Para Fabián Elía, el movimiento no era una simple rutina: era su idioma y su manera de habitar el mundo. Durante casi dos décadas el rugby forjó su carácter en la cancha, y con los años esa misma pasión se transformó en kilómetros de maratones y desafíos de aventura. Correr por senderos abiertos y descubrir paisajes nuevos le daba una vitalidad inquebrantable, siempre impulsado por esa búsqueda constante de superarse a cielo abierto.
Vivía con la tranquilidad de quien hace todo bien. Activo, independiente y con una disciplina rigurosa, cuidaba su cuerpo con la precisión de un atleta: chequeos cardiológicos al día, análisis médicos constantes y hábitos saludables que avalaban cada línea de largada. Nada en su organismo encendía alarmas ni insinuaba fragilidad.
En vísperas de aquella jornada en Ramallo, Fabián se sentía pleno, fuerte y en total sintonía con sus objetivos. La posibilidad de un golpe repentino, de esos que quiebran la certeza en un instante, simplemente no tenía lugar en su horizonte.

Desconcierto absoluto
La mañana avanzaba bajo un calor sofocante, pero para Fabián la carrera iba sobre ruedas. Habiendo largado a las siete, su ritmo era parejo, los tiempos se cumplían según lo planeado y su organismo, siempre habituado a la exigencia, respondía con total solvencia. No había cansancio extremo ni señales de alarma; solo el disfrute y la satisfacción de quien domina el terreno y el esfuerzo.
Sin embargo, en cuestión de segundos, la certeza dio paso al desconcierto más absoluto cuando su cuerpo dejó de obedecerle. Empezó a trastabillar sin explicación y terminó desplomándose en la tierra. Mientras varios corredores y asistentes se acercaban a socorrerlo mojándolo y ofreciéndole agua creyendo que se trataba de un golpe de calor, la escena se volvía irreal: él sabía que estaba bien hidratado, pero sus piernas ya no encontraban el punto de apoyo.
“Nunca perdí la conciencia, veía todo lo que pasaba a mi alrededor, pero mi mente no lograba descifrar por qué el cuerpo se me apagaba así. No entendía nada. Sentía una impotencia enorme porque venía impecable físicamente y jamás tuve un aviso previo. Me acuerdo del momento en que llegó la ambulancia; a partir de ahí, la memoria empezó a nublarse en un vacío de recuerdos, marcando el fin de la carrera y el comienzo de algo totalmente desconocido”.

“Para mí era chino básico”
El traslado al hospital de San Nicolás transformó la pista de carreras en una guardia médica donde el diagnóstico cayó sin anestesia: había sufrido un ACV. Para un hombre habituado a la plenitud física y a los controles preventivos impecables, el término sonaba a idioma ajeno. La gravedad de la situación flotaba entre los médicos y su entorno, pero en medio del estupor inicial, su cabeza todavía intentaba asimilar el tamaño del quiebre.
“Para mí era chino básico, no tenía dimensión de lo que implicaba porque jamás me había tocado enfrentar algo así. Lo único certero era que todo mi lado izquierdo no respondía: el brazo estaba inmóvil y las piernas no me sostenían. Podía escuchar y entender lo que pasaba, pero mis hijas me iban soltando los detalles de a poco, cuidándome, con ese miedo lógico a cómo podía impactarme semejante golpe”.
La internación en el Centro Hirsch marcó el punto de inflexión. Atrás quedaba la perplejidad del asfalto para abrirle paso a un trabajo interdisciplinario diario, donde kinesiólogos, terapeutas y médicos se convirtieron en su nuevo equipo, devolviéndole en cada sesión la motivación para no rendirse. “Cuando llegué a ese lugar entendí que mi mayor maratón no era contra el reloj ni por una medalla, sino por recuperar mi vida.

