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Pasión, locura y conspiraciones: el “argentum” mundialista que corre por dentro

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Miramos el Mundial como quien observa un oráculo, esperando que se manifieste ante nosotros la materia que nos corre por dentro: el argentum, ese metal semiprecioso que conduce el calor de la nación. Miramos el Mundial como los griegos iban a Delfos, como los antiguos estudiaban las vísceras de las bestias ofrecidas. El fútbol estiliza esos rituales; la diferencia es que no hay afuera, estamos todos adentro.

Abuelas, bibliotecarias y cajeras devienen sacerdotisas, administradoras del gualicho ancestral: operan su magia sobre plasmas y heladeras que de repente cobran vida, artefactos ordinarios que se vuelven médiums del deseo nacional. Cuando una Selección tan flamígera y noble como ésta juega un Mundial, las lobas de Fiorito cantan y se comen las eses como las divinas de Belgrano, los gays corean con vozarrón, los intelectuales hacen cuernitos al arco enemigo, los niños se dan cuenta de que jugar a la pelota es algo muy serio y los hombres se deshacen a golpes de angustia y felicidad. Todos estamos adentro; todos paladeamos el vértigo, la ferocidad.

Las clases sociales y las diferencias de género caen, se vuelven irreales: y la separación entre la magia y el mundo real desaparece. Todos estamos adentro de la misma historia de héroes, de villanos que caen abatidos y que se renuevan, de valores olímpicos que premian la bravura en el campo de batalla. Durante el Mundial, Dios no está en el cielo: camina con piernas cortas hiperveloces sobre el césped.

Por cábala, un grupo de amigos alquiló una casa para ver juntos el Mundial

La pregunta de qué viene a ser una nación fue una constante en este Mundial. ¿Basta tener un pasaporte francés para ser francés, como se preguntaron homéricos los bardos de “Corran la bola”, y también Mariano Rajoy? ¿Puede una nación ser considerada una nación si nació en la década de 1970, como Cabo Verde, o si forma parte del Reino de Holanda, como Curação? ¿Los imperios que colonizaron y sojuzgaron vastos territorios africanos tienen mejores equipos que los países que no esclavizaron a nadie? ¿Existe una composición racial correcta de una nación, o para ser una nación hay que emular la historia esclavista y segregacionista de dos o tres naciones que marcan el paso de lo que debe ser una civilización?

En la Argentina, el fútbol engloba todos los signos de la invención de las naciones, como la pensó Eric Hobsbawm. Para existir, una nación debe contar con un himno, una épica nacional, la reivindicación de un territorio, una frontera, el relato común habitado por mitos, héroes y venganzas; en última instancia, la justificación de la guerra. Para los argentinos, el juego es la forma interior de la nación; el juego -mucho más que la Historia- nos devuelve tangible el aura nacional.

Durante el Mundial, la Argentina le mostró al mundo su propia versión de qué viene a ser una nación libre y soberana, en un momento en que la democracia liberal se encuentra amenazada. La idea del orgullo nacional es una rareza en el planeta; en general, los jugadores cantan su himno con sobriedad, y algunos, como los alemanes, apenas mueven la boca (tienen el problema de que a Hitler le encantaba el himno, aunque fuera austríaco). Antes de enfrentarse a la pérfida Albión, los jugadores argentinos juraron con gloria morir como el haka de un antiguo culto guerrero. Yo vi la final en Paxos, una isla del mar Jónico, y todos nos pusimos de pie a entonar rabiosos el himno en un bar, rodeados de ingleses que hinchaban contra nosotros. En la Argentina, el himno canónico se mezcla con las canciones espontáneas, que cantan su propia historia de gestas y rencores patrióticos; “Muchachos” había sido el himno popular de 2022, donde habían reaparecido “los pibes de Malvinas” en un verso.

Messi y el Dibu Martínez durante el himno nacional

Por eso la bandera de Malvinas no estuvo totalmente fuera de lugar: Malvinas forma parte del folklore de ganarle a los ingleses, igual que el cantito saltarín y la mano divina del Diez. Somos respetuosos de los ritos heredados. El partido con Inglaterra fue idílico: demostró que la historia existe pero no realmente, porque el juego es todo. La épica requería que la nación que nos venció en el Sur fuera escarmentada nuevamente en el campo del juego, el espacio del talento: el objetivo militar fue cumplido con creces. ¿Hubieran agitado la bandera de Malvinas si perdían? Decididamente, no.

Por eso necesitamos una explicación. Una teoría que explique cómo fue posible que perdamos contra un país que ni siquiera nos calentaba particularmente, como sí nos enardecía jugar contra Francia o Inglaterra. ¿Y si volvieron a actuar contra nosotros las antiguas fuerzas del mal, que conspiran (desde la oscuridad de los tiempos) para que Argentina sufra? La teoría conspirativa es la forma de la verdad contemporánea: es una forma de darle continuidad a ese argentum desbordado. Ahora que lo vimos en acción, que se manifestó ante nosotros, no puede simplemente desvanecerse en el aire, y la teoría conspirativa arma su cauce. La conspiración funciona porque, en ese mundo posible, no perdimos realmente.

Aquellos ajenos a nuestra civilización mantienen la alucinación colectiva de que los argentinos estamos participando de un torneo. No ven que el Mundial no se trata de una disciplina como el tenis o la náutica. El Mundial es el palimpsesto donde se graba la memoria, donde los argentinos se intoxican de ese argentum; es algo que ocurre a puertas adentro de la nación, donde sea que vivan. Un rito fuera del tiempo.

