MADRID.— Son las dos de la tarde en Cadaqués, la localidad catalana ubicada a pocos kilómetros de Francia. En este sitio paradisíaco junto al Mediterráneo, con playas rocosas, Salvador Dalí erigió su casa-taller. Es también el sitio donde Milena Busquets (Barcelona, 1972) pasa sus veranos, un pueblo que inmortalizó en la exitosa También esto pasará (2015), y el lugar donde le gustaría morir, donde aprendió lo que es la libertad (“que se parece mucho a la felicidad”). A Cadaqués le dedica un texto que aparece en Mujeres elegantes (Lumen), su último libro, ya disponible en las librerías argentinas, en el que reúne una serie de reflexiones en las que imprime su estilo honesto para hablar del amor, de la muerte, de literatura y de la cultura. En aquella casa, la escritora instala su oficina durante varias semanas, donde escapa del calor infernal del estío y, desde allí, recibe a LA NACION por videollamada.
Hace poco más de una década Busquets escribió una novela sobre su alter ego —así la definió—, Blanca, una mujer que atraviesa el duelo de su madre. La escritora atravesaba el propio duelo de su madre tras la pérdida de Esther Tusquets, la mítica editora referente de una generación de intelectuales. También esto pasará fue un boom editorial que se tradujo a 30 idiomas. Luego vino Hombres elegantes y otros artículos (2019), la novela Gema (2021), Ensayo general (2024), y La dulce existencia (2025), el diario de rodaje de la adaptación de También esto pasará, dirigida por María Ripoll.

–Le dedicás el libro a Guillermina, la primera mujer elegante que conociste. ¿Quién es o quién era?
–Era mi abuela materna, con la que conviví muchísimos años, porque ella vivía en el ático y nosotros en el piso quinto. Yo quería más a mi abuelo; tenía una relación más cercana con él, pero mi abuela siempre fue un ejemplo de mujer impecable. No era nada consumista, pero era muy elegante, mucho más que mi madre o que yo, que somos más alocadas. En esa época, la gente se hacía la ropa en el sastre; jamás la vi con vaqueros, jamás la vi con deportivas. Era otra época.
–“No sé exactamente quién soy, pero sé que no soy una persona elegante. Y lo más importante: sé que no quiero serlo. Entre ser elegante y ser uno mismo, prefiero ser yo misma”, escribís. ¿Para qué sirve la elegancia?
–La elegancia sirve para escribir, pienso que hay escritores cuya prosa es sumamente elegante. Estoy pensando en Natalia Ginzburg, por ejemplo, pero también en Elena Ferrante. La elegancia, en otro ámbito, requiere un esfuerzo enorme, tiempo y dinero. Además es una especie de corsé. Estoy absolutamente a favor de que nada esté pegado al cuerpo. La gente no dedica tiempo a la elegancia porque hay temas más importantes y acuciantes. Puedo dar fácilmente algunos consejos sobre colores para vestir, pero no puedo decir cómo debes ser tú mismo. Eso es una búsqueda vital. El arte más difícil es seguir siendo uno mismo, porque, para empezar, tienes que averiguar quién eres y cambiamos constantemente lo que no nos gusta de nosotros mismos. Yo me pregunto muchas veces quién soy. Eso es mucho más divertido que encontrar los vaqueros o la camisa blanca perfectos.
La elegancia requiere un esfuerzo enorme, tiempo y dinero. Además es una especie de corsé. Estoy absolutamente a favor de que nada esté pegado al cuerpo.
–¿Qué has encontrado recientemente de tu mamá en vos? Quizá algo que no habías descubierto ni desarrollado antes.
–Lo físico primero. Ahora que me estoy haciendo mayor, que estoy envejeciendo, si de repente miro en el espejo, digo: “Esta expresión es de mi madre”. Y de carácter (piensa). Es que mi madre era mejor que yo y peor que yo en casi todo: era espléndida, reconfortante, salvadora, o era un monstruo de manipulación y egoísmo. No creo que tengamos cosas en común, pero sí hay cosas que aprendí simplemente porque vivía cogida a sus faldas, escuchándola.
–En uno de los textos de Mujeres elegantes planteás algo con mucha claridad: no te considerás una intelectual.
–No. Soy una escritora. Un intelectual es una persona que normalmente escribe en la prensa y tiene una opinión formada sobre todo: la realidad política y social. Yo hablo desde un entorno muy pequeño, mi barrio, mi pequeña ciudad, mi familia y mi perra. No considero que sea mi obligación, como escritora, reflexionar sobre las grandes cuestiones históricas, sino sobre las del alma, las humanas. No pienso en la realidad con la suficiente asiduidad. Una intelectual es alguien que está muy involucrado en su tiempo y en todos los movimientos políticos y sociales; tiene que pensar en su realidad, y yo soy mucho más sensorial.
–¿A quién considerás un intelectual?
–Pienso en Umberto Eco [asiduo visitante de su casa, cada vez que visitaba Barcelona] o en Milan Kundera.
–Eco tiene un concepto muy interesante llamado “decodificación aberrante”, que consiste en las interpretaciones equivocadas, incluso absurdas, que un lector hace de un texto. Vivimos en un momento en el que todas las interpretaciones parecieran ser válidas, pero con frecuencia hay críticas o lecturas desacertadas.
