“Lo que comienza con cólera acaba en vergüenza”. La máxima de Benjamin Franklin ilustra la chirriante gira de Javier Milei por España y, a continuación, la amarga admisión del estancamiento argentino: fue a enseñarle la exitosa “escuela austríaca” al país que más crece en Europa, y al regresar debió reconocer implícita y explícitamente que aquí los pronósticos resultaron fallidos y que su modelo derivó en una dura recesión. La reseña de este extraño periplo -durante el que un libertario ofrece derrumbar con motosierra los derechos sociales de una nación capitalista donde funciona el Estado de bienestar-, incluye muy especialmente su habitual despliegue de agravios, desmanes diplomáticos e intolerancia a la prensa; entre otras cosas, llamó ladrón y dictador al presidente constitucional de la madre patria, destrató malamente a periodistas que preguntaban con suma corrección y se regodeó con “patear culos zurdos”.
Milei consiguió ser unánime: el espanto y la crítica fueron en España transversales, y decretaron el fracaso de su viaje proselitista
Para sus compatriotas, que hemos normalizado el maltrato y la grosería, fue un sacudón emocional, porque contemplamos por un rato y bajo lúcida perspectiva -sin la engañosa anestesia de la costumbre-, lo que padecemos cada día y por cansancio dejamos pasar, y nos abochornó que se confundiera a este personaje agresivo y esperpéntico con la identidad nacional: por suerte ese mismo día Lionel Messi era recibido con gaitas asturianas, premiado en Oviedo por su talento y elogiado unánimemente por su modestia. Milei también consiguió ser unánime: el espanto y la crítica fueron allí transversales, y decretaron el fracaso de su viaje proselitista. Dos notables columnistas independientes -uno de El País y otro de El Mundo– bosquejaron su impresión: “Ha sido muy estimulante ver a un cazurro legendario como Milei meterse con la inteligencia de los demás -dijo el escritor Manuel Jabois-. Fue un chisgarabís perfecto. Difícil encontrar hoy, en el panorama internacional, alguien del nivel cognitivo y verbal de un tipo que anda gritando zurdo a todo el mundo, alguien de recorrido gramatical tan deprimente”. Cazurro es tosco y retorcido; chisgarabís, mequetrefe arrogante y de poco juicio. El escritor Antonio Lucas, por su parte, llamó “circo esquizo” su paseo mediático por Madrid y “estupidez bravucona” su praxis, y buscó una explicación biológica a tanto desatino: “Sobrecarga de testosterona que adultera la naturaleza de la realidad”. Luego de llamar “siniestro” al kirchnerismo, Lucas se preguntó entonces por el lenguaraz libertario: “¿Cómo se soporta a un tipo así, y cómo se sobrevive si te maneja el país?”. El periódico del grupo Prisa publicó un editorial donde se calificaba al mandatario argentino como “un charlatán sin autocontrol al que evitan los líderes mundiales”. Felipe González, que no quiere nada al sanchismo y que incluso ya anunció su voto en blanco para las inminentes elecciones, calificó la personalidad de Milei: “Un maleducado que insulta a todo el mundo, y cuyo mérito es ser un ‘economista brillantísimo’ que lo está arreglando todo, ¡pero Argentina está en recesión! ¿Cómo se puede ir a un país a insultar? Es una falta de educación cívica y política”.
