Pasó un año desde que hice el pedido y me dieron el turno. El viaje del pasado miércoles 7 fue, para mí, como ingresar en el túnel del tiempo. Los memoriosos recordarán aquella serie norteamericana en la que los científicos Phillips y Newman formaban parte de un proyecto que buscaba probar que era posible volver al pasado o viajar hacia el futuro ingresando en un dispositivo con forma, precisamente, de túnel. La serie se emitió en Estados Unidos desde septiembre de 1966 hasta abril del año siguiente. Aquí se dio dos años después de su estreno.
El meollo de la trama estaba en que cuando estos científicos deciden probar por sí mismos el funcionamiento del aparato, se dan cuenta de que no podían calcular con exactitud si viajarían al pasado o al futuro, y mucho menos regular el viaje con precisión. Podían verse en medio de batallas medievales o viviendo escenas de ciencia ficción, y cuando encontraban la manera de regresar, nunca volvían a su tiempo, lo que daba pie para el comienzo del próximo capítulo. La serie concluyó abruptamente por falta de presupuesto y de audiencia. Con lo cual, Phillips y Newman quedaron boyando en el tiempo sin regresar nunca.
Mi viaje, al menos por ahora, no fue más allá de la sede del consulado de España en Buenos Aires, con la intención de adquirir la tan buscada ciudadanía de ese país. Eso en lo práctico. Pero la procesión va por dentro, ya se sabe.
No iba a ese lugar desde hacía décadas. En 1973 acompañé a mis padres y a algunos de mis hermanos a renovar sus pasaportes. Toda la familia había llegado desde Vigo a Buenos Aires en 1956, buscando un futuro mejor que los alejara del pasado franquista. El temor a que el retorno del peronismo volviera a sumergirlos en la tragedia los hizo prepararse para, si era necesario, desandar el Atlántico. Yo era el único que había nacido en la Capital Federal y no había sido anotado como español en el consulado. Mi pasaporte fue tramitado en la Policía Federal.
El retorno nunca se produjo (salvo para visitar a la familia). Con los años, acompañé a mi madre varias veces a la sede española, donde solía renovar sus documentos, pero lo cierto es que, pese a su insistencia de muchos años, nunca hice los trámites para obtener la ciudadanía.
Con la ley de nietos se abrió una posibilidad y, terapias y conversaciones familiares mediante (sería largo explicar mis dudas), pedí mi turno en octubre del año pasado, que se concretó ahora.
El consulado sigue funcionando en la sede señorial de Guido y Callao. Lógicamente, no tiene mucho que ver con lo que yo recordaba. El ingreso en tiempos de mi madre era mucho más accesible, supongo que al menos desde 2001 se pusieron controles electrónicos mucho más sofisticados como en cualquier sede diplomática, por ejemplo, con una orden estricta de celulares apagados, antes incluso de pasar por el escáner.
Hay cierta ansiedad en las personas que asisten para hacer el trámite. En mi caso fue muy importante el asesoramiento del Centro de Descendientes Españoles Unidos. “¿Quién es el español familiar por el que va a tomar la ciudadanía?“, me pregunta la empleada, después de que le entrego toda la documentación. ”¿Su padre, su madre”? “Todos”, le dije entre risas nerviosas, porque es una respuesta que suelo dar en confianza. Y aclaré, en ese mismo tono personal, que contesté así porque soy el único argentino de mi familia de origen. El elegido fue mi padre. Luego de constatar que estaba todo en orden, me despidió con el aviso de que me llegaría un mail con las novedades del caso y la respuesta definitiva, lo que “seguramente demorará unos meses”.
Salí a la calle sintiendo que había dado un paso en agradecimiento. En estos días me di cuenta: el domingo fue el Día de la Madre. Joaquina estará contenta.


