“El socialismo es el infierno”. Javier Milei alcanzó esa conclusión en el correr de una charla nocturna con su filósofo de cabecera, Alejandro Fantino. La idea lo golpeó como una revelación e inspiró el epílogo de su próximo libro, en el que se propone demostrar la superioridad moral de sus ideas económicas con base en la tradición judeocristiana. Cuenta ese episodio con una mezcla de fervor religioso y el dejo de insatisfacción de un profeta incomprendido.
Sus últimas apariciones públicas, planificadas para revivir el clima de optimismo social, exhibieron el malestar que le despierta la duda de los desencantados. “Si vos no tenés las pelotas para ser libre, entonces no te quejes”, dijo el jueves en un canal de streaming oficialista. Lo repitió de mil maneras: “Si los argentinos prefieren la esclavitud, bueno, listo” o “si prefieren boludear y comerse operaciones nos vamos a hacer mierda”.
Es una narrativa novedosa en un líder acostumbrado a la euforia y el triunfalismo. Milei se resigna a la tortura de esperar. Ni la inflación empezará con 0 en agosto ni “volarán” los salarios en el corto plazo, como solía prometer. Pero necesita demostrar, hacia adentro y hacia afuera, que no titubea. Que no va a cambiar de rumbo, aunque la autopista imaginada hacia la libertad que idealiza sea, por ahora, un camino de ripio.
La aparición mediática del jueves tenía por finalidad celebrar el índice de precios de abril, que volvió a bajar después de diez meses. Dio 2,6% y mayo empezó con ligera tendencia a la baja. Son niveles de alivio que lo acercan al umbral de una estabilidad de medio pelo. Se ilusiona con un quiebre en la tendencia recesiva en sectores como el comercio, la industria y la construcción, aunque sin que se vislumbre en el horizonte un boom de actividad ni un salto significativo en los ingresos de las familias.

A Milei se le atraganta la empatía. En lugar de ofrecerla, suele reclamarla hacia sí. Se arroga ser quien más sufrió el ajuste porque congeló su sueldo de presidente. Les respondió así a quienes el martes salieron a protestar por los recortes en la universidad pública. Defiende el nuevo recorte del gasto que, consecuencia de la baja en la recaudación, dispuso en casi todas las áreas de la administración, salvo en el Ministerio de Justicia.
Le resulta irritante cuando los periodistas de televisión consultan a los pasajeros de trenes por el aumento del transporte sin subrayar la necesidad de recortar los subsidios. “¿Cómo se van a sentir? ¡Como el orto! El problema es cómo carajo lo pago”.
Su fastidio alcanzó cotas mayores por la polémica por el Tesla Cybertruck que el diputado libertario Manuel Quintar estacionó en el garaje del Congreso. Se indignó cuando leyó en redes sociales que Martín Menem le había pedido sacarlo de ahí porque era un gesto innecesario de ostentación. Milei llamó a Menem para recriminárselo. El presidente de la Cámara de Diputados negó la información que había surgido de fuentes cercanas a él. Y corrió a defender en público al jujeño Quintar.

“Si el tipo se ganó honestamente el dinero, se lo gasta en lo que se le canta el culo”, sentenció Milei. Quintar es un empresario de la salud que fue peronista hasta que se quedó fuera de las listas del PJ en 2023 y apostó por La Libertad Avanza (LLA). Pasó de abrazarse con Milagro Sala a Karina Milei. Y así logró retener el control político sobre el PAMI en su provincia, mientras sus clínicas privadas prosperan. Se gastó unos 200.000 dólares en el Tesla que estrenó sin patente. Lo considera su aporte a “la batalla cultural”.
Milei lo avaló con el ahínco que usa para defender el crecimiento patrimonial de Manuel Adorni desde que es funcionario público. Son “víctimas de operaciones de la casta”, insiste.
