecho más extremo de su vida, tuvo que elegir: aferrarse a un barco que se hundía o saltar. Puede parecer metafórico, pero en su caso, no lo fue.
“Tengo más vidas que un gato”, bromea hoy, a los 78 años, en diálogo con LA NACION, y repasa intervenciones quirúrgicas: un tumor en el riñón que le tuvieron que extirpar, costillas y clavículas quebradas, aplastamiento de tórax… “Pero siempre con alegría, jamás se me borra la sonrisa”, aclara. A veces, hay que codearse con la muerte para poder mirar la vida con otros ojos.

Un itinerario bien pensado
“Lo tengo todo planeado. El 11 de julio salimos para Florianópolis”, le dijo Daniel Bastit a Gustavo. En ese momento, un día de marzo en 2007, primero dudó. Después se fue entusiasmando con la idea: siempre fue aventurero, siempre le gustó el mar. Quería ahondar en los detalles: cuánto tiempo, quiénes iban, a dónde… “Ya tengo todo armado, en unos días me llegan las cartas marinas de la costa de Brasil que mandé a buscar, y después solo resta trazar el rumbo, lo demás está todo arreglado”, aseguraba Daniel.
Iba a ser un viaje entre amigos en el barco de Daniel, el “Don Raúl”, por su padre. No era la primera vez que navegaban: Gustavo conducía programas de televisión y radio sobre pesca deportiva. Solían salir juntos por el río Paraná o el Uruguay. Pero al mar abierto, a otro país, eso era otra cosa.

Aunque originalmente iban a ser cinco amigos, dos de ellos tuvieron inconvenientes personales, por lo que la tripulación se redujo a tres: el propio Gustavo, Daniel y su primo Alberto. Lo habían estudiado todo, una travesía de varias fases: primero, pararían en La Paloma, Uruguay, de ahí irían hacia Rio Grande Do Sul, en Brasil, y, finalmente, llegarían a Florianópolis, donde se quedarían una semana. Gustavo después iba a volver a su casa en Mar del Plata en avión, porque las familias de Daniel y Alberto los visitarían allá, en Brasil.
El barco era un crucero oceánico de 20 metros de largo y 5,50 de ancho. Tenía cuatro camarotes, tres baños, living-comedor, cocina, el dormitorio del capitán. “Era grande, una linda nave”, recuerda. Para el viaje fueron precavidos: duplicaron la capacidad de combustible añadiendo tanques, llevaban 800 litros de agua potable, termotanque, un generador eléctrico. También una balsa salvavidas para seis personas con víveres para 10 días, chalecos salvavidas, linternas, todo lo necesario.
“Teníamos todo. Daniel había pedido las cartas marinas, que te van marcando las profundidades y los accidentes geográficos, como islas, islotes, ese tipo de cosas. Se las pidió a Brasil y también consiguió las de Argentina”, cuenta. La primera parte del itinerario se cumplió sin problemas: fueron al puerto de La Paloma, a unos 80 kilómetros de Punta del Este hacia el norte. Tenían que descansar, así que durmieron ahí, recorrieron un poco el lugar y, al día siguiente, partieron para Río Grande. Iban confiados con los datos que obtuvieron del tiempo, pero, casi como una advertencia de lo que vendría, las cosas no salieron para nada como las esperaban.

“Sos el protagonista y no sabés cuándo termina”
“Ahí tuvimos un problema, porque en la Guardia Costera de Uruguay nos dieron mal el parte meteorológico: nos imprimieron el del día anterior, que había sido fantástico. Nosotros salimos pensando que íbamos a tener una navegación espectacular”, relata. Empezaba una especie de lucha contra la naturaleza por un grave error humano.
Salieron a las 4.15 de la mañana. Como dijo, todo indicaba que iban a tener un buen día, con mar calmo y olas de apenas uno o dos metros, nada fuera de lo normal. Pero el panorama cambió por completo esa misma tarde. Primero el viento, un viento que empezó a soplar con una fuerza descomunal. Daniel notó, enseguida, que el parte meteorológico que les habían dado estaba mal: en realidad se proyectaban vientos de 40 nudos (74 kilómetros por hora) y olas de más de nueve metros. Pero era imposible que ellos lo supieran.
“Fue la única vez en el viaje que tuve miedo. [Las olas] eran paredes de agua que rodeaban la embarcación, te venían de adelante. El barco tenía que ‘capear el temporal’, que es cuando a la ola la tenés que enfrentar. La pinchaba y te pasaba toda esa masa de agua por arriba. Mirabas para el costado y era una masa de agua; para el otro costado, otra. Dentro del barco era un pandemónium: todo lo que había volaba”, repasa.

