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Reflexiones sobre escritos del notable Giovanni Papini

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Este formidable autor florentino (1881-1956) ha deslumbrado con su pluma tan ponderada, sustanciosa y versátil. Ha cubierto territorios muy extensos y ha escarbado en faena detectivesca algunos rincones poco frecuentados. Tengo en mi biblioteca seis gruesos tomos en diminuta tipografía de sus obras completas que exhiben su frondosa imaginación y notable capacidad investigativa.

Describe la historia de la humanidad vía una fruta: cuatro manzanas decisivas. La primera la de Adán, que abrió cauce a la noción del mal. La segunda, la de la discordia, fue la de oro para premiar a la mujer más bella en el relato de Homero, entuerto que finalmente zanjó Paris -el hijo del rey de Troya- que la concedería a Afrodita, pero al secuestrar a Helena desencadenó la conocida trifulca. La tercera fue la de Guillermo Tell, fabricada por Schiller y ejecutada por Rossini, que desafió al poder político, y la cuarta fue la científica de Isaac Newton, un relato confirmado en la biografía de William Stukeley en cuanto a aquello de la célebre manzana que derivó en la formulación de la ley de la gravedad.

Relata una conversación con el diablo en la que éste se queja amargamente porque dice que sus servicios ya no se solicitan en el mundo moderno. Reclama que la gente modere un poco sus inclinaciones a la maldad y deje de mostrar tanta iniciativa y entusiasmo en esa dirección, puesto que de ese modo su intervención se torna innecesaria. Maldice esta situación porque lo hace sentir inútil y fracasado.

Muestra que resulta habitual que la gente se refiera al lodo como sinónimo de lo desagradable y de lo perverso. Sin embargo, el escultor lo usa antes del bronce o del mármol, los edificios lo usan en todos los ladrillos, muchas de las vajillas son de ese material y estamos parados sobre esa materia prima. Entonces, paradójicamente, resulta que la humanidad le debe mucho al lodo y, al mismo tiempo, se refiere peyorativamente a él.

Cuenta que un hombre meditaba en torno a un reloj parado. Estaba detenido en las siete. Pensaba que ese viejo reloj se ajustaba al mundo dos veces por día. El resto del tiempo el reloj era un paria, iba contra la corriente, estaba apartado de lo que señalaban los demás. Al observador se le ocurrió trazar un correlato con personas distintas al resto, que mantienen sus propias ideas, que piensan por sí mismas y no a cuenta del resto. Igual que el reloj, las personalidades definidas sólo revelan coincidencias esporádicas con el resto de la gente. Miraba al viejo reloj con simpatía y desfilaban por su mente sus propias desavenencias con el mundo exterior por seguir los mandatos de su fuero interno.

En la biografía de Victorio Franchini se relata la obsesión que desde chico lo embargaba a Papini por el conocimiento, su vida en Florencia, que tuvo que abandonar en la Segunda Guerra por las aldeas de Sergiano y Bulciano, la estrecha relación con sus dos hijas (influido por el marido de la mayor, quien era doctor en leyes y muy compenetrado en literatura clásica) y sus dos nietas, una de las cuales fue su secretaria. En esa biografía Franchini detalla el modo meticuloso de las lecturas y las notas en carpetas abiertas que manejaba el autor de marras, quien repetía que “es innegable el hecho de que el artista no está nunca contento de la propia obra, porque persigue un ideal inalcanzable”, son “vibraciones íntimas” ya que “todo sustantivo, todo adjetivo y todo verbo es una marca de su mosaico espiritual”.

Papini alude a un filósofo que se pone a considerar en qué consiste en última instancia el yo. De qué está formado. A poco andar percibe que todo lo que se conoce se debe a la influencia de alguien. Si hay la suficiente memoria se podría fraccionar el yo en innumerables etiquetas en las que figuraría el nombre de quien proporcionó la idea original, con lo que el yo no sería más que la suma de otros. Sin embargo el yo, la exclusividad del yo, consiste en las reflexiones y consideraciones que se hacen sobre las ideas de otros y las propias contribuciones. Limitarse a repetir lo que otros han dicho hace que se pierda el yo y uno se convierta en los demás. Como se ha hecho notar, el limitarse a repetir bloquea el pensamiento, del mismo modo que nunca se aprenderá a dibujar si se calca toda la vida.

En una conversación imaginaria de Papini con Aldous Huxley, destaca la subordinación del hombre al Leviatán. Bajo la apariencia de mayores seguridades el hombre renuncia a la libertad, hasta que todo se convierte en un espantoso hormiguero humano con la consiguiente desaparición del individuo. Curiosamente, de este modo, el hombre se queda sin seguridad y sin libertad puesto que la primera depende de la segunda. La libertad incentiva la capacidad creadora que, entre otras cosas, proporciona mayor y mejor seguridad.

En 1946 Papini escribió una larga y medulosa carta pastoral de un papa inexistente que bautizó como Celestino VI del que dice que “gracias a un azar extraño, encontré estas cartas suyas, que se traducen y publican por vez primera, en un códice sepultado entre los manuscritos de un antiguo convento, escapando a las investigaciones de los historiadores”. En este texto su inventado Celestino alude reiteradamente a los abusos de poder en nombre de la protección a los pobres cuando en realidad se trata de pillaje a veces cubierto de religión en verdad falsificada.

Por ahora, en gran medida, en muchas partes del mundo, estamos como en el cuento de Cortázar, “Casa tomada”: en retiro permanente. Es de desear que alguna vez -por lo menos en cuanto a los abusos extremos del poder- podamos decir OK tal como se acuñó la expresión en la época del octavo presidente de EE.UU., Martin van Duren, que por ser originario de Kinderbook, del estado de Nueva York, le decían “old Kinderbook” de lo cual surgió el OK para aludir a la buena situación reinante. Entonces, con esta esperanza en mente, volvemos a Papini porque recordemos que en el segundo tomo de la autobiografía de Arthur Koestler se consigna que “la diferencia entre vender el cuerpo y las otras formas de prostitución -política, literaria, artística- es simplemente una diferencia de grado, no de naturaleza. Si la primera nos repele más, es señal de que consideramos el cuerpo más importante que el espíritu”.

Varios socios se reúnen a los efectos de fundar un instituto para la regresión humana, Papini dixit. Mantenían que, dado que resulta imposible convertir un animal en un ser humano, no resulta descabellado lo inverso. En el primer caso se requiere de la potencia creadora mientras que en el segundo solo hay que denigrar. Consideraban que este instituto podría resultar un buen negocio en vista de la cantidad de gente a la que le resulta molesto pensar, y al confundir los medios de vida con los fines, de hecho se embrutecen. Por esto es que también se destaca que no siempre es cierto que primero muere el cuerpo: en algunas personas primero desaparece el alma.

A pesar de sus destrezas supremas, Papini era humano y como tal le correspondían las generales de la ley en cuanto al dictum de Einstein: “Todos somos ignorantes, solo que en temas distintos” y nuestro escritor, al no entender los vericuetos de la política partidaria de su tiempo cuando incursionaba en la politiquería del momento, frecuentemente erraba el blanco… pero quién no se equivoca, la perfección no está al alcance de los mortales.

El autor completó dos doctorados, es docente y miembro de tres academias nacionales

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