“¿Y ahora qué hago?” Gonzalo Medinas se hizo esa pregunta más de una vez en su vida. La primera, cuando la empresa en la que trabajaba se fundió de un día para el otro. La respuesta, aunque tardó años en aparecer, empezó con un montón de pallets que iban a ser descartados.
Hoy, a sus cuarenta y dos años, Gonzalo pasa más horas frente a una planilla de cálculo que frente a una mesa de carpintero, pero el olor a aserrín todavía es, dice, el olor de su casa.

Con el tiempo logró fundar una fábrica de muebles a medida que levantó desde cero y que hoy ocupa 500 metros cuadrados en Tigre. Su historia de emprendedor empezó con una intuición, una visión y, ante todo, muchas ganas de torcer su destino.
La tensión por el dinero
Gonzalo nació y creció en la ciudad bonaerense de Junín, en una familia de clase media baja y trabajadora, según describe. No tuvo una infancia de privaciones extremas, reconoce, pero tampoco accedió a todas las comodidades que veía en otras familias. La tensión por el dinero era algo que se respiraba en el ambiente familiar, nunca alcanzaba. “Mi gran karma siempre fue no tener plata”, revela.
La familia atravesó, según cuenta, mejores y peores momentos, pero lo económico fue una constante que nunca terminó de resolverse. Cuando llegó el momento de mudarse a Capital, ese karma no lo soltó: tuvo que empezar a las patadas, resolviendo cómo sobrevivir cada mes, estando solo, prácticamente sin red, en una ciudad que desafía todo el tiempo.
“Siempre intenté crecer en conocimiento”
Ya viviendo en la ciudad de Buenos Aires, Gonzalo se encontró con una versión más dura del mismo problema. Fue kiosquero, vendió celulares, tuvo un emprendimiento de pizzas y empanadas: probó de todo un poco, sin quedarse quieto en ningún lado. “Me considero un busca por esencia”, dice.
Con el tiempo consiguió un trabajo más estable: un puesto en una empresa de marketing y recursos humanos, con operaciones en todo el país. Durante un tiempo las cosas estuvieron tranquilas. Hasta que un día el cliente más grande de la empresa avisó que no iba a renovar el contrato. “Fue cuestión de meses hasta que todo se vino abajo”, cuenta. Volvió a aparecer la misma pregunta de siempre: “¿Y ahora qué hago?”

A la crisis económica se le sumó, por esa época, una lesión física que le hacía más difícil sentirse optimista. No poder seguir jugando al fútbol era un bajón. No tenía más que un título de bachiller y, con eso, dice, “me alcanzaba para poco”.
Lo que hizo para sobrevivir al desempleo fue lo que pudo: cursos sueltos, changas, trabajos de aprendiz, un recorrido más callejero que académico. Todo eso, moverse, en lugar de quedarse tirado en la cama lamentando su situación hasta que algo aparezca fue lo que lo salvó. “Siempre intenté crecer en conocimiento, con cursos, experiencias de trabajo, de manera autodidacta, y bastante me dio la calle y el estar siempre en movimiento”, cuenta.
De todos modos, el peso de la incertidumbre, del dolor físico y, en cierto modo, de la soledad se hacían sentir. No sabía bien a quién ni dónde pedir ayuda. “No creo haber recibido ayuda. Considero que fue un recorrido bastante solitario”, admite. Sin embargo, una fuerte determinación lo empujaba a seguir. Fue recién más adelante, con Flor, cuando esa sensación de soledad empezó a disiparse.
“No sé por qué pensé que podía hacer muebles con eso”
El punto de quiebre, esa plataforma de salto hacia adelante, llegó de forma inesperada. Parte de liquidar la empresa de marketing fue desarmar sus propias oficinas y depósitos. En uno de esos operativos, en un rincón, había un montón de pallets —esas plataformas de madera que se usan para transportar y apilar mercadería, y que después terminan descartadas— que para el resto del equipo era directamente basura. Gonzalo lo observó y vio algo más allá en esa materia que otros consideraban descarte. “No sé por qué a mí me bajó la información de que podía llegar a ser muebles con eso”, revela.

