CÓRDOBA.– A 61 años de haber sido partícipe fundamental del hito fundacional del rugby argentino, a 6500 kilómetros, desde su residencia en Miami, Raúl Loyola hace una pausa antes de responder. “Si estamos hablando tanto tiempo después de un partido de rugby, es porque tiene que haber sido importante lo que hicimos”. No es difícil advertir que, del otro lado del teléfono, aflora una emoción que la distancia temporal y geográfica potencia.
Loyola fue uno de los Pumas que participaron de la gira del 65 por Sudáfrica, que merced al triunfo ante Junior Springboks se convirtió en la semilla de un árbol que dio muchos frutos de los que se nutrió el rugby argentino, y lo sigue haciendo hasta el día de hoy. Es consciente de algunos de ellos, como el bautismo “Pumas” para la selección o la génesis de la mentada garra. Pero no alcanza a advertir otra igualmente significativa, de la que es una pieza central. Una porción menos reconocida de ese legado es la unión de todo el rugby nacional. Hasta entonces reservado casi exclusivamente para los jugadores de los clubes de Buenos Aires, Loyola se convirtió en el primer cordobés en representar a la selección argentina en este deporte. Junto con los rosarinos José Luis Imhoff, Juan Coco Benzi y Eduardo Gringo España fueron los únicos representantes del interior entre los 26 héroes de aquella epopeya.

El hecho de que en el partido de este sábado ante Escocia los Pumas se presenten con 15 jugadores del interior entre los 23 titulares y suplentes, de los cuales siete son cordobeses, debe atribuírsele, aunque más no sea en una mínima porción, a Raúl Loyola.
“Parece mentira. Hace 60 años que fuimos a Sudáfrica y todavía se sigue hablando de eso”, reflexiona en diálogo telefónico con LA NACION desde su departamento en Key Biscayne, el mismo en el que se instaló cuando llegó a Estados Unidos en 1977. “En ese momento era todo alegría. Nuestra meta era poner todo en la cancha en cada partido, en cada entrenamiento, y dejar bien parado al rugby argentino. Nunca me imaginé que iba a ser tan trascendente”.
Invitado por unos amigos, comenzó a jugar a los 14 años en Universitario de Córdoba y en su primer partido marcó un try. “El rugby es muy pegote: uno se mete y queda adherido para siempre”, afirma y agrega: “Los clubes en Argentina son extraordinarios, todos ponen su corazón, no hay algo igual en otra parte del mundo”.
Jugaba de tercera línea (o wing-forward, como se decía entonces). “Era fuerte, seguro e irrompible”, lo describió Horacio Pichot en su libro Los Titulares. “Era explosivo e intuitivo; tenía un pique demoledor; a pesar de su baja estatura, se transformaba en un gigante imbatible”. Debutó en el seleccionado provincial a los 18 años y alcanzó la final del Campeonato Argentino en 1963, donde cayó 9-3 ante Buenos Aires en la cancha Córdoba Athletic. Allí despertó la atención de los seleccionadores nacionales y debutó en los Pumas (que todavía no se denominaban así) en el Sudamericano de 1964.

“No me daba cuenta del sacrificio, pero para entrenar en el seleccionado viajaba todos los fines de semana en ómnibus, o en tren a veces toda la noche”, recuerda con lucidez, a sus jóvenes 84 años. “Cuando tenés esa edad no te das cuenta. Entrenaba en Buenos Aires, pasaba la noche en los dormis de Belgrano Athletic, y al otro día volvía a Córdoba. Era muy disciplinado, me entrenaba en Córdoba por mi cuenta. Hoy el rugby ya no es tan laxo, son profesionales. De nuestra época, lo único parecido a la actualidad es la cancha, los postes y la pelota. Y el espíritu, claro”.
–Lo más importante…
–Eso es fundamental. Es la famosa garra de los Pumas, y eso se mantiene intacto. Por suerte hemos podido transmitir ese tipo de cosas. Todo se forjó mucho en la gira del 65 por Sudáfrica. Ese espíritu de lucha, de concentración y de amistad que todavía se ve en el equipo viene de ahí.
–Ese grupo en particular, además, se caracteriza por haberse mantenido unido a través del tiempo, ¿verdad?
–Sí, acabamos de tener una reunión hace poco en Argentina. Viajo especialmente todos los años. Esos encuentros nunca dejaron de hacerse. Lamentablemente, aunque el espíritu es el mismo, muchos ya se han ido. Pero siguen presentes de alguna manera. Nos juntamos en la casa del Gato [Ricardo] Handley en Talar de Pacheco. Trato de ir todos los años. De esa gira me quedó la amistad de 27 tipos que dieron todo y al mismo tiempo se divirtieron de manera espectacular durante dos meses jugando al rugby, conociendo un mundo distinto y conscientes de que teníamos que poner todo para ganar. Hoy se vive igual que antes: cada vez que nos juntamos pasa lo mismo. Tenemos contacto permanente por chat; la amistad y el cariño exceden cualquier límite.
–No era común que llamaran a jugadores del interior. ¿Había mucha diferencia con el rugby de Buenos Aires?
—En Córdoba en ese momento había varios jugadores de gran calidad. Me acuerdo de Jorge Ricciardello, que después jugó en Pueyrredón, los Quetglas en la “Uni”. Yo tuve la suerte de que me miraran a mí y me seleccionaran, pero podría haber habido más. El 90% jugaba para Buenos Aires. El rugby del interior tiene un lugar muy especial. Ya en nuestra época Tucumán era muy importante, tenían un gran amor propio y era un dolor de cabeza jugar contra ellos. Ya pintaban para jugar de igual a igual contra Buenos Aires. Córdoba y Rosario también venían creciendo mucho.

