Lo único que podríamos lamentar desde una aproximación literal a la nueva y fascinante creación para la pantalla de Santiago Loza es la confesión en primera persona que hace más de una vez alrededor de la posibilidad de que no vuelva a hacer cine. Después nos consolamos pensando que ese impulso expresado en voz alta no es otra cosa que una manifestación más del abatimiento, la melancolía y la manera despojada que elige Loza para mirar al mundo y transmitir el indudable asombro por todo lo que descubre en un viaje largamente soñado con palabras que transmiten otra clase de deseo: las ganas de estar lejos de allí, en el refugio del hogar.
Lo más interesante de todo es que al mismo tiempo Los días chinos, la nueva obra de Loza que todavía puede verse en el auditorio del Malba, dice a través de la omnipresente voz en off de su autor que a menudo se despierta en su hogar de Buenos Aires imaginando que en realidad nunca se fue de Shanghai y sigue allí.
Los días chinos no solamente es un documental de rara y cautivante belleza. Desde la modesta apariencia de una obra casi artesanal y una duración igual de austera (apenas 64 minutos) crece hasta convertirse en una de las experiencias más fascinantes surgidas del cine argentino en los últimos años. Pocas veces hemos visto en nuestra producción audiovisual más reciente una alianza más fecunda entre mirada y palabra, entre imagen y reflexión, entre la voz y el silencio.
El multifacético Loza (cineasta, poeta, dramaturgo, director teatral, novelista) recurre a una cámara prestada para elaborar el registro incompleto de un viaje largamente anhelado al Extremo Oriente que finalmente se concreta cuando él mismo parecía resignado a la cancelación definitiva. Loza esperó durante años que China le confirmara finalmente que iba a poder instalarse allí un tiempo para participar de una residencia para escritores.
Una de las cosas más curiosas de la experiencia, cuando logra hacerse realidad, es la certeza de que ese viaje debió postergarse entre otras cosas por la pandemia y la situación sanitaria, hasta que en una de las etapas de la travesía lo vemos en tránsito a Wuhan, la ciudad en la que se originó la crisis mundial provocada por el Covid-19. Allí estuvo el paciente cero, pero no hay mención alguna de esa coincidencia.
En cambio, la voz en off de Loza, con un velado acento cordobés que la hace todavía más sugerente, se asoma a muchas otras cosas. Sobre todo la contradictoria sensación de estar presente con su cuerpo y todos los sentidos en un lugar al que mentalmente todavía no llegó del todo.
Desde este lugar su relato genera en el espectador una sensación extraña y fascinante al mismo tiempo. Loza admite la imposibilidad de no poder capturar todo lo que observa: destellos de la vida cotidiana de una gigantesca urbe china, las calles, la arquitectura, los paseos, la comida, el clima y el aire que allí se respira. Pero a la vez la cámara del autor-director-narrador no deja de apropiarse de esa realidad y la reproduce a la vez con curiosidad y pudor (allí está su decisión de apartarse de mirar algunos momentos cotidianos de profunda unión entre las personas comunes y corrientes y sus creencias religiosas).
Un parque, un zoológico, una celebración, un viaje en tren o un paseo en barco a través de una pequeña “ciudad acuática” que asocia al paisaje bonaerense del Tigre son algunos de los destinos de una bitácora de viaje hecha de fragmentos y de hermosos versos impresos en distintas placas que se van intercalando con las imágenes.
En un momento Loza vuelve a decir que duda de la posibilidad cierta de regresar a China y también de volver a hacer una película. Es imposible no asociar esas confesiones al reconocimiento al mismo tiempo de estar mirando desde lejos a la Argentina, un país que “se desintegra”.
Los días chinos es el nuevo fruto de un creador con extraordinaria lucidez para compartir una mirada sobre la realidad (curiosa, inocente, a veces amorosa y a veces distante) que parece clara y hasta definitiva cuando en realidad se va construyendo sobre la marcha sin saber muy bien cuál es el camino que lo llevará en algún momento hacia la certeza. La imagen desenfocada de algunos de los paisajes capturados por la cámara es la metáfora perfecta de lo que pasa por su cabeza.
El próximo viernes 1° de mayo, a las 18.40, será la última función de Los días chinos en el auditorio del Malba, Av. Figueroa Alcorta 3415, y la película ya está programada, aunque todavía sin fecha, para ser vista en el cine York de Olivos. Mientras tanto, lo veremos este miércoles 29, a las 19, dialogando en la sala Julio Cortázar (pabellón Blanco) de la Feria del Libro con Eugenia Zicavo en la presentación de Diario chino, libro que acompaña la experiencia de la realización del documental.