El detalle curioso es que nunca en su vida había hecho nada con las manos, mucho menos un mueble. Esa misma noche se lo contó a Flor. Ella se puso a buscar un curso de carpintería con él, y encontraron uno cerca de su casa, en Caballito: tres días, de viernes a domingo. Se anotó. A la semana siguiente ya tenían una marca creada y habían empezado a producir.
Fue un comienzo artesanal, sin estructura, sostenido apenas por el conocimiento mínimo indispensable. El taller era el balcón del departamento, con todo lo que eso implicaba: ruido, quejas de vecinos, y una producción tan precaria que apenas alcanzaba para vender algo. “Faltaba mucho, faltaba inversión, faltaba capacitación”, resume. Pero funcionó. Cada mueble vendido se convirtió en la semilla del siguiente: reinvirtió las primeras ganancias en vez de gastarlas, y ese gesto —modesto, casi obvio en el papel, pero difícil de sostener en la práctica— fue el que empezó a darle forma a lo que hoy es Madero Style.
Del balcón a la fábrica propia
Buscando cómo seguir, Gonzalo se cruzó con la historia de un artesano de San Isidro, Mario, que convocaba a vecinos de la zona a su taller para fabricar puentes de pallets. Fue. “De la mano de Mario aprendí un montón, conocí máquinas y herramientas que nunca en mi vida había visto”, cuenta. De ese paso salió una segunda marca, Pipí Cucú, y las primeras ventas reales, que reinvertía enseguida en el negocio.
El crecimiento era lento pero existía, hasta que un día vio publicada una máquina que se convirtió en obsesión: una sierra sin fin. “Para mí era un sueño, una hermosura”, dice. El problema era doble: no tenía la plata para comprarla, y de tenerla si la hubiera comprado, no entraba en el balcón. Había que salir de ahí. Preguntando entre conocidos, dio con un contenedor reciclado como taller en Tigre, zona norte. Vivía en Caballito, así que mudarse implicaba tiempo y plata para viajar todos los días. Lo hizo igual. “Estoy convencido de que las cosas pasan por algo”, dice.