–Todos recuerdan el try de Pascual en aquel partido con Junior Springboks, pero usted también marcó uno. ¿Cómo fue?
—Había un scrum para Sudáfrica cerca de su propio in-goal. La saca el medio-scrum, yo me desprendo de la formación, lo cargo, entonces se la pasa al apertura. Yo sigo la carrera y se le cae la ovalada, lo atropello, recojo la pelota, corro 20 metros hasta apoyar abajo de los palos.
–¿Qué significó esa gira para el rugby argentino?
–(Piensa.) Si estamos hablando tanto tiempo después de un partido de rugby, es porque tiene que haber sido importante lo que hicimos. El rugby cobró mucho impulso, aunque no nos dábamos cuenta en ese momento. Jugamos contra Gales, Escocia, Irlanda. Los partidos con los europeos eran muy duros, muy distintos a lo que estábamos acostumbrados en los clubes. No eran profesionales, pero tenían dispensas distintas. Del que más me acuerdo es del partido contra Gales [en 1968]; era un equipo fantástico, de súper nivel en Europa, y les jugamos de igual a igual: ganamos uno y empatamos el otro.
–Después de esa gira jugó en Belgrano, ¿no es así?
– En el 66 me fui a vivir a Buenos Aires. Volví y jugué en Belgrano Athletic porque me había hecho muy amigo de varios jugadores del plantel, algunos por ser compañeros de los Pumas y otros de haberlos conocido cuando me quedaba los fines de semana. Tengo recuerdos muy lindos de esa época, tipos macanudos todos. Jugué hasta el año 71. Lo pasé extraordinario. Me casé en el 72 y en el 77 nos vinimos para acá.
–¿Por qué se fue a vivir a Estados Unidos?
–Vivo en Miami hace muchos años. Llegué en el 77. Me contrató una empresa argentina para hacer todo un desarrollo en un negocio de laminados plásticos. Después de la época de Martínez de Hoz les fue mal, quisieron cancelar todo y busqué otro rubro. Me metí en el aluminio, proveyendo materia prima para grandes constructoras. Me fue bien, no me quejo. Cuando llegamos alquilamos un departamento, después lo compramos y estoy acá desde hace 37 años. Mis dos hijas nacieron en Argentina y eran chiquitas cuando vinimos acá; me dieron dos nietos que nacieron acá, tengo toda mi familia armada. Pero siempre extraño la Argentina. Antes era más complicado por las comunicaciones, pero hoy sigo todo de cerca gracias a los diarios y la televisión. Es casi como si viviera allá.
–¿Siguió conectado al rugby de alguna forma?
–Vivo en un lugar muy especial que se llama Key Biscayne, en las afueras de Miami. Era de poca gente cuando llegué, pero ha crecido enormemente a raíz de lo que creció Miami. Hay un grupo grande de argentinos viviendo acá. Muchos de los que viven en la zona un día se juntaron y dijeron “vamos a hacer algo parecido a lo nuestro”. Han hecho un club de rugby fantástico, con nuevas personas, nuevos ayudantes. Hay como 200 personas de todos los niveles.
–¿Participa activamente de este club?
–Al principio viajaba mucho por trabajo, así que no, pero hoy estoy involucrado en las charlas y en unos asados fantásticos que hacen siempre. Se llaman The Rugby Rats de Key Biscayne. Estoy desde el primer día.
–¿Sus nietos heredaron la pasión por la ovalada?
–Intenté llevarlos, pero estuve al margen. El más grande juega al fútbol acá en Key Biscayne, y hace muy poquito jugó contra el Inter Miami, donde juega el hijo de Messi. ¡Y Messi los estaba viendo! Cuando terminó el partido, Leo se acercó y les firmó la camiseta a todos uno por uno. Una anécdota que refleja bien cómo es él, ¿no? Siempre con su mate en la mano.
–¿Va a ir a ver algún partido del Mundial?
–No creo. Primero que hace un calor espantoso, y después las entradas están a cualquier precio. Por televisión lo veo fantástico. Nos juntamos con un grupo de argentinos, siempre haciendo fuerza. Se vive un clima de Mundial por todos lados. El fútbol acá en Estados Unidos creció mucho, hay instalaciones fantásticas por todos lados. Hay que agradecerle a Messi porque le ha dado un gran impulso.
–¿Y los Pumas? ¿Sigue mirando los partidos?
–Todos los partidos. Me he levantado a las 3 de la mañana para ver los partidos en Nueva Zelanda. Siempre nos juntamos a verlos con un grupo de argentinos que han jugado al rugby también. Me alegra mucho el presente y, por supuesto, voy a seguir el próximo partido muy de cerca.