Lo del Tesla lo animó a contar una anécdota con Elon Musk, el creador de la marca fetiche de autos eléctricos. En 2024, cuando visitó la sede de Tesla en Texas le permitieron probar un Cybertruck igualito al que se compró Quintar. Le gustó tanto que se ilusionó con traerse uno para sus traslados diarios por Buenos Aires. “Me encantó. Cuando me bajé, le dije a Elon si me regalaba uno. Pero no me dio pelota. Le dije: ‘¿Me regalas uno?” Digo, para la Argentina. Para que me pueda mover en un bicho de esos. ¿Sabes qué? Lo pintamos de negro y andamos en eso. Sería un flash total. No lo convencí”. La suerte que tuvo. El amigo Elon lo salvó de una causa por dádivas. Lo privó también del placer de revivir el escándalo de Carlos Menem y su Ferrari roja. El Tesla es mío, mío, mío.

La trampa de la grieta
La realidad expone a Milei a dilemas más complejos. El programa económico basado en el equilibrio fiscal le da un reaseguro contra una crisis severa, pero al mismo tiempo le pone límites a la sustentabilidad política del Gobierno. Hay consenso extendido entre los economistas, incluso en los abiertamente opositores, en que de acá a 2027 no habrá inflación desbocada ni default ni una mega recesión. Pero son cada vez más las voces que alertan sobre los riesgos de aferrarse a la receta que fue útil en la fase aguda de la crisis heredada. La motosierra empieza a tocar hueso.
Milei se indigna con quienes exponen discrepancias. Esta semana se atacó con el exministro macrista Hernán Lacunza, que había sugerido enfocarse en la acumulación de reservas para entrar con menos riesgo al año electoral y propuso pasar de ajuste de trazo grueso a una política fiscal más sofisticada, precisa y sostenible socialmente.
A juicio de Milei expresiones como esas son los cantos de sirena a los que alude cuando dice que se va a atar al mástil como Ulises. Traduce el matiz como una operación de enemigos que quieren impulsarlo a gastar más y a devaluar. Sospecha que Mauricio Macri está detrás de un operativo de desgaste de su figura. Marcó con rojo la frase “la gente pagó el costo del cambio y sigue esperando” que el Pro incluyó en su último comunicado. “Quieren vender un mileísmo sin Milei”, reniegan en su entorno cercano.

Su arma para contrarrestar una oferta de centroderecha alternativa es la vieja grieta política. La cruzada contra el kirchnerismo y el miedo al pasado sobreviven como potencial elemento de cohesión de un electorado descontento.
Por contrapartida se ata a vivir en la incertidumbre. Cuando prefiere el conflicto a tejer acuerdos, cuando dice “prefiero perder a entregar a un ministro honesto” o “si los argentinos eligen al verdugo, allá ellos” instala desde el poder la posibilidad de perder las elecciones de 2027, incluso cuando su oposición navega en la confusión y la impotencia. Proyecta la idea del péndulo, tan asociada a la proverbial falta de confianza en la Argentina.
En esa trampa se retuerce el ministro Luis Toto Caputo, cuando un día dice que el llamado “riesgo kuka” no existe y al otro día le echa la culpa a ese fantasma de las dificultades que enfrenta su programa para prosperar. Esta semana intentó explicar que no es una contradicción: aclaró que él opina que el kirchnerismo no tiene ninguna posibilidad de volver al poder, pero que los mercados no creen lo mismo. Por eso, el riesgo país no baja a los niveles de normalidad internacional.
Milei no ayudó mucho a Caputo en la construcción de confianza en su palabra. En la conversación con los streamers oficialistas relató por primera vez cómo tomó la decisión el año pasado de eliminar las letras de liquidez (LEFI) después del levantamiento del cepo cambiario para las personas. “Nadie quería saber nada con eso. Entonces me mira Toto y me dice, ‘¿Estás seguro?’ Sí, las quiero hacer mierda. ‘No, pero ¿cómo vas a hacer eso?’ No, nadie estaba de acuerdo con eso”. Aquella decisión liberó cerca de 10 billones de pesos al mercado y, según analistas, desencadenó alta volatilidad cambiaria y una suba de tasas que ahondó una caída en la actividad económica en los meses previos a las elecciones legislativas. El periodismo informó en ese momento que Caputo se oponía a desarmar las LEFI, ante desmentidas furibundas del ministro y de toda la Casa Rosada. No odiaban lo suficiente a quienes contaban lo que ahora admite Milei.
