Después de la batalla de Caseros (3 de febrero de 1852), la ciudad de Buenos Aires inició un largo proceso de transformación.
“Es una etapa bisagra”, asegura Soledad Saubidet, que acaba de presentar Narra Buenos Aires, un libro que recorre la historia de esta ciudad y explora a partir de una línea de tiempo sus edificios y espacios más significativos. Recurre a historias, anécdotas y personajes que ayudan a ordenar ese desarrollo. “En ese momento se da un renacimiento de la arquitectura, de la proyección urbanística”, agrega Saubidet quien, además, es guía de turismo formada en museología, tiene una presencia activa en visitas a sitios clave de la ciudad.
Con la fotógrafa Carolina Gutiérrez armaron un libro a modo de postales que recorre la historia de esta ciudad, desde su nacimiento colonial hasta nuestros días.

Uno de ellos, el capítulo V, titulado La Gran Aldea, refiere a la etapa que inició en 1852 con la Batalla de Caseros y se extendió hasta el arribo de la generación del 80.
La derrota de Juan Manuel de Rosas a manos de Justo José de Urquiza al frente del Ejército Grande en Caseros renovó la agenda argentina y reflejó transformaciones en todos los aspectos de la cultura, sobre todo en Buenos Aires. La ciudad que había sido una suerte de fortaleza y centro del poder rosista protagonizó un proceso que la acercó a los cánones modernos.

“Nosotras lo llamamos La gran aldea. Buenos Aires conserva rasgos coloniales, pero empieza a ser moderna; claro, no del todo”, se ríen.
“Buenos Aires apuesta a mostrarse como la cabeza de una potencia. Edificios como la Aduana Taylor y el primer Teatro Colón (frente a la Plaza de Mayo) dan cuenta de ese espíritu”, concluyen.
Cambia, todo cambia

Luego de la caída de Rosas, Buenos Aires comenzó a ser otra. La vida social se modificó. La aparición de ciertos espacios, como el Club del Progreso y el primer teatro Colón –hoy desaparecidos–, así como el café Tortoni, mostraban la vocación por reunirse y disfrutar. Hay que recordar que durante el período rosista la vida social estaba muy reglamentada, había demasiadas prohibiciones, solo se permitían festividades religiosas y eventos vinculados al poder de turno.
Además, Buenos Aires permaneció unos cuantos años separada del resto de las provincias; recién en 1861, después de la batalla de Pavón, se unió al resto de las provincias. Antes había funcionado como una suerte de estado autónomo y la aduana, con sus increíbles ingresos, le permitió avanzar en el proyecto de su primera modernización; incluso programas urbanísticos postergados empezaron a cobrar vida en esta etapa.
El frontis de la catedral es un claro mensaje de época. Realizado en 1863, muestra la historia bíblica de José. El tema no fue elegido al azar: es un mensaje político, una propuesta política de reconciliación.
La historia allí representada refiere al encuentro entre José y sus hermanos, quienes lo habían vendido a unos mercaderes egipcios años atrás como esclavo. José se salva y se convierte en visir gracias a la interpretación del famoso sueño del faraón de las siete vacas gordas y las siete flacas. Gracias a su visión de los sueños, Egipto es el único en la región que guarda provisiones para la época de sequía –vacas flacas– frente a la hambruna generalizada. En esas circunstancias, desde Judea llegan sus hermanos: José los reconoce, los perdona y los alimenta.
Se hizo la luz, llegó La Porteña

La llegada de la luz a gas al alumbrado público fue otro gran cambio. Antes, las calles eran definitivamente oscuras y peligrosas. La iluminación doméstica tuvo un desarrollo más lento, pero paulatinamente la luz a vela fue desapareciendo y los interiores se volvieron luminosos al llegar la noche, una sensación desconocida para la época.
El primer Teatro Colón (1857), proyectado por Carlos Enrique Pellegrini, el padre del que luego fue presidente de la Nación, tenía grandes arañas a gas. Diseñado con una capacidad que rondaba los 2500 espectadores, no tenía nada que envidiarle al Teatro Colón actual. Los palcos, a la usanza de la época, eran para caballeros y las cazuelas para el público femenino: hombres y mujeres no se mezclaban.
La llegada del ferrocarril fue otro factor clave. La locomotora La Porteña partía desde Plaza Lavalle y llegaba hasta Floresta. Ese nuevo medio de transporte, que transcurría por un trayecto de 10 km, modificó el traslado urbano y dio lugar a la aparición de los tranvías tirados por caballos que funcionaron como una suerte de taxis. “El ferrocarril te llevaba a la zona de la ciudad donde tenías que ir y el tranvía a la puerta de la casa. Los tranvías eléctricos son posteriores, de la década del 1890, y causan una verdadera revolución en el transporte porteño”, cuenta Soledad.
La vida de todos los días

