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Bullrich, una rebelde con causa

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“Nunca fui lo que querían de mi”, tararea Patricia Bullrich en su último spot acompañando una canción que canta Lali Espósito. Nadie sabe si es mejor quedarse con esa frase o con el hecho de que la actual senadora haya rescatado a Lali Espósito, una cantante y compositora abiertamente crítica de la gestión de Javier Milei. Hubo un tiempo reciente en el que el Presidente le dedicó a la artista uno de sus habituales insultos, le faltó el respeto a una mujer y, encima, cambió su apellido ofensivamente: Lali Depósito, la llamó. “Sé que quisieran poder controlarme”, dice Espósito en ese canto, y Bullrich la sigue con los labios. Y concluye con una sonrisa irónica con otro párrafo de la canción: “No voy a vivir con miedo”.

Esas oraciones sintetizan de algún modo el instante político que está viviendo Patricia Bullrich, una mujer con casi cincuenta años de experiencia política y por eso, aunque no solo por eso, con un especial olfato político para establecer la ocasión exacta en la que la rosa de los tiempos marca un cambio en la dirección del viento. Tampoco quiere que la historia la encuentre sumisa ante el error de los otros, o que otros hayan aprovechado la oportunidad que ella tuvo.

La gran pelea por el modelo: Milei ¿entre Bullrich y Kicillof?

“Están locos, recontra locos”, dijo después en declaraciones públicas aludiendo al Gobierno y a los cambios inconsultos en el presupuesto. Para decir eso, ya ni siquiera necesito a Lali Espósito. “Yo nunca hablo de los periodistas”, repite la senadora, que milita en el mismo partido que ha hecho de sus agravios al periodismo un método político. Su actual estabilidad política no depende, además, de la voluble voluntad del Presidente; ella tiene ahora por delante, como senadora nacional, un mandato por cinco años más, y solo ella puede decidir si completa ese mandato o si elige hacer otra apuesta en su larga carrera en la vida pública. Seguramente elegirá correr otro riesgo, sobre todo si tiene la posibilidad de volver a competir por la presidencia de la Nación. Nunca nadie la vio resignarse a la derrota de 2023. “Yo quería estar ahí”, solía lamentarse cuando se avecinaba el balotaje entre Milei y Sergio Massa.

Sin embargo, pasó rápidamente la página del lamento y se dedicó a la reconstrucción de su vida política. Lo está logrando. Tiene siete vidas. No acostumbra a coleccionar rencores, y hoy se acercó a radicales, a sus viejos compañeros de Pro y hasta a algunos peronistas no kirchneristas. Hay una sola valla que no cruzó y consiste en un acercamiento a la vicepresidenta, Victoria Villarruel, que nunca sucedió hasta ahora. Puede ser porque eso sería una ruptura terminal con Milei o simplemente porque la considera una futura competencia de ella misma.

Dicen los que merodean al lado del poder que Karina Milei fue la que impulsó la carrera de Bullrich hacia la senaduría nacional. No fue por generosidad, agregan, sino porque la quería sacar del gabinete de Milei, donde era una popular ministra de Seguridad. Pésima maniobra política de la hermana presidencial, si es que fue así: ahora tiene a una senadora que no depende de ella ni de su hermano. Y la tiene justo cuando se extiende el runrún de que el año próximo se necesitarán alternativas más amplias que la que puede significar un duelo solitario entre Milei y Axel Kicillof.

El establishment sensato de la política y el empresariado comienza a clamar por una solución que no signifique un regreso al pasado. Es lo mismo que pide una clara mayoría social. La idea electoral de crear más alternativas para el año próximo choca de frente con las ideas de Milei y su hermana, porque estos aspiran a un combate con Kicillof, solos entre ellos dos, a cara o ceca. Pero no pocos dirigentes políticos −y no menos líderes empresarios− optan por no correr ese riesgo porque suponen que puede terminar ganando Kicillof. Han mirado con atención la última encuesta de Poliarquía, que señala que el 52 por ciento de la sociedad preferiría como futuro presidente a Javier Milie o a Mauricio Macri, si se suman los dos resultados de la medición. Quiere decir que está intacto el núcleo social que los llevó al poder a Macri en 2015 y a Milei en 2023. Es una mayoría no peronista ni mucho menos kirchnerista.

El radicalismo no tiene candidato presidencial. En 2023, el radicalismo fue un aliado de la coalición Juntos por el Cambio que ayudó a Patricia Bullrich en su elección presidencial. La actual senadora por Santa Fe Carolina Losada suele destacar que Bullrich es una política que cumple con su palabra, sobre todo si se la compara con los funcionarios y legisladores del Gobierno, que nunca respetan nada porque siguen los humores que predominan en Olivos. Losada recuerda que cuando se trató la nueva ley de biocombustibles, el bloque libertario que lidera Bullrich tenía los votos suficientes como para aprobar un proyecto que no cumplía con los acuerdos entre la exministra de Seguridad y la senadora santafesina. Santa Fe es una de la provincias más interesadas en el biocombustible. Losada le recordó entonces el acuerdo entre ellas y Bullrich decidió en el acto cumplir con ese trato, le gustara o no al Gobierno. ¿Losada se encolumnará con Bullrich? Por qué no.