Víveres, cajas de mercadería, muebles, todo. También una mesa de roble de 100 kilos ubicada en el living-comedor, que “iba de un lado para el otro como si fuera un papel”. Imaginarlo como una película sería acertado para cualquiera que no estuvo ahí, que no lo vivió, porque Gustavo lo diferencia con un detalle importante: “¿Sabés cuál es el tema? Que acá vos sos el protagonista y no sabés cuándo termina. La película termina y te vas a tu casa. Acá no sabés”.
Daniel timoneaba, controlaba. Hasta cantaba: “¡Qué barco, qué barco, cómo se la banca, cómo se la banca!”. Gustavo no lo podía creer: “Yo le decía: ‘¡Estamos cubiertos de agua, zarandeándonos como locos y vos te ponés a cantar!’”. Mientras tanto, rezaba, se acordaba de que cuando era chico y tenía miedo su mamá le hacía decir: “Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”. Hoy se ríe cuando se acuerda, lo analiza: piensa que quizás su amigo lo hacía para convencerse a él mismo de que todo iba a salir bien. Y esa vez, esa sí, salió bien.
Vivos de milagro
Habla de esa tormenta como “una previa” de la que zafaron “de casualidad”. La atravesaron sin mayores problemas, pero el viaje se retrasó bastante: en lugar de llegar a Río Grande a la hora que tenían planeada, entre las 11 y las 12 de la noche, lo hicieron a la madrugada. Estaba oscuro, muy oscuro, y tenían que atravesar un canal sinuoso en el Club Náutico para amarrar en el puerto. Pero no pudieron: a esa hora estaba cerrado.
Entonces retrocedieron y anclaron afuera, como les sugirieron, para pasar la noche ahí y descansar hasta la mañana. Pero cuando Alberto se despertó para ir al baño, cerca de las seis, notó que la nave se movía: la arena del fondo era tan blanda que el ancla se había soltado mientras dormían. Anduvieron a la deriva, sin saberlo, por más de cinco kilómetros. Cuando Gustavo se despertó escuchó los motores, preguntó: “¿A dónde vamos?”. Daniel le respondió: “¿A dónde vamos? No, preguntame de dónde venimos”.
Le explicó: “Estamos vivos de milagro. Se soltó el ancla”. Habían atravesado todo el canal sin darse cuenta. Si Alberto no se hubiera despertado cuando lo hizo, lo más probable era que encallaran en la orilla. Para ellos fue una suerte que ningún barco los hubiera tocado cuando hacían el trayecto sin saberlo, porque con la oscuridad era imposible que los vieran.
Cuando pasó ese otro miedo se quedaron dos días en la ciudad, comieron, conocieron gente, miraron fútbol (la final de la Copa América). Y llegó el momento de la última etapa con destino a Florianópolis. Salieron temprano. La mañana estaba soleada. Hacía buen tiempo y esperaban una rápida navegación con el viento de 20 nudos (37 kilómetros) que los empujaba. Miraban las aves, albatros, gaviotas, los delfines que saltaban pegados al casco. Después empezó a sonar el radar. Captaba un movimiento cercano, un espectáculo que, en ese momento, fue hermoso: ballenas que hacían piruetas frente a ellos.

Mientras tomaban unos mates discutían los pasos a seguir. A Gustavo le preocupaba acercarse a esa ciudad de noche porque la zona está llena de islas e islotes y con poca profundidad. El viento, además, empezaba a soplar más fuerte, y las olas ya alcanzaban los cuatro metros. Entonces Daniel decidió que darían la vuelta a la isla de Florianópolis por mar abierto para buscar refugio.
Se acercaba el final del viaje y todo parecía bajo control. Pusieron una botella de champagne en el freezer, listos para brindar por la llegada. A las siete de la tarde, más o menos, Gustavo, que timoneaba de día, le cedió el puesto a Daniel, que lo hacía de noche, y se fue a dormir. Pero pasó poco más de una hora cuando sintió un ruido fuerte: el casco del Don Raúl se arrastraba sobre las rocas. “Estábamos cerca de la isla y había piedras más altas. Sentí ese ruido y un estruendo, el choque me sacó de la cama. Me puse un jean como pude, una remera de manga larga y salí corriendo. Cuando apoyé los pies, los metí dentro del agua. Ya no había piso”, repasa.
“Mayday, mayday, nos hundimos”
Habían chocado contra la isla. Cuando subió del cuarto a la cocina se quedó petrificado. Llegó a escuchar a Daniel pidiendo ayuda: “Agarró la radio y puso: ‘Mayday, mayday, yate Don Raúl, nos hundimos, nos hundimos”. Oyeron que les preguntaban por su posición, pero enseguida se cortó la comunicación. La lucha contra la naturaleza, ahora, iba a ser todavía más intensa. Después, la desolación: “¡Qué cagada me mandé, hermano! ¡No hay más barco, no hay más nada!”, se lamentaba su amigo.