La vida se volvió más glamorosa, cuenta Saubidet, pero aún no era una sociedad consumista y ostentosa que viajaba por el mundo, un cambio que se empezó a observar en las familias ricas a partir del período siguiente. Todavía se vivía una suerte de clima pueblerino.
Años después, Jorge Luis Borges recordaba esa época en el poema Buenos Aires:
Recuerdo los jazmines y el aljibe, cosas de la nostalgia.
Recuerdo un tercer patio que era el patio de los esclavos
Recuerdo el tiempo generoso, la gente que llegaba sin anunciarse…
Todavía existía esa costumbre, aun en el seno de las familias paquetas. La gente dormía la siesta y dejaba las puertas abiertas. Se llegaba de visita sin avisar, una costumbre muy mal vista el período siguiente.
La anécdota de las siglas RSVP en las tarjetas de invitación muestra la mentalidad de una época de cambio. “Dicen que un miembro de la familia Alvear fue el primero que las implementó en las invitaciones que enviaba convocando a sus reuniones, muy a la francesa. La gente no sabía de qué se trataba esa inscripción y especulaban con la posibilidad de que su significado oculto fuese: Roca será vuestro presidente”, relata Soledad.
En la década de 1880 las costumbres se volvieron más europeas: había que anunciarse antes de llegar y el té de las 5 reemplazó a nuestra clásica infusión de yerba y bombilla.
Los italianos

A partir de 1860 comenzaron a llegar las primeras oleadas de inmigrantes europeos. Arribaron en número significativo, especialmente los venidos de Italia. Esta llegada se tradujo rápidamente en la arquitectura de los nuevos edificios que, además, reflejan un estilo de moda en ese país: el Neorrenacimiento italiano (Risorgimento).
“Los que llegan son albañiles, constructores, en su mayoría, no son ni arquitectos ni ingenieros, pero tienen encanto y gracia para transformar los frentes de casas coloniales y hacen maravillas”, señala Saubidet. “Les agregan ángeles, balaustradas, capiteles, embellecen las fachadas y les dan una impronta neorrenacentista. Por otro lado, aquellas casas que se edifican desde cero se hacen con ese estilo”, agrega.
La casa de Gregorio Lezama (hoy Museo Histórico Nacional) en el parque del mismo nombre y muchos otros caserones de San Telmo que hoy se mantienen en pie siguen esa línea. De hecho, la Casa Rosada se remozó más tarde también en ese estilo, por orden de Sarmiento.
Celeste, amarillo y rosa eran los colores de moda para las casas, así como los detalles en mármol que sumaban categoría a la construcción. La austeridad del periodo anterior se fue diluyendo.

La casa chorizo comenzó en esta época. “Se trata de un modelo con tres patios. Después de un zaguán se accede a un primer patio, un pasillo largo lleva a un segundo patio y luego a un tercero”, señalan las autoras de “Narra Buenos Aires”.
A modo de ejemplo, mencionan la casa que Sarmiento compró en Buenos Aires en 1875. La vivienda responde a este modelo, muy ornamentada y de un tono rosado; hoy es la Casa de la Provincia de San Juan
“Durante este período Buenos Aires se jerarquiza, las propiedades son más sólidas, se nota la presencia del mármol, los detalles decorativos abundan y mucho de esto tiene que ver con la primera inmigración”, aseguran Soledad y Carolina.
El barrio de La Boca se inició por aquellos años, un reducto de italianos del norte que preferían dedicarse a las actividades portuarias y se instalaron en los alrededores del Riachuelo.
Dos arquitectos significativos aparecen mencionados en el libro: Nicola y Giuseppe Canale, padre e hijo. “Ellos construyeron el italianísimo palacio Miró (1868) que ocupaba la manzana norte de la Plaza Lavalle y hoy, por supuesto, ya no está. Los Miró Dorrego eran una familia muy rica vinculada a las empresas del ferrocarril”, concluyen.
Son los mismos arquitectos que diseñaron la iglesia redonda de Belgrano (Inmaculada Concepción, 1870), que es una suerte de palacio. En las últimas etapas de ese proyecto participó otro italiano, José Antonio Buzchiazzo, otro arquitecto clave de aquellos tiempos.
Un texto de la época definía la zona de esta manera, referida al nuevo aspecto que la iglesia le otorgó al Paseo de la Barranca: “Recomendamos este terreno a los ricos capitalistas amantes de lo bueno y del progreso, mucho más siendo su producto destinado para la prosecución de nuestro colosal monumento, la Iglesia nueva”.
El café Tortoni