Dirigentes de Pro son menos concesivos en el reconocimiento a Bullrich como una política cumplidora de pactos. Pero, no obstante, estarían dispuestos a acompañar una eventual candidatura de Bullrich si las alternativas fueran Milei y Kicillof. “Es trabajadora y honesta”, reconoce Mauricio Macri en medio de los reproches que le hace por algunos actitudes de ella en los últimos dos años. No obstante, en esa dirigencia de Pro decidida a respaldar a la actual senadora libertaria se pueden inscribir al propio expresidente de la Nación, y también a Jorge Macri. El candidato de Pro es el economista Hernán Lacunza, un profesional eficiente y con experiencia en la administración pública. Fue gerente general del Banco Central y el último ministro de Economía de Mauricio Macri, el que tuvo que encargarse de imponer cierto orden al descalabro de la economía que la sociedad provocó cuando eligió en las primarias presidenciales al dueto Alberto Fernández-Cristina Kirchner.

El principal problema de Lacunza, o el único, es que la mayoría de los argentinos no lo conoce. Podría ser, sin embargo, una figura central en la construcción de una alternativa sensata a Milei. Bullrich lo sabe, y sabe también que deberá abrirse a la conformación de una alianza amplia si quiere ganarle una interna a Milei. Pro, partido político que Bullrich presidió hasta 2023, tampoco tiene hoy un postulante competitivo, salvo que Mauricio Macri decida jugar él mismo.

El expresidente calla; nunca en su vida política se lo vio apostar prematuramente. Siempre prefiere esperar hasta el último momento para establecer si la sociedad lo necesitará o no. Tampoco lo seduce, por ahora, la posibilidad de que un expresidente de la Nación sea derrotado. Macri y Bullrich han estado mucho tiempo muy cerca. Ella, además, se convirtió en la figura más popular de la política desde que fue ministra de Seguridad de Macri. Sigue siendo la persona pública con más simpatías sociales. Ni siquiera Milei la pudo bajar de esa cima, aunque hubo momentos en los últimos dos años en los que el Presidente la acompañó en el segundo lugar. Ya no es así. La popularidad de Bullrich, con un discurso duro sobre la necesidad de restablecer el orden en las calles, significó también un síntoma del hartazgo social por la inseguridad y por el caos piquetero en el espacio público. ¿Negociaría ella con Macri y con los radicales? Como persona de la política que es, sabe que la negociación es inherente a la política. Lo está haciendo en el Senado. “El Senado cambió desde que ella llegó. Antes no se sabía con quién hablar y si los oficialistas iban a cumplir sus promesas. Ese vacío ya no existe”, dice un senador del radicalismo.

Nadie, ni siquiera Bullrich, está pensando en una candidatura presidencial a espaldas de Milei. Sería la división de la franja sensata de la sociedad y el ofrecimiento del triunfo al peronismo. La alternativa que tiene Bullrich es presentarse a una primaria abierta, simultánea y obligatoria, rodeada de una importante coalición de partidos y profesionales, para competir con el propio Milei por la candidatura presidencial. “Preservar el espacio”, dice ella, sin aclarar quién será el encargado de preservarlo. “Blindar el cambio”, expresa Macri, pero tampoco aclara quién se hará cargo del blindaje. Esa elección interna será posible, y Milei no la podrá evitar, si, cómo todo lo indica, al Gobierno le es imposible eliminar las PASO, proyecto que no quieren votar ni los senadores amigos.

Solo el 34 por ciento del electorado de la Capital, el más sofisticado del país, estaría dispuesto a votar de nuevo a Milei, según encuestas que circulan entre funcionarios oficialistas y opositores. Casi el 70 por ciento de la sociedad nacional, de acuerdo con la unanimidad de las mediciones de opinión pública, se manifiesta insatisfecha por la situación de la economía. ¿Es casual que Bullrich haya dicho hace poco que le preocupa “muchísimo” la recuperación de la economía? ¿Fue accidental su pedido público al Gobierno para que los beneficios de los cambios económicos lleguen con más rapidez a la vida cotidiana de los argentinos? Nada es casual ni ingenuo en ella. Su profesión es la política.

Las encuestas registran también que Milei perdió todos los votos de Patricia Bullrich que lo acompañaron en el balotaje con Massa. Por eso, es improbable que pueda haber una fórmula Milei-Bullrich el año próximo. Ni ella parece dispuesta a cumplir un eventual rol vicepresidencial, ni los hermanos Milei la quieren ver ocupando la poltrona donde ahora se sienta la también rebelde Villarruel. Bullrich jugará por la presidencia si decide jugar el año próximo. Las dos minorías políticas intensas del país, los fanatismos del mileísmo y del kirchnerismo, suman juntos alrededor del 50 por ciento de la sociedad. La otra mitad de la argentinos decidió que por ahora su liderazgo político esté vacante. Ese es el lugar que, se lo mire por donde se lo mire, la senadora quiere ocupar. Sabe cómo hacer para que hablen de ella, sin que ella hable lo suficiente como para cruzar los naturales límites de la política.

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