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No espere, itere

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A comienzos del siglo XX, cuando la electricidad empezó a reemplazar al vapor, muchas fábricas hicieron lo previsible: sacaron la máquina de vapor y pusieron un motor eléctrico en su lugar y siguieron produciendo igual que siempre. La tecnología era claramente superior. Y, sin embargo, las ganancias de productividad tardaron en llegar. Recién aparecieron cuando alguien se animó a rediseñar la fábrica entera alrededor de la electricidad: cuando se reorganizaron las líneas de montaje, repensar los flujos, cambiar la disposición de las máquinas y, sobre todo, la forma de trabajar de las personas.

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McKinsey retoma esa historia en su recién publicado informe, De la adopción al impacto: tres horizontes de la transformación con IA para explicar por qué tantas empresas invierten hoy en inteligencia artificial y cosechan tan poco. Dos claves: la IA no genera valor solo porque más gente la use y las ganancias individuales importan, pero rara vez se traducen en ventaja cuando la organización que las rodea permanece intacta. El estudio, basado en una encuesta global a 750 empleados y líderes, ordena a las organizaciones en tres horizontes. En el primero, habilitación, se reparten herramientas de IA para tareas puntuales. En el segundo, automatización, se optimizan flujos de trabajo completos. En el tercero, reinvención, se rediseña desde cero cómo se hace el trabajo. Casi el 90% de las empresas sigue aferrada a los dos primeros. Solo el 11% llegó al tercero y en ese grupo, el 48% de los líderes dice estar capturando valor real, contra el 13% del horizonte inicial. Según McKinsey, los empleados se adaptan más rápido que las instituciones que los emplean. Y cuando el informe pregunta qué explica la diferencia entre capturar valor o no, la respuesta muestra que la preparación organizacional pesa casi el doble que la individual (48% contra 25%).

¿Qué podría ayudar a acelerar este cambio? Generar confianza. Pero no confianza en la IA como tecnología, sino en la organización y sus líderes para acompañar a las personas en el cambio. Prometer que “nada va a cambiar” calma un rato, pero se derrumba apenas los hechos contradicen la promesa. La confianza, en cambio, se construye diciendo lo que se sabe y también lo que no, cumpliendo lo prometido e invirtiendo de verdad en las capacidades de la gente. Porque la transformación con IA es, en última instancia, una historia de cambio y reinvención humana. La tecnología crea el potencial; las personas crean el valor. No se trata de superponer modelos nuevos sobre estructuras viejas, sino de animarse a repensar cómo decidimos, cómo aprendemos, cómo nos organizamos. Por eso el mensaje del informe cabe en tres palabras: no espere, itere. Los que hoy construyen ventaja son los que aprenden, rediseñan y evolucionan más rápido que el resto.

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