Es el café más antiguo de Buenos Aires todavía en pie. Fue construido en 1858 a iniciativa de su dueño de entonces, un francés de apellido Toun, que le puso el mismo nombre que un café parisino famoso por congregar a la intelectualidad en el siglo XIX. Entonces, se ubicaba sobre la avenida Rivadavia a la altura de Esmeralda. Más tarde, con la apertura de Avenida de Mayo (1894), se mudó al predio actual.
El edificio actual es posterior a la época mencionada y es obra de un arquitecto muy de moda a partir de la década del 80, Alejandro Christophersen. Se construyó cuando pertenecía a Celestino Curuchet.
Hoy es uno de los bares notables de la ciudad y a principios del siglo XX fue sede de la famosa peña del pintor Quinquela Martín.
La Aduana Taylor
“La Aduana Nueva, como se la conocía en su tiempo, fue el primer edificio público de grandes dimensiones que tuvo la ciudad. Además, se levantó sobre el primer relleno de terrenos ganados al río. Su estructura semicircular de cinco pisos con depósitos abovedados rodeados por galerías impresionaba a porteños y viajeros, que por fin tenían un muelle para ingresar a Buenos Aires”, concluye la autora de “Narra Buenos Aires”.
Llegar a Buenos Aires antes de 1857 era una odisea. “El río playo obligaba a los cansados viajeros a bajar de los barcos y subirse a barcazas (seguramente destartaladas), que los conducían a unas carretas de ruedas enormes que los acercaban a la costa. Llegaban mojados de pies a cabeza, agotados por el infinito viaje”, cuentan Gutiérrez y Saubidet en su libro. El muelle de pasajeros fue una necesidad, pero también una bendición, una forma de sumarse a los tiempos modernos.
A fines del siglo XIX, con el inicio de las obras de Puerto Madero, la planta baja y parte del primer piso quedaron sepultados. En 2012, los arcos y sus antiguas galerías fueron transformados en Museo Casa Rosada. Hoy este sitio atesora objetos, documentos y obras de arte que permiten recorrer la historia argentina y latinoamericana.
Sarmiento constructor

La llegada de Domingo F. Sarmiento al gobierno (1868-1874) dejó una impronta significativa en la ciudad. Luego del primer censo, que dio cuenta de un gran analfabetismo, el entonces presidente puso en marcha su proyecto de escuelas, una decisión política que se tradujo en numerosos nuevos edificios.
También tuvo que enfrentar una epidemia atroz. Durante el carnaval de 1871 se desató la fiebre amarilla, un evento sanitario que cambió a la ciudad para siempre. Murieron unas 13.000 personas, el 8% de la población, y los cementerios de entonces, Recoleta y Parque Patricios, no dieron abasto. Este suceso dio como resultado la creación del cementerio de la Chacarita. Las tierras habían pertenecido a los jesuitas y luego se convirtieron en el campo de deportes y/o vacaciones para los alumnos del colegio San Carlos, luego Nacional Buenos Aires.
También produjo un cambio de domicilio de cierta población hacia el norte. “Aunque muchos historiadores consideran que fue el motivo del éxodo de la élite hacia los nuevos barrios del norte, también se puede pensar que la llegada de inmigrantes generó aquel cambio. Las familias más ricas, que habitaban los barrios del sur, buscaron un espacio para construir sus nuevos palacios en otra zona. Era el comienzo de una nueva Buenos Aires, muy distinta de aquella gran aldea”, detalla Saubidet.

Sarmiento también fue un urbanista. El Parque Tres de Febrero, conocido popularmente como los Bosques de Palermo, es fruto de su mente de avanzada, una idea que buscó brindar a los porteños un parque público. Diseñado sobre las antiguas tierras de la estancia de Rosas, el proyecto aprovechó los desniveles del terreno para construir un gran lago frente a la residencia conocida como el Caserón de Rosas.
El libro
“Narra Buenos” (2026 India Ediciones) fue la idea de dos amigas que se conocen hace 20 años, Carolina Gutiérrez y Soledad Saubidet. La idea nació de los miles de fotos que Carolina tomó durante las visitas que guiaba Sole por la ciudad de Buenos Aires. Primero armaron un Instagram y luego se lanzaron a una empresa más desafiante: hacer un libro.
Juntas recorrieron las calles de Buenos Aires, observaron con ojos nuevos lo que habían visto cientos de veces. Investigaron. Organizaron el contenido a partir de una línea de tiempo desde el origen colonial hasta la actualidad y a partir de una serie de postales y textos divertidos y accesibles, llenos de datos.
Datos útiles
- “Narra Buenos Aires” se puede adquirir en la librería Concepto Preludio y o en Instagram @narrabuenosaires
- El libro se volverá a presentar el 19 de agosto a las 18.30 en La Botica del Ángel con entrada gratuita.
- Aquellos interesados en participar de las salidas que organiza Soledad Saubidet podrán contactarse a través de @descubriendo.buenosaires