El Presidente dice que con esa decisión salvó el gobierno: “Hubiéramos tenido una híper”. Insiste con que consiguió derrotar “un intento de golpe de Estado” al que cada día le encuentra un cómplice nuevo, aunque no siente la urgencia de denunciarlo en la Justicia.
Insultos para todos
El discurso presidencial se pobló otra vez de insultos. El jueves en las dos apariciones que encadenó ante comunicadores que lo admiran usó 63 insultos y adjetivos deshumanizantes. Lo que Patricia Bullrich llamaría un brote de “emocionalidad importante”.
Llegó al extremo de decirle “porcino iraní” a la diputada de origen libertario Marcela Pagano, que cursa el último tramo de un embarazo. El grueso de sus ataques fue a periodistas, a los que trató de asesinos, chantas, hijos de remil putas, pelotudos, corruptos y mierdas humanas.
Suele basar sus acusaciones en recortes manipulados que circulan por redes sociales. Se informa con un Twitter de Yrigoyen que se arma en la burbuja de exageración de sus fanáticos. Celebra los elogios y premia con reproducciones a los que difunden videos de inteligencia artificial en los que se lo pinta como un héroe mitológico, siempre musculoso y con el rostro afilado.
En ese escroleo infinito reproduce falsedades que acaso crea ciertas. Le achacó por ejemplo al periodista Marcelo Bonelli haber escrito sobre una pelea a golpes con Luis Caputo que requirió llamar una ambulancia a la Casa Rosada. Nunca ocurrió: lo confundió con una broma indisimulable que hizo correr un usuario anónimo. A Débora Plager la acusó de “genocida” con argumentos distorsionados por un video que editó su amigo Gordo Dan.
Otra vez eligió comunicar en estudios donde lo dejan pelear con hombres de paja y sin el incordio de la repregunta. Se hace acompañar por completadores de frases, que a veces se ven en figurillas para acertar la expresión correcta. Le pasó el jueves, en el streaming Carajo, cuando después de cuatro horas seguidas de micrófono se le olvidó el nombre de un economista del que quería hablar. A sus interlocutores los somete a ingentes dosis de estrés: demanda un poder de concentración enorme hacer la mueca justa en medio de un monólogo interior del Presidente, dar la razón a todo o fingir asombro ante un razonamiento como si fueran Arquímedes descubriendo el principio de flotabilidad.
Milei venía de una dura derrota en la batalla cultural contra la prensa libre. La Justicia sobreseyó en tiempo récord a los periodistas de TN que el Gobierno denunció por espionaje, a raíz de un informe grabado en la Casa Rosada con anteojos inteligentes que movió a Milei a cerrar por 10 días la sala de periodistas. Tiene que haber sido doloroso que el fallo lo firmara Ariel Lijo, el juez que él propuso para integrar la Corte Suprema porque era, a su juicio, “el mayor experto en ciberdelitos” de toda la Argentina.
En su rabieta por la repercusión mediática del caso Adorni, Milei fantaseó con la idea de obligar a los periodistas a hacer públicas sus declaraciones juradas de bienes. “A ver si están tan limpios”, toreó. Desconoció algo tan simple como que los periodistas –buenos, malos, honestos o corruptos- no administran dinero público ni ejercen poder coercitivo sobre el resto de los ciudadanos. Incurrió en un reflejo de lo que él llama la casta: la resistencia a rendir cuentas.
Es un síntoma de impotencia ante una página que no termina de dar vuelta, en la que la revolución libertaria se encontró enredada en los tres males que venía a desterrar: precios en alza, abusos de poder y peleas internas paralizantes.
En su equipo hay conciencia de que necesita reconectar con los que confiaron en él y ofrecerles un puente creíble para atravesar la transición económica que su programa persigue. Buscan un mensaje de futuro, dar señales de empatía y explorar acuerdos políticos consistentes. La alternativa tiene el atractivo de la negación: culpar a enemigos imaginarios, abrazarse al confort de la grieta del todo o nada y rendirse al consejo de los aplaudidores que nunca le avisan cuando se está equivocando.