“¿Quién sos para que no te toque?”
La verdadera dimensión del golpe no se medía en los pasillos concurridos ni en la rutina diurna llena de terapeutas y visitas, sino cuando se hacía de noche. A las ocho, cuando las luces se apagaban y el silencio ganaba la habitación de la clínica, Fabián quedaba a solas frente al espejo de su propia vulnerabilidad.
“Durante el día estás contenido, pero de noche te encontrás solo con tus pensamientos. Al principio me castigaba preguntándome: ´¿Qué hago acá? ¿Por qué a mí?´, hasta que una noche apareció otra pregunta que me sacudió la cabeza: ´¿Y por qué a vos no? ¿Quién sos para que no te toque?´. Fue un quiebre absoluto. Entendí que tenía dos caminos: quedarme en la cama lamentando lo perdido o empezar a pelear con la disciplina y el esfuerzo que me había enseñado el deporte. Tuve miedo y angustia, claro, pero elegí ir para adelante; me juré que no me iba a quedar”.

Durante la internación Fabián tuvo que desarmar la certeza de los movimientos automáticos y volver a empezar desde cero, como un niño que descubre el equilibrio por primera vez. Cada gesto mínimo que antes pasaba inadvertido —incorporarse en la cama, sostener el peso del cuerpo o intentar mover una pierna— se transformó en una conquista monumental.
¿Cuáles fueron las secuelas más severas?
Fabián ingresó con una hemiplejía izquierda completa que le paralizaba el rostro, el brazo y la pierna, acompañada de dificultades para hablar, deglutir y una absoluta dependencia para las tareas cotidianas. En el plano anímico, la angustia era profunda y su estado emocional reflejaba el desconcierto de quien ve su vida pausada de golpe.
“En ese primer abordaje interdisciplinario tuvimos que actuar rápido en frentes muy concretos: cuidar los aspectos posturales del brazo para evitar que la mano se cerrara y el hombro cayera, adaptar la consistencia de sus alimentos para que comiera seguro y brindarle un sostén cercano desde salud mental”, explica el Dr. Julián Ezequiel Inacio Settembrini, médico fisiatra especialista en Medicina Física y Rehabilitación.

A lo largo de cinco meses de internación, el equipo estructuró un plan diario intensivo y coordinado. Fonoaudiología trabajó en la articulación de la voz, la deglución y el foco atencional; Terapia Ocupacional se abocó al posicionamiento en cama y silla de ruedas, el uso de órtesis y el despertar del brazo afectado; mientras que Kinesiología fortaleció el hemicuerpo derecho y reentrenó la postura de pie y los primeros pasos con ayudas técnicas, encendiendo de a poco la confianza de volver a andar.
“Fabián fue un paciente con un optimismo altísimo”
El esfuerzo diario empezó a dar sus frutos más visibles al segundo mes, cuando Fabián logró ponerse de pie para realizar transferencias básicas: pasar de la cama a la silla de ruedas y de allí al inodoro, conquistas fundamentales que marcaron el despertar de su independencia. Con ese terreno ganado, al ingresar al tercer mes llegó el momento clave del tratamiento: dar inicio a la rehabilitación de la marcha propiamente dicha, volviendo a poner el cuerpo en movimiento hacia adelante.
“Fabián fue un paciente con un optimismo altísimo. Su pasado como deportista fue determinante: cada ejercicio y cada meta representaban para él un desafío de superación personal, no una carga. Tuvo siempre una predisposición admirable, una adhesión absoluta a las terapias y una constancia inquebrantable, incluso en los días difíciles, enfocado únicamente en volver a ser autónomo”, dice Settembrini.

