Durante los primeros años, cada vez que el avión sobrevolaba el territorio bonaerense para aterrizar en Ezeiza, una emoción extrema se apoderaba de Mónica hasta llenar sus ojos de lágrimas. ¡Allí estaba su tierra! Ningún otro lugar en el mundo despertaba en ella lo que le producía el suelo argentino.
Ya pasaron treinta años desde que emigró del país, hoy el impacto de los regresos no es tan fuerte, pero aún así continúa movilizando emociones e interrogantes. A pesar de haber hecho una carrera exitosa como ingeniera agrónoma lejos de su nación y contar hoy con la ciudadanía estadounidense, Mónica nunca se sintió norteamericana ni dejó de sentirse argentina.

Y en los últimos tiempos una idea ronda por su mente: volver. Pero entonces se pregunta: ¿será que idealiza un posible regreso? ¿Podría volver a adaptarse a la cotidianeidad de una Argentina tan diferente y a la vez similar a la que dejó en los años noventa?
Un sueño `imposible´, la advertencia de ser llamada ` sudaca´ y cincuenta cartas: “Busqué todos los caminos”
Mónica tenía 27 años cuando dejó la Argentina para, como suele decir, vivir una aventura, sin imaginar que se prolongaría hasta el presente. Tras varios años en los que combinó estudio y trabajo, se recibió de ingeniera agrónoma de la Universidad de Buenos Aires en 1996. Por aquel entonces sentía que tenía dos posibilidades: o irse al medio del campo para emprender su camino profesional, o continuar con sus estudios a fin de obtener un máster en manejo de tierras para la fertilización, o para el riego. Tras tantos años de estudio y trabajo rutinario, en el fondo, ella sabía lo que su corazón anhelaba: quería tener una experiencia de vida diferente en un lugar como Estados Unidos.

Como ayudante de cátedra, le preguntó a los profesores su opinión y ni uno de ellos le dio una palabra de aliento, incluso le dijeron que era una misión imposible, que la iban a llamar `sudaca´ y que sería una de las peores decisiones de su vida. Pero Mónica no desistió.
Para lograr su cometido se dirigió a la Biblioteca del Centro Lincoln (BCL) donde investigó las universidades en Estados Unidos que ofrecían el máster que buscaba. De su exploración, obtuvo las direcciones postales de las potenciales candidatas y, tras buscar ayuda con el inglés (lengua que no hablaba), envió cincuenta cartas a las instituciones elegidas en las que especificó que necesitaría ayuda financiera y con el idioma.
Todas las universidades le respondieron vía postal con un paquete con folletos, los procesos de ingreso para el máster y los costos, por demás elevados. Cada una de ellas le envió lo mismo salvo por dos: un profesor de Utah le escribió que la universidad estaba dispuesta a ayudarla con parte de la beca (pero aun así era demasiado costo para Mónica), y la universidad San Luis Obispo, en California, le ofreció, a la par de sus estudios, un trabajo en investigación agrónoma que cubriría 15 mil dólares de los 20 mil que le costaría por año.
La joven argentina aceptó la segunda opción con alegría, y en medio muchos trámites complejos, armó sus valijas acompañada por las tristeza de su familia, que no quería que se fuera, la incredulidad de su mejor amiga, que le dijo que con su decisión le había roto la vida, y las malas energías de colegas y profesores universitarios.
“No tuve mucho apoyo, me desalentaron cuando comencé a enviar las cartas. Y sin embargo, golpeé todas las puertas, busqué todos los caminos y logré mi sueño”, dice Mónica, pensativa.

Una aventura que se transformó en inestabilidad, ansiedad y una rutina anhelada: “Emocionalmente fue complicado”
Llegó en julio del 1996, pero, entre la documentación que aún no estaba lista, el dinero que tuvo que pedir prestado y otros pormenores, no ingresó a la universidad en California hasta julio de 1997. En los meses de espera, Mónica se alojó en casas de conocidos que vivían en Estados Unidos, tuvo la oportunidad de trabajar en una cosecha en Ohio, e incluso tuvo que salir y volver a entrar al país, porque los papeles definitivos aún no estaban listos y se había vencido su visa de turista.
Esos tiempos hasta su ingreso a la universidad, sin una rutina, fueron muy duros. Todo aparentaba ser una aventura, pero estar a la deriva, sin saber si realmente lo iba a lograr, fue angustiante: “Emocionalmente fue complicado”, acepta Mónica. “No tenés a tu familia, amigos, y yo todavía no tenía el idioma y con quien hablar. Y cuando empezás hablar lo hacés como una nena de un año, después pasé a tener cinco años y así sucesivamente hasta que llegás a tener un manejo del idioma acorde a tu edad. Poder expresarse desde como es uno realmente en su identidad lleva tiempo”.

