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Nació en un paraje que no aparece en Google Maps y hoy estudia dos carreras en Buenos Aires

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Sebastián González nació hace 20 años en Esteco, un paraje tan pequeño que no aparece en Google Maps. En esa comunidad del Impenetrable de Santiago del Estero viven apenas ocho familias. Allí creció feliz, dice, en un rancho con dos cuartos y cocina, con el baño afuera y sin energía eléctrica ni agua potable. Creció junto a sus padres, sus hermanos y la ruidosa compañía de gallinas y vacas.

Sebastián llega puntualmente al encuentro con LA NACION en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, donde estudia dos carreras a la vez: Administración de Empresas y Contador Público. Lleva camisa blanca y pantalón y suéter negros, algo así como el uniforme que usa en el trabajo, su primer empleo formal.

Ramón, su papá, no terminó la escuela primaria y Silvia, su mamá, abandonó en la secundaria. Siguieron, reflexiona Sebastián, la costumbre, marcada por la necesidad, de trabajar en la producción de carbón y la cosecha de aceitunas en La Rioja. Más allá de la ausencia de referencias que lo motiven a estudiar, Sebastián siempre pensó que estudiar era el camino para progresar.

“Hice jardín y primaria en la escuela rural 376, cerca de mi casa, entre juegos y enseñanzas de mis queridos maestros Nélida, Gladis, Ester y Oscar. En 2018, los 12 compañeros terminamos séptimo grado. Fue el año que más egresados hubo. Ahí mismo estudié 1° y 2° año, en un anexo del secundario de San José del Boquerón, que está a unos 16 kilómetros. Fue creado para que pudiéramos continuar los estudios en el pueblo durante el turno tarde al menos esos dos años”, dice. Y recuerda con afecto a su tutora Natalia, que lo entusiasmó para completar su formación.

Sebastián cuenta que el rancho de su familia está a 200 metros del río Salado, de donde sacan agua para almacenar en aljibes o cisternas. Su infancia y su adolescencia, recuerda, estuvieron marcadas no solo por el estudio, sino también por el trabajo de recolección de agua y cuidado y alimentación de las gallinas, que son para el consumo familiar.

“Siempre supe que no quería trabajar en el campo, pero igual crecés ayudando a tus padres todos los días. Es muy sacrificado. La producción de carbón durante el verano es muy dura. Pero yo tenía muchos sueños, me quería comer el mundo. Incluso en un lugar tan hostil para soñar más allá de lo conocido, mis aspiraciones a futuro se hacían cada vez más fuertes”, afirma Sebastián.

En 2020, en plena pandemia y mientras se ocupaba de llevar carbón desde los puntos de producción en las comunidades hasta su galpón de acopio para la comercialización, se pudo comprar un celular para poder seguir estudiando en plena virtualidad del colegio. Así terminó el segundo año.

A partir de tercero llega la gran deserción escolar en el paraje Esteco: muchos adolescentes no pueden viajar ni alquilar para terminar los estudios en el secundario ubicado en El Ceibal de Boquerón. “Allá la gente es muy hospitalaria y recibe a quien conoce o le alquila sus habitaciones. Viví solo en la pieza de un conocido durante el tercer año, en el final de la pandemia. Y en cuarto, mi maestro de primaria Oscar Carrizo y su esposa Josefa me invitaron a su casa y me hicieron parte de su familia, con su hija Ruth y su nieta Antonella, mi compañera y hoy mejor amiga. Ella estudia educación física en Santiago del Estero, a 450 kilómetros”, refiere con mucho agradecimiento.

Durante los veranos, a sus 16 y 17 años, trabajó en la cosecha de aceitunas en La Rioja con sus hermanos. Ninguno de ellos siguió estudiando. “Daniel, de 28, porque no le gustaba. Se casó con Rosa y tienen dos hijos, Benjamín y Julieta, de 8 y 3 años. Antonio, de 25, en pareja con mi amiga Carla, quería estudiar, pero lo agarró la pandemia y no pudo. Los dos viven en el rancho y trabajan en el campo con mis padres –explica–. Aunque el lugar es chico y rústico, desde Buenos Aires extraño el hogar.”