–No leo las críticas, pero me parece muy lícito que cada uno lea las cosas a su manera. La gente lee y entiende lo que quiere: leemos con nuestras lecturas y vidas pasadas, con nuestros prejuicios, con nuestras filias y fobias. Me hace mucha ilusión que me lean cuando me leen. A veces ni un propio escritor sabe muy bien lo que ha dicho, porque las partes mejores o las páginas más destacadas no salen realmente de un cerebro analítico, sino de una parte más intuitiva, de algo que hacía tiempo que querías decir y que no sabías cómo.
–En Mujeres elegantes, escribís que hay críticas que mereciste y que te han generado depresión o angustia.
–Me pasó muy al principio, ahora hace tiempo que no leo las críticas. La experiencia sirve para que te tomes menos en serio y de forma más relativa. Recuerdo que hubo una crítica que me desmontó muchísimo. Si yo tuviese que recomendar algo a un escritor que comienza, le diría que no leyese las críticas, ni las buenas ni las malas, porque nada significa lo que se se escriba de él y todo es muy temporal y pasajero. De repente gustas, de repente parece que no gustas, de repente resulta que gustas mucho más de lo que piensas… Que nadie se crea que ha alcanzado la cúspide de nada por haber vendido muchísimo un libro, y que nadie se piense que es un autor pésimo por vender pocos de otro. Creo que lo único que nos juzgará será la historia, lo cual suena un poco pretencioso, pero no hay mucho más.
–Quiero retomar la idea de los intelectuales. De los autores que están escribiendo en el presente, ¿a quién considerás un intelectual?
–Michel Houellebecq siempre me interesa y, muy a menudo, me ha hecho cambiar de opinión. Se ha convertido en un emblema contra la eutanasia, y yo estoy en contra de todo lo que atente contra la libertad individual. Te puede gustar o no, pero nunca dice lo esperable. Piensa. No sabes lo que va a decir. También Hanif Kureishi, con sus observaciones sobre la cultura. Creo que es propia de algunos países esa idea de involucrarse en la vida social, como ocurre en Francia, donde, además, la idea del intelectual, de personas comprometidas con su tiempo, proviene de allí. También pienso en Emmanuel Carrère, cuya inteligencia es menos pura que la de Houellebecq. O Annie Ernaux, una pensadora que se posicionó con mucha claridad.
–En América Latina también se le exige al escritor que adopte una posición política. ¿qué ocurre en España?
–No, en España no. A los escritores los sacan a pasear un par de veces al año: el Día de Sant Jordi, el Día del libro o cuando dan un premio, para que estén ahí tranquilitos. Aquí se les hace mucho menos caso que en Francia o, como decía mi madre, como se le hace en Argentina. En España, si estás posicionado políticamente, los políticos intentan utilizarte, al igual que intentan aprovecharse de un actor, por ejemplo, cuando se posiciona. Pero aquí nadie te viene a preguntar nada. Ha habido épocas en las que pasó lo del independentismo catalán y te llamaban más para que dijeses algo, pero ahora lo que está pasando no es precisamente apasionante.
–¿A qué te referís? ¿A los juicios por corrupción en el seno del gobierno?
–Que un político robe no es ninguna sorpresa para nadie, pero nadie se plantea dimitir. Todos dicen que es culpa del otro, y todo el mundo quiere estar más tiempo en el poder. Les ha costado años llegar allí. Cuando yo era chica, había respeto hacia los políticos, y lo que han conseguido es que se les pierda el respeto a la gente que tiene que votarles.
–El libro plantea que existe un concepto, el de alta cultura, que se ha ido erosionando. ¿Por qué pensás que pasó?
–La cultura, en general, requiere el esfuerzo de todos, no solo de Umberto Eco. Ahora vamos a hablar muchísimo de La Odisea y leerla es un trabajo que requiere un esfuerzo mayor que seguramente requeriría ver la película. Hoy todo es muy rápido; incluso a los jóvenes les cuesta encontrar pareja. Todo requiere esfuerzo y tiempo, concentración, constancia. Sin embargo, hay una tendencia a dejar de lado lo que no te resulta muy fácil. Lamento mucho no haber continuado estudiando latín. También me encanta Sex & the City y puedo pasar mucho tiempo viendo cosas muy facilonas. Ahora estoy trabajando; es algo bastante serio y, para entretenerme, leo a Agatha Christie, porque me reconforta.
–Escribís, de modo muy valiente, que a menudo cambiás de opinión o que no tenés miedo de hacerlo. Esto parece ir en contra del espíritu de esta época, en la que las ideas son tan monolíticas o radicales.
–Las opiniones se anquilosan como se anquilosan los músculos, si no se mueven. Claro, hay algunos temas que son parte de tu identidad, pero no está mal revisar quién eres o en qué piensas.
–¿Seguís siendo fan de Lionel Messi?
–Sí, pero no estoy siguiendo el Mundial. Sé que está jugando muy bien y que ha marcado tres goles en un solo partido. Aquí, en Cadaqués, el Mundial no es muy palpable y es probable que por la cercanía con Francia, simpaticen por ellos.