“Las olas golpeaban el barco contra las piedras. Se empezó a salir el techo, se cayó la radio y nos quedamos sin comunicación. Un barco grande es lo mismo que un corcho en esa situación: el mar te levanta y te tira contra las piedras, a tal punto que el barco giró. Nosotros nos chocamos de frente, y de pronto era la popa la que golpeaba las piedras”, detalla. Habían chocado con las piedras de un islote ubicado en el área de cobertura visual del Faro de Santa Marta.
Daniel ordenó que fueran hasta los salvavidas, pero el movimiento de la nave era tan brusco que Gustavo salió volando hacia la proa antes de poder hacerlo. Se agarró del marco de las puertas inoxidables de la popa para no salir despedido hacia afuera. De golpe otro giro hizo que estas se cerraran sobre su mano derecha y le rompieran la muñeca. El dolor fue instantáneo: “Se me veían los huesos. Pegué un grito, no podía mover la mano”.
Los tres corrieron a buscar la balsa en el flybridge (la cubierta elevada y abierta sobre la cabina principal del yate), pero el mar había arrancado ese sector, donde estaban el radar y la balsa. No quedaba nada. La desesperación aumentaba, y Daniel dio otra orden: cuando con la próxima ola que los acercara a las rocas debían saltar, intentar llegar a una piedra fuera del barco, que se destrozaba, que desaparecía con cada azote.

“Cuando vino la primera ola que nos tiró, yo me apoyé en la baranda de popa, donde estaban colgados los salvavidas redondos, salté y caí sobre una piedra. Ahí sentí la voz de Daniel, lo último que escuché de él: ‘¡Bien, Gustavito, así! ¡Fuerza, fuerza, vamos!’”. La lucha por sobrevivir recién empezaba.
Una parte misteriosa o espiritual
Pero otra ola lo arrancó de la piedra, lo arrojó contra las rocas. En la desgracia tuvo algo de suerte, dice, porque no se golpeó la cabeza, “si no, no contaba el cuento”. Se hundía y salía a flote, tragaba agua. Después sintió un fuerte tirón en la pierna izquierda: una soga se le había enrollado al tobillo, y, gracias a eso, pudo evitar que el mar lo siguiera tragando. Quedó agarrado atrás de una piedra que lo protegió de la correntada.
Era una noche de luna nueva, todo estaba oscuro, y solo veía el resplandor de las rocas cercanas y esa soga, “terriblemente blanca, casi fosforescente”. Eso sí lo notaba: “Acá viene una parte que no sé si definir como misteriosa o espiritual, porque cuando me incliné para desatarla, vi una cosa blanca, inmaculada, como un tubo fluorescente en mi piel, totalmente blanco, y el agua alrededor tenía un color turquesa hermoso, no podía apartar la vista”.
Era un misterio, pero la desató y logró escalar las piedras que, desde donde estaba, formaban una especie de pared de casi 20 metros. Llegó a una parte plana, donde se pudo incorporar y gritar: “¡Daniel! ¡Daniel! ¡Alberto! ¡Contesten!”. Como respuesta solo oía el bramido del mar.

Intentó dar un paso y cayó al vacío sobre un colchón de tunas. Se le clavaron mil espinas en el cuerpo. Empezó a llorar, cada vez que se movía el dolor era más y más intenso: “No me podía ni tocar por las espinas que tenía en la cabeza, en la cara… Hoy todavía tengo una de recuerdo encapsulada en la rodilla. Son espinas gruesas, de unos cinco centímetros de largo”, destaca.
Tuvo que quedarse así, en ese lugar, toda la noche. Mojado, lastimado, a la intemperie y con una temperatura de cerca de 2°, al borde de la hipotermia. Las punzadas lo mantenían despierto, y hoy sabe que probablemente eso fue lo que lo salvó, se lo dijo su hijo: “Fijate que si te hubieras dormido, te morías de hipotermia. Esas espinas, cada vez que te movías, se te hincaban y te mantenían despierto. Eso te salvó la vida”.
Como se ve en las películas
Amaneció. Estaba débil: había vomitado mucho y se había alimentado poco durante el viaje para no sentirse mal por el movimiento del barco. Todo representaba un esfuerzo extraordinario. Pero se puso en pie y vio que, a su alrededor, estaba lleno de nidos de albatros. Supo lo que tenía que hacer: buscó nidos, y en los nidos, los huevos. Encontró algunos que adentro todavía estaban líquidos y los bebió para recuperar fuerzas.