La flexibilización laboral combinada con una agónica demanda representa el peor de los mundos para muchos empleados y empleadores
Más allá de estos dardos -ganados a pulso por el León-, Felipe estaba poniendo el dedo en la llaga, puesto que algunos españoles distraídos podían llegar a pensar equivocadamente que ese fantástico argentino altanero con lenguaje soez estaba agrandado después de haber logrado un extraordinario milagro económico, cuando el gran drama del momento consiste en que va quedando claro -ya no solo para los heterodoxos y para las sufrientes clases medias- que el supremo elixir no funciona. O al menos que produce serios daños colaterales. El propio Presidente, y esto lo honra, confesó a Radio Rivadavia que los indicadores no evolucionaban como él y Luis Caputo esperaban, aunque intentó escudarse en un factor que es parcial: el shock externo, la guerra en el estrecho de Ormuz. El sincero reconocimiento no borra, sin embrago, un anterior triunfalismo infundado, un uso arbitrario de las cifras y un bullying sin piedad contra los “mandriles” que le advertían estos mismos problemas. La actividad volvió a estancarse en agosto y se está deslizando rápidamente hacia una “recesión técnica”; la industria y el comercio no encuentran piso, el consumo masivo se contrajo una vez más y la inflación mayorista sigue trepando, en este caso sí por el incremento del precio internacional del petróleo. Es el riesgo país, y no el gas de buzo, lo que sube de manera sostenida y peligrosa. Y son precisamente los analistas de Wall Street y los economistas más ortodoxos de la plaza quienes asoman con mayores objeciones, porque denuncian que esta “frialdad” -directamente proporcional al incremento de un fuerte malestar colectivo- se debe a errores de concepto en el diseño del plan, que esto no será “un paseo por el parque”, que no vienen ni de lejos los “mejores dieciocho meses de nuestras vidas” y que, en consecuencia, podrían propinarle una pésima noticia electoral al oficialismo. El Financial Times, al que leen los grandes inversores del mundo, dijo que nuestro país está signado por “un ambiente sombrío, a un año de las elecciones del 2027”, y contó en un artículo urticante cómo se redujeron los salarios desde 2023 -un 10%– y cómo se han perdido 300.000 trabajos. Es que la flexibilización laboral combinada con una agónica demanda representa el peor de los mundos para muchos empleados y empleadores. Varias encuestas muestran, a pesar de la negativa presidencial, que la gente solo llega a fin de mes en modo supervivencia: con más y más deudas y atrasando pagos, en una espiral desesperada e inquietante. Silvia Naishtat cubrió esta semana un simposio de la Universidad de Tel Aviv al que acudieron eminentes politólogos con sus sondeos en la mano: “Preocupación, incertidumbre y tristeza”, son los sentimientos que descubren en muchísimos hogares. Lara Goyburu reveló allí que el 51% de los próximos votantes serán mujeres, un universo donde la imagen de Milei es marcadamente raquítica: “Son las que perciben de forma directa el costo del ajuste, porque suelen administrar los gastos de la casa, cuidar a otras personas y sostener hogares monoparentales -señaló-. Los recortes en salud, educación y atención a personas mayores las afectan”.
Ricardo Arriazu, otrora referente del profeta de Olivos, señaló que todo este exiguo crecimiento se debe a la política monetaria. Y otro verdadero tótem de la profesión -formado en la escuela económica de Chicago-, Miguel Angel Broda, fue más allá y explicó en el streaming de Ahora Play que el Gobierno puso en práctica una estabilización sin consistencia: abrieron la economía con un dólar barato y sin tomar en cuenta el costo de la transición de un régimen que debería “llevar cuatro o cinco gobiernos” para “convertirnos en un país normal” y que por lo tanto debería ser capaz de pasar muchos exámenes electorales: “Si no estimulamos la demanda doméstica y no estimulamos la reactivación”, el humor social puede reanimar a los populistas de izquierda y podemos volver a las “andadas” como un país bananero, remarcó: “El costo de la transición es desesperante”. Hay que hacer el cambio, le dijo a Maxi Montenegro, pero hay también que darle tiempo a las empresas para adaptarse: de diez que cierran, cinco lo hacen al cuete, de manera innecesaria. “Abrir es fundamental para terminar la decadencia, pero también es crucial generar condiciones para que el talento argentino se pueda adaptar”. Según Broda, no queda margen para modificar lo fiscal, pero sí para lo cambiario y monetario. ¿Tendrán razón? Quién sabe. Lo cierto es que no son los socialistas obreros españoles -los “zurdos” de siempre- quienes están dando las señales de alarma. Puede que el Gobierno tenga que bajar la soberbia y ponerse a escuchar.


