Qué difícil es despedir a los grandes. Y a los argentinos parece que eso nos sale peor. No por demasiado apegados sentimentalmente. Improvisación, desorganización, marco inadecuado. Y los etcéteras siguen. Aún cuando se cuidan las formas, el fondo falla. Hasta lo inconcebible. El último adiós a Maradona es el (peor) ejemplo. Su velatorio en la Casa Rosada terminó en caos. Incidentes, represión y uno (más) de los grandes ridículos de Alberto Fernández. Megáfono en mano, intentando ordenar la multitud desbordada. Justo el que no tenía orden en su casa ni en su gobierno. Pero tampoco los recibimientos nos salen bien. Como en 2022 con los campeones mundiales.
Solo parece haber mejorado algo ahora que se va Lionel Messi. La AFA de Chiqui Tapia puso cotillón, brillos y orden aparente. Pero en lo deportivo le dio a la excelsa obra de arte de Messi el marco más pobre que podía tener. La última foto del 10 con la celeste y blanca tendrá de fondo a uno de los más paupérrimos sparrings posibles. Leo siempre mereció mucho más de lo que recibió. Y en su adiós de la selección lo merecía todo. Pero la ingratitud y la codicia también son marca registrada de una gestión a la que también él dio más de lo que recibió.


