La circular BCRA B 629, dictada el 16 de mayo de 1968, eliminó la prohibición de financiar compras de bienes superfluos. Lo cual quiere decir que hasta ese momento las entidades financieras sólo podían financiar la compra de bienes esenciales. Dado mi estilo juguetón, algunos lectores deben pensar que estoy bromeando. Nada que ver. Tarico y Moldavsky están muy preocupados porque les cuesta competir con iniciativas como estas. ¿Es posible direccionar el crédito, particularmente cuando está racionado, para evitar que se use para fines “non santos”?
Al respecto, conversé con el alemán Heinrich Thomas Laubach (1965 – 2020), quien estudió en la universidad de Bonn y en Princeton. En esta última su tesis fue dirigida por Benjamin Shalom Bernanke. Enseñó en la universidad de Frankfurt. Entre 1997 y 2000 trabajó en el Sistema de la Reserva Federal (FED) de Kansas, y a partir de 2000 en la división de investigaciones y estadísticas del FED, con sede en Washington. Cuando falleció estaba a cargo de la División de Asuntos Monetarios del FED. A partir de 2008 fue profesor investigador en el Deutsche Bundesbank. Según Jerome Hayden Powell, ex titular del FED, fue un economista de nivel mundial, comprometido con la función pública y universalmente respetado por sus contribuciones a la teoría y política monetarias. Sus conocimientos y acertados juicios no tenían parangón.
– Según Catalina Saraiva, junto con John Williams usted creó el muy influyente modelo “Laubach-Williams”, para determinar la tasa natural de interés.
– El modelo también se conoce como “R-star”. La idea de una tasa de interés natural está presente en la regla monetaria de John Brian Taylor. Nuestro mérito está en desarrollar una metodología para estimar una tasa de interés natural, que depende de la evolución tendencial del PBI, usando el filtro de Rudolf Emil Kalman. El modelo resultante se conoce como “LW R-star”. En 2017 fue ampliado por Kathryn Holston, y ahora se denomina “HLW R-star”. Laurence Boone, Vincent Koen y Patrick Lenian apuntan que mi más influyente idea consistió en mostrar que la tasa natural de interés viene cayendo en términos reales, desde hace cuatro décadas, y se ubicó cerca de 0 desde la crisis financiera global de 2008.
– Quienes racionan los créditos viven obsesionados para evitar los desvíos de fondos.
– Tarea que, encarada en el plano administrativo, generalmente genera fracasos.
– ¿Por qué ocurre esto?
– Déjeme ilustrar el punto con un cuento. Había una vez un país cuyos funcionarios del banco central estaban obsesionados con que los fondos de los créditos fueran destinados al uso indicado en la legislación e incluido en los formularios que, bajo juramento, firmaban los demandantes. En tal país, dentro de la lista de destinos esenciales de los créditos, figuraba “fondos para almorzar”.
– ¿Y entonces?
– Un día una persona se presenta en un banco, solicita uno de dichos créditos, se lo otorgan pero para asegurarse que los fondos no se utilizaran para otra cosa, el empleado del banco anota el número de cada uno de los billetes. No sólo eso, sino que otro empleado acompaña al beneficiario del crédito hasta el restaurante, y cuando llega la hora de pagar la cuenta, constata que, efectivamente, el pago se realizó con los billetes que acababa de recibir del banco. Luego de lo cual el empleado regresa a la institución financiera y labra un acta donde afirma que el crédito se utilizó para el fin previsto en la legislación.
– No veo a dónde va con esto.
– Frente a este hecho, y pensando en el verdadero destino del crédito que estamos analizando, el economista formula la siguiente pregunta: ¿qué hubiera hecho el demandante del crédito si el banco no se lo hubiera otorgado? En particular, ¿se habría quedado sin comer?
– Obviamente que no.
– Entonces hubiera almorzado igual, pero si no hubiera recibido el crédito hubiera dejado de gastar “en otra cosa”, seguramente menos importante (“superflua”, en la nomenclatura del BCRA). Pero si esto es así, y más allá de documentos firmados, dado que los billetes son fungibles el crédito realmente se utilizó para comprar esa otra cosa. En este sentido se dice que el crédito financia lo menos esencial.
– El punto parece claro en el caso de los bienes de consumo, ¿también lo diría en el de la compra de maquinarias por parte de una empresa?
– Claro, alguien puede decir que hay empresas que no tienen fondos para reponer el desgaste de su maquinaria, y por consiguiente el crédito es clave para su desenvolvimiento presente y futuro. No lo descarto, pero igual cabe preguntar qué haría la empresa si no pudiera acceder al crédito. Porque en última instancia si éste fuera el caso, la empresa estaría quebrando.
– El análisis que usted hace tiene aplicación general.
– Efectivamente, y es particularmente relevante para todos aquellos que razonan como si la decisión económica se adoptara en compartimientos estancos. Por el contrario, a los ojos de los seres humanos que tienen que decidir, los bienes están conectados por relaciones de sustitución y complementariedad. Esta no es una propiedad intrínseca de los bienes sino una característica que está en la cabeza y el corazón de los seres humanos. ¿Qué tienen de sustitutos un partido de fútbol mirado por TV y la lectura de Narciso y Goldmundo? Nada, excepto que cuando el otro día se cortó la trasmisión, volví a releer la maravillosa novela escrita por Hermann Hesse.
– Aplique este principio a casos concretos.
– Se dice, con frecuencia, que los oferentes, y en particular los monopolistas, cobran lo que quieren. Pero más allá de que si no hay demanda no hay nada que hacer, por más único oferente que uno sea, como bien explicó Abba Ptachya Lerner, el grado de monopolio, entendido como la distancia entre el precio que cobra un único productor, y el que cobra cada uno de los competidores, depende de la facilidad con la cual cada demandante puede eludir al “abusador”. ¿A quién se le ocurre regular el precio de un café en una cuadra poblada por bares cuyos dueños no se pueden ni ver?
– ¿Cómo puede ser que, en una economía con inflación, haya productores que venden sus productos en 12 cuotas mensuales “sin interés”?
– No existe tal cosa. La tasa de interés implícita surge de comparar la cantidad de cuotas, su monto y el momento de pago de cada cuota con el verdadero precio de contado. Claro que hay oferentes que se niegan a vender al contado o, si se prefiere, pretenden cobrar al contado el equivalente al número de cuotas, multiplicado por el tamaño de cada una de ellas. Pero esto, naturalmente, no elimina la existencia del interés, sino que lo disimula no dando como verdadera opción el pago al contado.
– Don Heinrich, muchas gracias.