“Cuando por fin pude entrar en una rutina se me acomodó el tema emocional, pero previo a eso, atravesé ansiedad y te agarran por las noches preocupaciones como el tema de contar con servicio de salud que te cubra por cualquier cosa”, rememora. “Al comienzo todo fue raro en relación a los impactos culturales, pero lo que más me chocó, probablemente, es que, acá en California, todos aceptan y toman con naturalidad el consumo de marihuana como algo normal. En esa época, en Argentina, las costumbres estaban muy lejos de esa naturalización”.
Un profesor, una mujer en una hostería, y el camino laboral y hacia la ciudadanía: “Estoy orgullosa de ser argentina y no me siento americana”
Tras los comienzos inestables, Mónica pudo apreciar con mayor calma la calidad humana que la rodeaba. Todos la ayudaron, en especial el profesor que facilitó todo lo necesario para su admisión. Durante los dos años del máster, él no solo cumplió con su promesa de darle trabajo, sino que la ayudó con pasantías para que tenga ingresos durante los dos veranos, que le permitieron generar ahorro y cubrir las deudas y los gastos restantes de los estudios. Asimismo, una mujer de una hostería de San Luis Obispo le ofreció algunas horas de empleo en su recepción a cambio de alojamiento: “Me hice muchas amistades en esa hostería”.
“La verdad es que, en general, encontré muchos amigos durante esos años”, continúa Mónica con una sonrisa. “En relación a las oportunidades laborales de lo mío en San Luis Obispo, que es casi un pueblo, sin el máster no hubiese conseguido nada, creo yo. Es una comunidad muy blanca y americanizada, de poca inmigración, así que por suerte tuve la ayuda del profesor y la mujer de la hostería. Después, con el máster, sí tuve ofertas de trabajo de compañías que trabajan las cuestiones de riego en la agricultura”.

“Yo tenía la visa de estudiante y la primera compañía que me contrató me hizo la visa de trabajo; después me mudé a otra empresa semi gubernamental que me tramitó la residencia con abogados”, revela Mónica, que aclara que esa posibilidad tuvo que ver con el hecho de que justo necesitaran a alguien que estuviera capacitado en riego y que supiera español.
“Lo cierto es que recibí mucha ayuda, aunque no dejé de vivir un poco de discriminación por ser mujer, y encima latina, en un rubro dominado por hombres. Pero eso ya no lo siento, la verdad. Después, por un tema realmente de conveniencia, pude hacer la ciudadanía, pero fue algo que me costó. No me arrepiento, pero era un problema interno mío, no renunciás por papeles, pero de palabra tenés que renunciar a tu ciudadanía argentina. Eso fue complejo, porque mi parte argentina no la olvidé nunca: soy argentina, estoy orgullosa de ser argentina y no me siento americana”.

Volver, ¿una locura?: “Recuperar los treinta años perdidos”
¿Cómo sería volver a vivir en Argentina? Desde que emigró, Mónica regresó a su país todos los años, por lo menos por tres semanas, salvo durante el período de la caída de las Torres Gemelas. Ella suele decir que siente amor a la tierra argentina, más allá de que se trate de su país. Por ello, aterrizar en su suelo remueve en ella un sinfín de interrogantes que, a medida que se acerca su fecha estimada para su jubilación, se acrecientan.

Tres décadas atrás se fue tras la búsqueda de una aventura y jamás se imaginó una idea de `para siempre´ en Estados Unidos, pero ahora, con tanta vida vivida tan lejos, Mónica sabe que volver podría no ser el cuento de hadas con el que sueña.
“Mi idea es jubilarme dentro de dos años y, a partir de ahí, venir a la Argentina por períodos de cinco a seis meses, durante por los menos tres años consecutivos, a ver cómo me siento allá, cómo me siento acá, dónde me siento más en mi hogar, porque obvio ¡treinta años es mucho! y yo sé que Argentina cambió. Y por más que yo vaya por un mes y vea cosas, no siento lo que siente en la cotidianeidad el argentino. Leí que cuando uno se va del país y vuelve el duelo es doble, porque crees que volvés a la misma gente, los mismos lugares, las mismas experiencias pasadas y eso ya no existe, solo está en mi cabeza. Así que voy a ver cómo me siento cuando vuelva”.
“Pero más allá de estas emociones, esta experiencia me enseñó mucho, en especial que yo soy capaz de hacer lo que se me ocurra hacer. Si tengo una idea, y para los demás es descabellada, entendí en el poder que tiene la confianza en mí misma, en mí poder de acción, aunque tenga que esforzarme muchísimo. Confío en mi esfuerzo. Cuando me quise ir casi todos me tiraron mi idea abajo y estoy orgullosa de haber ignorado todas las opiniones negativas. La ironía es que ahora, que quiero volver, me desalientan y me dicen que estoy loca. Pero ya aprendí de mí misma que lo que quiera lo voy a lograr”.

“Ahora estoy envejeciendo, cuando me jubile voy a tener otros tiempos. Sé que con lo que quiero hacer es como tratar de volver y recuperar los treinta años perdidos, así se lo dije a una vecina argentina. Recuperar los treinta años y pasar el tiempo que queda con mi mamá, mi papá falleció lamentablemente. Poder estar allá, en San Justo, ir al restaurante que le gusta a mi mamá, ver la tele con ella, tomar mate en una plaza. Acá, en Estados Unidos, tenía un grupo fantástico de argentinos de mi edad que ahora me falta, tal vez quiero revivir eso; tengo mi pareja, mi casa, todo, pero no hay actividad que me toque el corazón y que se compare con lo que pueda llegar a hacer y lo que me hace sentir Argentina. Imaginate, que mi mamá me haga un asado es como tocar el cielo con las manos”, concluye emocionada.
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