¿Qué hacer frente a las amenazas virtuales de tiroteos? ¿Qué estrategias elaborar para trabajar con los docentes y los padres? ¿Cómo interpretar las nuevas modalidades vinculares en la época de las redes sociales? Múltiples preguntas surgieron desde la irrupción en la agenda pública de los problemas de violencia en las escuelas. En su libro Violencia en las escuelas, la especialista en educación Andrea Kaplan aborda a través de un formato sencillo y directo de 29 preguntas y respuestas las problemáticas actuales vinculadas a la convivencia y los conflictos en los entornos educativos.
–¿Qué debemos hacer los adultos frente a un hecho o amenaza de violencia escolar?
–Una amenaza pintada en un baño o una foto de un adolescente con un arma en un estado de WhatsApp, no son una broma. Generan miedo real, conmoción y cuestionan la idea de la escuela como lugar seguro, para los estudiantes y para los docentes. Lo primero que hay que hacer es no banalizar ni espectacularizar estas situaciones. Toda amenaza debe ser tomada en serio, pero también trabajada institucionalmente y no solo desde el miedo o el castigo. Muchas veces estos hechos no aparecen de un día para otro: estuvieron precedidos por señales de aislamiento, hostilidad, sufrimiento o escaladas que no fueron advertidas. Hoy más que nunca hacen falta adultos atentos, capaces de intervenir tempranamente y de construir redes entre escuela, familias y equipos profesionales.

–Contás en tu libro que hasta no hace tanto tiempo la violencia física estaba legitimada en las aulas. Hoy que esas prácticas están prohibidas, ¿cuáles son las “violencias invisibles” que más preocupan en el ecosistema escolar?
–La violencia que irrumpe en las escuelas es, ante todo, social. Yo insisto en diferenciar cuando la escuela es escenario, productora o blanco de violencia. Sobre todo deseo desmitificar el supuesto de que los alumnos son violentos. Esto no significa negar la gravedad de los hechos más recientes ni deslindar las responsabilidades y consecuencias, pero sí mirar la escena con un lente más amplio. La escuela es caja de resonancia de la sociedad de la cual forma parte y de los modos que ella se da hoy para tramitar miedos, conflictos y límites. Desigualdad, desamparo, discursos agresivos, fascinación por las armas y, en fin, diversas violencias circulan en las instituciones educativas y fuera de ellas. Esto no es nuevo. Tenemos que ser honestos: la escuela no puede resolverlo todo y mucho menos sola, pero tiene la obligación de intervenir cuidando, enseñando y buscando vías de reparación. Efectivamente la violencia física ya no está legitimada y eso es un avance enorme. Pero aparecieron otras formas de violencia más difíciles de identificar porque pueden atribuirse a modos “normales” de vincularse: humillaciones, hostilidad, burlas sistemáticas, exposición en redes, aislamiento, crueldad grupal o pequeños destratos cotidianos que muchas veces se minimizan bajo la idea de que “son cosas de chicos”.

–¿Qué puede hacer un docente ante este escenario?
–La escuela no puede aislarse de su época ni convertirse en una burbuja. Las desigualdades, la violencia social y las tensiones culturales la atraviesan. Pero justamente por eso la escuela sigue siendo fundamental: porque puede construir otro modo de tramitar los conflictos. Un aula no puede reproducir la lógica del “afuera”. En la escuela hay normas y reglas para convivir. El aula es un espacio privilegiado para poner en práctica reglas compartidas, tiempos de palabra para cada uno, límites claros y, sobre todo, adultos capaces de “hacer algo” frente al miedo, el desconcierto y la crueldad.
–Una de tus tesis es que el conflicto es inevitable, pero la violencia no.
–El conflicto forma parte de toda experiencia humana y no representa el fracaso de la posibilidad de convivir. El problema aparece cuando no hay adultos disponibles para alojar y trabajar en torno a los conflictos, sean pequeños o no. Un conflicto puede transformarse en una oportunidad pedagógica cuando permite detener la escalada, producir reflexión, reparar daños y construir nuevas formas de convivencia. La pregunta no es cómo eliminar todo conflicto, sino cómo intervenir antes de que se vuelva destructivo.

–El libro propone repensar la autoridad docente. ¿Qué cambió en el contrato entre la familia y la escuela para que hoy esa autoridad sea tan cuestionada?
–Cambió profundamente la relación entre autoridad y legitimidad. Durante mucho tiempo la autoridad escolar estaba sostenida por la institución, la familia y la cultura. Hoy eso ya no ocurre. Los adultos tienen que construir legitimidad cotidianamente. Niños, niñas y adolescentes siguen necesitando adultos capaces de poner límites, sostener criterios y asumir responsabilidades; si no corren el riesgo de quedar desamparados.
–Puntualmente, entonces: ¿qué se hace ante a una situación intimidatoria en la escuela?
- Tomar la situación en serio: no minimizarla como chiste, reto viral o travesura.
- Activar los protocolos: cuidar primero, interpretar o debatir después.
- Preservar la evidencia: guardar capturas o mensajes sin multiplicarlos.
- Comunicar con claridad: informar qué se sabe, qué no y qué medidas se están tomando.
- No alimentar el rumor: ni familias ni medios deberían ser amplificadores del miedo.
- Intervenir después de la urgencia: trabajar lo ocurrido con estudiantes, docentes y familias.
- Reforzar el cuidado digital: supervisar redes y desmontar la idea de que al intimidar online “no pasa nada”.
- Sostener presencia adulta: no dejar a los chicos solos con sus miedos.