Crecer con otros: una fundación y una empresa
En Tigre conoció la Fundación Oficios, que dictaba cursos de formación en oficios en la zona. Se anotó en el de carpintería: un año de duración, mucho más integral que el de fin de semana con el que había arrancado. No solo enseñaba el oficio, sino también a estimar costos, calcular rentabilidad y pensar el negocio como una empresa. Ahí, una entidad bancaria dio una charla sobre créditos para emprendedores. Gonzalo escuchó con atención, se acercó al terminar, preguntó cómo aplicar, y algún tiempo después calificó para su primer préstamo PyME. Con ese crédito compró maquinaria y empezó a industrializar la producción. “Aprendimos haciendo, aprendimos equivocándonos, aprendimos corrigiendo. Y aprendimos empujando, básicamente”, resume.
La cartera de clientes fue creciendo, de pedidos chicos a otros más grandes, hasta que llegó el primer contrato con un cliente mayorista: una de las desarrolladoras inmobiliarias más grandes del país. El primer pedido fue deliberadamente chico —“no lo conocemos, lo queremos probar”, le dijeron— pero para su empresa significó salir por completo de su escala habitual. Cumplieron con la calidad y con los tiempos, y la relación se afianzó.
El cuerpo también responde
Hay una segunda historia, paralela a la de los muebles, que puso a prueba su capacidad de resiliencia. Gonzalo jugaba al fútbol dos o tres veces por semana. Hasta que tuvo que dejar. Una lesión de ligamento cruzado y menisco —grave, pero habitualmente recuperable con cirugía y seis u ocho meses de rehabilitación— no terminó de sanar en su caso: se operó, volvió a jugar, se volvió a lesionar, y así cinco veces. Después de la última cirugía, el médico fue tajante: se acabó el fútbol, tendría que acostumbrarse a una vida sin entrar más a una cancha de once. “Fue un mazazo, porque el deporte para mí era mi vida.”, confiesa.
Ni la empresa fundida, ni la incertidumbre económica, ni ninguna deuda lo habían golpeado tan fuerte como esa suerte de sentencia médica. Durante un tiempo, se resignó hasta que un día su hijo Felipe, que entonces tenía dos años, lo invitó a jugar tirados en el piso y Gonzalo tuvo que decirle que no podía. “Esa fue la caricia que movió la fibra que nada había movido”, dice.
A partir de ahí consultó a varios especialistas —la mayoría repetía el mismo diagnóstico— hasta encontrar a uno que le dijo que la medicina había avanzado y que, con mucho trabajo, se podía intentar una rehabilitación.
Se aferró a eso, probó tratamientos novedosos y cumplió sus rutinas de rehabilitación con disciplina. Volvió a jugar al fútbol. Volvió a correr. El año pasado corrió los 42 kilómetros de la Maratón de Buenos Aires, y en el medio descubrió el Trail running (carreras de montaña), deporte que sigue practicando con satisfacción y orgullo: “El año pasado corrí la competencia El Cruce, en San Martín de Los Andes, que implica correr cien kilómetros en 3 días por la cordillera”.
Aceptar la soledad del camino
Hoy Gonzalo está lejos del banco de trabajo. “Estoy bastante alejado del oficio y muy metido en la gestión de la empresa”, cuenta. Con Flor, su mujer, son los únicos dueños, y él ocupa la dirección general: tiene segundas líneas que le reportan, pero sigue metido en el día a día como si la empresa fuera, todavía, aquel montón de pallets que había que resolver a mano. Ella fue, en su relato, la primera compañía real después de un recorrido que él mismo describe como solitario.
“Hoy por hoy creo que formamos un gran equipo con Flor. Ella siempre me acompañó en todas las locuras, me bancó y me encaminó cuando fue necesario”, cuenta.
Juntos son también padres de Felipe, “Pipe”, de 5 años, a quienes Gonzalo llama “los dos soles de mi vida”.

El camino de la empresa no fue una línea recta hacia arriba. El rubro de la construcción atravesó un tramo especialmente duro, y 2024 fue un año crítico. Salieron adelante a fuerza de sostener un objetivo claro y no bajar los brazos, algo que Gonzalo identifica como el aprendizaje central de todo lo que le tocó atravesar antes: “A no bajar los brazos, a entender que realmente de los errores se aprende. Todos y cada uno de los momentos malos, hoy, recién hoy, los veo como un gran aprendizaje que me potenció.” El resultado, dice, se nota: 2026 encuentra a la empresa más afianzada que en sus mejores años, 2022 y 2023, aunque el contexto general de la construcción todavía no se haya reactivado del todo.
Los jóvenes y el ¿ahora qué hago?
Ese recorrido —de la carpintería artesanal a la gestión de una fábrica— fue también lo que lo llevó, hace poco, a subirse a un escenario. Fue invitado a compartir su historia en Laburatorio, el evento anual que organiza la Fundación Banco Nación en el Palacio Libertad, ante un auditorio de jóvenes que buscan respuestas a la misma pregunta que él se hizo alguna vez: ¿Y ahora qué hago?

Frente al auditorio, Gonzalo habló también de la palabra resiliencia, que durante años escuchó como una frase hecha, una consigna de charla motivacional, hasta encontrarle un significado más literal: caerse, levantarse y seguir adelante, las veces que sea necesario, en cualquier aspecto de la vida. Y cerró con una síntesis que había ido puliendo durante años, sin saber del todo que la estaba puliendo. No es una frase de manual de autoayuda, aunque a primera vista pueda sonar como una: es más bien una relectura, a la distancia, de cada uno de los momentos que este relato fue desandando.
“Yo siempre tuve oportunidades, solo que estaban disfrazadas de problemas. Creo que, mayormente, la vida de un emprendedor empieza cuando todo está mal, cuando todo se rompe. Lo único que marca la diferencia es levantarse y seguir adelante”, cerró.