La beca que le cambió la vida

Cuando era chico, Sebastián quería ser abogado. Aunque fue cambiando de carrera, siempre supo que quería estudiar. “Era difícil, pero tenía conocidos que lo lograban con becas de la parroquia. Justo cuando terminé quinto año, en 2023, la gente de la escuela Goethe del Gran Buenos Aires volvió al pueblo después de la pandemia con actividades compartidas con los alumnos y talleres de orientación vocacional. Ellos saben que si hay una chispa, van a encenderla. Yo no me perdí ningún encuentro durante esa semana, pero no me imaginé que me iban a abrir el camino. La vicedirectora Cecilia Barrio y Carola Uncal, de la comisión directiva, fueron mis hadas madrinas”, relata, con una gran sonrisa.

“La beca no fue solamente una ayuda económica para pagar el alquiler –reconoce–. Para mí significó tener una oportunidad y, sobre todo, una red de personas que creyó en mí cuando yo todavía no sabía hasta dónde podía llegar. Estas becas son la posibilidad de que alguien que nació en un lugar con pocas oportunidades descubra que sus sueños se pueden cumplir”.

En la noche del 18 de enero, con 18 años, Sebastián dejó su casa y su tierra con una maleta explotada de sueños y, entre lágrimas, se despidió de sus padres en la parada del micro que lo llevó a la capital bonaerense, donde unos tíos lo esperaron y lo llevaron a la residencia donde vivió todo el año. A pesar de sus miedos, los de su mamá y los “silencios infinitos” de su papá, empezó a cursar Ingeniería Industrial de la Universidad Nacional de La Plata con su primera y modesta netbook. Enseguida se dio cuenta de que le costaba mucho y necesitaba clases particulares para aprender cosas que los otros estudiantes ya sabían. “Me preguntaba si podía seguir, pero yo quería estudiar y no quería fallarle a nadie”, se sincera.

Durante la Noche solidaria de la Goethe-Schule, que recauda fondos para sus becas, Sebastián subió al escenario para contar su historia y su búsqueda de empleo. Esa misma noche, un padre le ofreció un puesto en su empresa en Villa Lugano. Y después de varias entrevistas, el 6 de octubre consiguió su primer trabajo formal como analista junior en Recursos Humanos, de lunes a viernes de 8 a 13.

Al terminar su primer año de estudios en La Plata, con la ayuda de otra tía, se mudó a un hostel cerca de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, porque decidió cambiar de carrera. El primer cuatrimestre empezó el CBC para Administración de Empresas y el segundo hizo el trámite para estudiar simultáneamente Contador Público. “Estoy muy orgulloso. Siento que me falta mucho para estar igual a los demás, pero lo compenso estudiando toda la tarde sin descanso”, asegura.

La ciudad es enorme y abrumadora, y Sebastián es tímido e introvertido, pero en sus pocos ratos libres disfruta de largas caminatas por la ciudad y les saca fotos a los edificios antiguos. “Mi sueño es volver al paraje, con los dos títulos bajo el brazo, para devolverle al pueblo todo lo que me dieron, porque es hermoso cómo se vive en Esteco de manera simple y desconectada, en la paz del campo. Y si no se da, al menos regresar como voluntario de la Goethe para ayudar a los otros tantos chicos llenos de sueños, que muchas veces se terminan apagando por la falta de recursos”, dice.

A la pregunta de qué extraña, responde sin dudar: “Las empanadas, los guisos de gallina, los pasteles de charqui, el locro, el estofado, las tortillas y el pan de mi mamá. También las tardes de mates. Escuchar los pájaros, los animales, la música en la radio, el calor de las brasas en invierno y el agua del río en verano. Ver crecer a mis sobrinos, como así también el paso del tiempo en mis padres. Me encantaría que ellos pudieran venir a la ciudad para conocer dónde vivo y estudio”.

Más información

El colegio Goethe de Boulogne tiene un programa para apoyar a la comunidad del Impenetrable.

  • Podés apadrinar a un estudiante del Impenetrable santiagueño que desea continuar sus estudios terciarios y/o universitarios o sumar tu aporte económico a través del alias de Mercado Pago: GOETHE.PAS
  • Informes y venta de entradas para la próxima Noche solidaria de la Goethe-Schule en [email protected] o el teléfono 011-4513-7700.

Vidas Desiguales

Esta nota forma parte de Vidas Desiguales, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca promover oportunidades reales para adolescentes y jóvenes que crecen en contextos vulnerables

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