Se aferró al amor incondicional de sus hijas
El pilar sobre el que Fabián apoyó su recuperación llevó el nombre de sus dos hijas, de 29 y 31 años. Ellas tomaron las riendas desde el minuto cero: buscaron el centro de rehabilitación, gestionaron cada decisión clínica y permanecieron firmes al pie del cañón, transformando la angustia inicial en un escudo de contención incondicional que le devolvió las ganas de pelear por volver a casa.
Esa entrega implicó para él una deconstrucción profunda y silenciosa. Acostumbrado a liderar equipos en su trabajo y a ser el padre resolutivo que acudía de inmediato ante cualquier necesidad doméstica, debió asimilar de golpe la fragilidad absoluta. La vida invirtió los roles de un día para el otro, obligándolo a deponer el mandato de la autosuficiencia para entregarse, con humildad y gratitud, al cuidado amoroso de quienes antes dependían de él.
“Pasar de ser el papá que resolvía todo a que mis hijas me organicen los remedios y me lleven al médico fue un golpe durísimo a mi orgullo, pero también la lección más hermosa de amor. Lloré muchas noches en soledad y me pregunté mil cosas, pero decidí no anclarme en el dolor. Motivos para bajar los brazos sobran siempre; lo verdaderamente valioso fue encontrar, en la mirada de ellas y en las ganas de volver a mi hogar, una razón diaria para seguir dándolo todo”.
“Cuando Fabián llegó conmigo a la modalidad ambulatoria en la sede Belgrano, fruto de su internación él ya se ponía de pie y daba sus primeros pasos. Con nosotros lo que hizo fue afinar lo que tenía, darle continuidad y adquirir mayor confianza en esa primera caminata, usando menos la silla de ruedas y logrando independencia. En los primeros meses tras un daño cerebral se juegan los mayores logros; pudimos afianzar cada avance hasta alcanzar una meseta de estabilidad y mantenimiento donde cada paso ya era una conquista propia”, destaca la Dra. Amparo Libreros Rangel, médica fisiatra especialista en Medicina Física y Rehabilitación.

Nuevos desafíos
Lejos de los grandes hitos médicos, la verdadera independencia de Fabián se edifica en los detalles mínimos de su hogar. Cada mañana comienza con un desafío silencioso que para él representa una victoria colosal: levantarse e ir al baño por sus propios medios. A ese logro inicial le siguen rituales cargados de sentido, como cebarse sus propios mates, asomarse al balcón a contemplar el día, coordinar las viandas o sentarse a estudiar junto a su hija menor, que cursa Abogacía, un hábito compartido que mantiene su mente despierta y en constante ejercicio.
Frente a los pisos blancos de su departamento, donde no tolera una sola marca, se equipó con una aspiradora para limpiar despacio, tramo a tramo, combinando las tareas domésticas con el uso de barras de apoyo para ponerse de pie y trabajar el equilibrio. Complementando la labor de los dos kinesiólogos que lo asisten en su casa, cada rincón higienizado y cada movimiento autogestionado le devuelven la certeza tangible de que vuelve a tener las riendas de su propia vida.

Si pusieras frente a frente al Fabián que largó esa carrera en Ramallo con el de hoy, ¿en qué cambió tu manera de entender la fortaleza física y mental?
Yo siempre amé la vida, pero antes había muchas cosas que daba por sentadas. Levantarme, caminar, correr, trabajar, hacer deporte. Todo me parecía natural. Hoy aprendí que nada de eso es tan sencillo como uno cree. Antes podía correr kilómetros y kilómetros y siempre estaba pensando en el próximo desafío. Hoy mi desafío puede ser levantarme solo, caminar unos pasos o ir al baño sin ayuda.
¿Cuál es la mayor lección que este episodio te obligó a aprender?
Aprendí la importancia de la paciencia y de la disciplina. La disciplina siempre estuvo presente en mi vida por el deporte, pero ahora tiene un sentido diferente. Es levantarte todos los días y hacer los ejercicios, aunque estés cansado o, aunque los resultados no lleguen tan rápido como quisieras. Y, sobre todo, que no hay que compararse permanentemente con quien uno era antes. Esa vida ya pasó. Hay que valorar lo vivido, pero entender que hoy estamos escribiendo una página nueva.