Después se acercó al lugar donde habían chocado. “Cuando llegué, era tal cual se ve en las películas: restos de telgopor, maderas, la heladera flotando por un lado, la cocina por el otro. Vi un salvavidas redondo, que todavía conservo en mi casa. Sabía que si no escuchaba ningún quejido, no iba a verlos [a Daniel y Alberto]”, relata.
Hacia el mediodía vio en la playa de enfrente a tres personas. Pensó que eran chicos jugando, pero resultaron ser guardafaunas. Les hizo señas con el salvavidas que había agarrado, pero cuando los hombres desaparecieron pensó que no lo habían visto. Casi una hora después se sorprendió: vio una moto de agua que se acercaba. El conductor le empezó a gritar en portugués: “Ponte o colete”. Gustavo no entendía, pero se “avivó”, se colocó el salvavidas y nadó hacia la persona. Tenía terror de meterse de nuevo en el agua.
“La sensación fue como si me hubiera agarrado un infarto, una aguja clavada en el corazón por el frío del mar. Quedé aletargado, no podía mover nada y la corriente me empezaba a llevar. No sé cómo saqué fuerzas, moví los pies y empecé a bracear con la mano izquierda sola, manteniendo la derecha (destrozada) fuera del agua”, agrega. El conductor tuvo que hacer malabares para poder subirlo, pero lo logró.

“Me desperté en el baño de una casa, debajo de una ducha caliente, con la gente mirándome sin animarse a tocarme por la cantidad de espinas que tenía clavadas. Ya habían llamado a la ambulancia, me dieron una bebida caliente, me prestaron ropa y me llevaron al hospital”.
“Me siento culpable por estar vivo”
Al día siguiente encontraron los cuerpos de Alberto y Daniel a casi 60 kilómetros del lugar del impacto. Gustavo cree que murieron pensando que él había fallecido cuando la ola lo arrancó de la piedra, después de saltar.
El cónsul argentino en Brasil, Valdo Palmai, lo visitó y le advirtió que irían de la Justicia a tomarle testimonio, y le dijo: “No declares absolutamente nada si no estoy yo presente, va a venir un fiscal, su trabajo es encontrar un culpable y, al ser el único sobreviviente, el culpable vas a ser vos”. Lo ayudó en lo que pudo, le insistió en que se dejara fotografiar por los medios para que su familia viera que estaba bien. Después Gustavo pudo hablar con su hija. Le contó que Alberto y Daniel habían fallecido y le pidió que le avisara a sus familias.
Tuvo que reconocer los cuerpos, pero por su estado, pudo hacerlo sin ir a la morgue, viendo las fotografías. El fiscal le tomó declaración, como le había dicho Palmai, y el hecho quedó asentado como un accidente, “que es lo que fue”. El domingo, tres días después de lo sucedido, volvió a la Argentina en un vuelo que originalmente estaba lleno, pero en el que su amigo, Carlos, entonces presidente de entonces de Emtur, consiguió que lo ubicaran de urgencia.

Ya en la Argentina le sugirieron que viera un psicólogo. Este le aconsejó que hablara, que contara todo lo que pasó para sacárselo de encima. Pero él le repetía: “Me siento culpable por estar vivo”. En pocas sesiones el especialista le hizo entender que era normal, que se le iba a pasar. Y pasó.
Empezó escribiendo para él, una forma íntima de catarsis que le llevó 17 años hasta que decidió publicarlo en un libro, Cara a cara y seguir vivo. Aprendió de la vida y de la muerte. Hoy no descarta “por nada” reunirse con sus amigos, valora, sobre todo, a los afectos antes que al dinero, sabe enfrentar las tragedias con una sonrisa. Siempre con una sonrisa.
Ahora, cada 18 de julio, día del accidente, festeja su segundo nacimiento. Hay una razón, como escribió en el cierre de su libro: “Lo que llevo caminado tiene matices de todo tipo pero, en definitiva, es un canto a la alegría de vivir. Merece ser contado. Creo que lo haré”.