Sufrir y ganar. Argentina vs. Inglaterra en pantallas, Buenos Aires.

Es duro perder. La teoría conspirativa de que la final estaba arreglada para que la Argentina pierda tiene el valor terapéutico de un caramelo de potencia interminable. El domingo pasado la Argentina perdió un partido de fútbol. El rival lo superó físicamente, con una táctica que ya habían desplegado contra Francia, presionando muy arriba, no dejándonos salir. Francia perdió en 90 minutos, nosotros duramos 110 minutos con un hombre menos y un solo gol.

Más que una campaña orquestada para odiar a los argentinos, lo que ocurre es algo que, de tanto ganar, habíamos olvidado: al que pierde se lo castiga. Al que pierde le cae el peso de la horda encima; ganar no es sólo el oro, sino evitar la jauría simbólica. Y con su extravagancias salvajes y patriotas, la Argentina parece una contracultura díscola, dionisíaca, a contrapelo del decálogo de la buena conducta global. Argentina premia el brillo del individuo excepcional, la fricción y la fuerza, la glorificación del instinto, el vigor rabioso de Copa Libertadores y el placer estético de ver a un Simeone o al “Cuti” saltarle a la yugular al rival, como lo hizo el gallardo Paraguay contra Francia (y como entendió perfectamente Inglaterra, que cultivan hace siglos el orgullo estilizado de su pureza violenta).

En la Argentina, prevalece el culto del héroe, mientras que, en el mundo “civilizado”, el héroe es una figura masculina en retirada. Lo nuestro es el desborde, el roce y el contacto, versus la telaraña interminable de pasesitos. Son los atributos de nuestra civilización; allá afuera, los bárbaros ajenos a nuestro mundo aplauden la disciplina colectiva, el fútbol ascético, sanitario, de videojuego, el equipo como una forma de ballet masculino. La receta europea puede tener su encanto, aunque su sabor sea insípido para nuestro paladar amante de las emociones fuertes.

Durante el Mundial, formamos parte de un antiguo culto guerrero cuyos valores son la amistad, la gracia y la fiereza. Nuestros hombres tienen el garbo exquisito del maleante, llevan la piel barroca de símbolos y mensajes; los sigue un coro propio eternamente juvenilista que piensa vía canción. Tenemos que enorgullecernos de nuestro alto estilo sudamericano, más emparentado con los guerreros aqueos que con esta época santurrona, y disfrutar de la diferencia en la discordia.

Logramos, también, los que pocos pueden: nos libramos de la condescendencia paternalista de las potencias culturales. Si pueden, nos pegan en el suelo: es su manera de reconocer nuestra altura, nuestra peligrosidad.

El Mundial nos acercó una fantasía con la que no podemos ni soñar: una utopía de perfección alcanzada en la que Leo es feliz, y el podio fue justo con lo que somos, con lo que dimos. El Mundial es el espejo donde vamos a mirarnos, y vía la Scaloneta nos dice: sos absolutamente espectacular. Sos una fuerza díscola de la naturaleza, sos completamente impredecible. Llegaste en mala forma (muchos comenzaron lesionados el Mundial), con un equipo con varios jugadores rozando los cuarenta años, así como el divino Lionel; es formidable hasta donde llegaron con lo que tenían. Esta Selección fue un armado emocional, donde los cuerpos se organizaron según necesidades emocionales más que físicas. Y así y todo, rozamos lo sublime.

Dicen que la Argentina fue demonizada, pero es habitual demonizar lo que no se comprende. No descarto que sea una suerte que seamos incomprendidos, y que el resto (los bárbaros, los ajenos a nuestra civilización y sus preceptos) nos traten de minimizar. Selecciona las próximas oleadas inmigratorias a nuestro suelo: seduce únicamente a las almas salvajes. Deja afuera a las damas andropáusicas que quieren exigirle a un jugador de fútbol que pida perdón por la gresca posterior al partido, por sacar la bandera de Malvinas. A mí no me escandalizó que Jude Bellingham lo cacheteara de atrás al dulce Barco después de que les ganáramos, como tampoco me horrorizó un poco de rifirrafe en el posfinal. No me disgusta que despunte ese espíritu de pelea de bar, de testosterona desbocada por momentos: forma parte del argentum en acción. Hubiera preferido que no se pegaran sólo para evitar el coro de pesados posterior, pero el coro está para eso, para comentar la vida de los héroes. Los jugadores dan el ejemplo cuando muestran que se puede ser bravo y llorar de felicidad y de tristeza, cuando reflexionan sobre su camino con originalidad y fineza. ¿Una cultura macha que integra la vulnerabilidad, que no la excluye y que la celebra? Argentina logra, en efecto, lo imposible. Es un ejemplo de oro, aunque el argentum se llevara la plata esta vez; un Mundial tautológico.

Las cosas más reales son, a veces, las que imaginamos. Gracias por transmitir al mundo el aura extraordinaria del argentum que nos corre por dentro. Gracias por hacernos vibrar su ferocidad. Gracias Scaloni por tu forma devastadora de llorar. Gracias Lautaro por tu belleza aindiada, gracias Paredes apolíneo, gracias Cuti pretoriano, gracias Dibu por tu genio demencial, gracias siempre Lío sideral. Gracias por animar este capítulo pagano del mundo con su aliento divino. Gracias por este ejercicio comunal de qué viene a ser una nación, de la forma más sana y juguetona posible. Gracias por esta espléndida puesta de sol. El sol y el oro siguen ahí, esperándonos.

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